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Jorge Ospina Sardi

 

Son complejas las razones por las cuales se auto perpetúa la pobreza y motivo de polémica las maneras de erradicarla en sus manifestaciones extremas y mas agraviantes.

 

La tentación fácil es la de relacionar la pobreza de unos con la riqueza de los otros. Muchos enfoques simplones han hecho, de tiempo atrás, esta relación. Ven como “injusto” que algunos disfruten de bienes materiales mientras otros carecen de ellos. Y piensan que lo que poseen los unos es resultado del despojo a los otros. 

 

Esta es una visión primitiva que aplicaba en las épocas tribales donde la manera mas expedita y rentable de obtener riqueza era a través de la expoliación, con el uso de la fuerza bruta, de las posesiones de los vecinos. Quedó incrustada en la mente de muchos seres humanos la idea de que esta es la única manera de hacerse a poderío y fortuna.

 

Pero lo que era la norma en pequeñas sociedades tribales compactas y cerradas dejó de serlo en épocas recientes debido primero al surgimiento en algunos lugares del planeta, y luego su propagación en otros, de un sistema capitalista caracterizado por relaciones e intercambios voluntarios, en el que se respeta la propiedad privada y las libertades individuales frente a las pretensiones abusivas y totalitarias de quienes ejercen el monopolio o dominio de la fuerza bruta.

 

 

Antecedentes históricos

 

Lo primero que hay que decir es que actualmente, en un planeta mucho mas poblado y entrelazado que hace dos siglos, hay en términos relativos bastante menos pobreza extrema. Dos siglos atrás, las condiciones de vida del 90% de la población eran realmente deplorables bajo cualquier óptica con la que se analice el tema.

 

Y así lo fue durante miles de años. El progreso en lo material para buena parte de la población es un fenómeno muy reciente en la historia de la humanidad. Es un fenómeno de los últimos 200 años. Coincide con la expansión de sistemas capitalistas en los que la protección al derecho a la propiedad privada –al derecho a hacerse y disfrutar los frutos del trabajo propio– es eje esencial del ordenamiento social.

 

O sea en comunidades donde opera sin restricciones asfixiantes la economía de mercado, donde existen incentivos que premian la mayor productividad en el trabajo y la mayor lucidez en las decisiones empresariales. En otras palabras, en comunidades donde el éxito empresarial es objeto de admiración y reconocimiento y está relativamente protegido del impacto destructivo de envidias y resentimientos.

 

Solo en ordenamientos políticos y económicos donde se respeta el derecho de los asociados a disponer libremente de lo que poseen, y donde las reglas de juego para resolver conflictos de intereses y su aplicación por parte de los sistemas de justicia tienden a ser imparciales, es que se dan las condiciones para que afloren esfuerzos e iniciativas conducentes a un aumento de los niveles de riqueza y en últimas, a que se generen excedentes que permiten elevar el nivel de vida de las poblaciones mas vulnerables.  

 

 

La pobreza es mas endógena que exógena

 

Así pues, quienquiera que observe desprevenidamente y sin prejuicios el globo terráqueo notará que donde la pobreza extrema reina campante es primordialmente en aquellas comunidades donde no hay libertades económicas, donde el derecho a la propiedad privada está cercenado, donde la expoliación de riqueza por parte de quienes ejercen el poder político es la norma.

 

Estas comunidades no son pobres porque fuerzas oscuras externas las tienen condenadas a serlo. Son pobres, en una medida mayor que otras comunidades, porque no están organizadas apropiadamente para generar una creciente riqueza, para administrar sistemas efectivos de ayuda mutua que lleguen a los mas necesitados, y para reprimir las violaciones a los derechos humanos.

 

Los alivios materiales temporales poco o nada harán para rescatar a estas comunidades de su pobreza extrema. Esas ayudas tenderán a diluirse y perderse en medio de la corrupción, de la ineficacia y de la indiferencia de sus poblaciones.

 

Es mas, algunos de estos esquemas de ayudas, cuando no están diseñados en forma tal que induzcan mayores esfuerzos productivos y organizacionales por parte de los receptores, cuando no están dirigidos a repudiar la cultura del atraso que predomina, tienen con frecuencia el efecto perverso de perpetuar y a veces incluso de acrecentar la pobreza.

 

 

La caridad es importante pero no determinante

 

Según el Diccionario de la lengua española, en la religión cristiana la caridad es una de las virtudes teologales que surge de la idea que debemos amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a nosotros mismos. Lleva a dar limosna o a prestar auxilio a los necesitados. A ser solidarios con el sufrimiento ajeno.

 

Aunque son loables y bienvenidos estos esfuerzos, la caridad deja de ser un eficaz instrumento de lucha contra la pobreza si viene acompañada de exaltaciones farisaicas acerca de la condición de pobre, y de actitudes hostiles hacia los mas ricos y hacia la creación de riqueza.

 

La actitud de pobretear a los mas necesitados, de recalcarles que son mas merecedores del cielo que los menos necesitados, de alabar su cultura sin criticar lo que hay en ella que se opone al progreso en sus diferentes dimensiones, es al final de cuentas contraproducente.

 

La actitud de condenar valores culturales y organizacionales que llevan a la creación de riqueza y a unas mas elevadas tasas de crecimiento económico, frustra respuestas constructivas. Referirse a las comunidades mas avanzadas donde predominan estos valores como las causantes de  la pobreza de las comunidades menos avanzadas, es enredar la discusión sobre estos temas.

 

Lo que necesitan los mas necesitados del planeta es menos lástima y mas oportunidades de empleo productivo. Para ello se requiere de una actitud positiva de su parte frente a quienes generan riqueza y por sobretodo, frente a los valores y formas de organización comunitaria amigables con la superación personal a base de esfuerzo propio y  trabajo honesto.

 

Porque, al final de cuentas, las riqueza no cae de cielo, ni pensar con el deseo produce milagros. El resentimiento hacia el exitoso ahuyenta y cohibe. El progreso no se da de la noche a la mañana: es un proceso que en la mayoría de los casos implica esfuerzos que se extienden por generaciones. 

 

El stock de capital de una comunidad (la riqueza existente resultado de esfuerzos productivos anteriores), no importa su nivel, se consume muy rápido sin excedentes para su mantenimiento y conservación, y sin excedentes para su renovación y acrecentamiento. Por cualquier lado que se lo mire, la generación de esos excedentes conlleva significativas abstenciones o sacrificios de consumo actual o presente. 

 

 

Temores ancestrales de carácter religioso

 

Siempre ha existido dentro de algunos sectores de la Iglesia Católica, y de otras iglesias, la idea de que el enriquecimiento en lo material se opone al enriquecimiento en lo espiritual. Y que un sistema como el capitalista que motiva e induce a la creación de riqueza, que tiene como una de sus finalidades inmediatas el progreso material, aleja a los fieles de la religión.

 

Pero en realidad se trata de un temor no respaldado por los hechos. Las comunidades mas prósperas del planeta tienden a la espiritualidad, así algunos eclesiásticos sostengan lo contrario. Allí, las prácticas espirituales no han desaparecido. El tema de lo espiritual es objeto de toda clase de análisis y ponderaciones.

 

Lo que sucede es que en estas sociedades mas ricas, caracterizadas por niveles educacionales mas elevados, la dimensión de lo espiritual es mucho mas elaborada y compleja que en comunidades donde solo hay tiempo para atender a las necesidades materiales mas elementales.

 

De una actitud defensiva acerca de la incompatibilidad entre la vida material y la espiritual, se podría pasar a una mas positiva, en la que hubiera un abierto reconocimiento de que para avanzar en lo espiritual es imprescindible elevar los niveles de riqueza a lo largo y ancho del planeta por medio de aumentos significativos en las productividades laborales.

 

Y que para tales efectos es preciso mantener vigentes las motivaciones e incentivos que mueven al sistema capitalista y los ordenamientos institucionales y jurídicos que lo regulan.

 

Lo evidente, entonces, es que las complejidades del mundo moderno capitalista, y el gran progreso económico que ese mundo ha traído, debe ir de la mano de nuevos enfoques en lo religioso, de un lado para atraer a los mas exitosos hacia formas pertinentes de espiritualidad y de otro, a los menos exitosos hacia formas concretas de espiritualidad que los ayude a la superación de sus carencias materiales extremas.

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JORGE OSPINA SARDI

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