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Jorge Ospina Sardi

 

La izquierda mundial se ha ensañado contra el 1% mas rico. Propugna, sin medir las consecuencias, por imponerle unos muy elevados impuestos.

 

Ser izquierdista en economía tiene sus ventajas. Todos los problemas habidos y por haber se resuelven “quitando aquí y poniendo allá”. Mas impuestos y mas gobierno es su varita mágica para resolver temas como el de las desigualdades y la pobreza extrema.

 

Los intrincados y complejos caminos que llevan a la creación de riqueza no los desvelan. Lo único que les importa es que ya existe una riqueza, en algunos lugares mayor y en otros menor, que está ahí para serle expoliada a sus dueños en beneficio propio y en el de sus partidarios. 

 

Cómo se creó esa riqueza, es lo de menos. Para ser izquierdista en economía es requisito tener linaje de expoliador. Hacerle eco a una genética que se remonta a miles de siglos según la cual “hacerse al botín” era forma mas fácil y expedita de resolver el tema de la supervivencia económica. 

 

Durante miles de siglos los creadores de riqueza estuvieron en abierta desventaja con los expoliadores. Estos últimos contaban con la fuerza, con el poder militar, para hacerse al botín. Se especializaron en afinar sus habilidades y destrezas en el uso de la fuerza. Pagaba con creces dedicarle tiempo completo al arte de la guerra y del saqueo. 

 

Poca tranquilidad en aquellas épocas no lejanas para los creadores de riqueza. Lo primero, era esconder lo mejor posible lo que acumulaban para evitar su pérdida por parte de terceros ávidos de vivir sin esforzarse y sin trabajar. Pero mas importante, buena parte de los excedentes de estos creadores tenía que destinarse a asegurar la protección de sus bienes y vidas. 

 

En otras palabras, durante miles de siglos la humanidad avanzó muy lentamente en lo económico porque el escenario era una sinfonía disonante y caótica, de nunca acabar, en la que unos instrumentos eran utilizados para hacerse por la fuerza al botín y otros instrumentos para protegerse de tal empeño. 

 

Es mas, se podría argumentar que no solamente buena parte de los recursos disponibles se empleaban en ese infatigable tire y afloje entre expoliadores y creadores de riqueza, sino que en este proceso se involucraban, ya sea por interés propio o por gloria, lo mas encumbrado en términos de liderazgo e ingenio de la especie humana.

 

 

¿El inicio de una nueva era?

 

Aunque hubo interregnos, como lo fuera durante la Pax Romana y durante otros cortos periodos cuando el comercio pudo prosperar mas allá de las tendencias históricas, lo cierto es que solamente en los últimos 200 años los creadores de riqueza han logrado “salirse con la suya” y mas que compensar la destrucción que trae consigo las acciones de los expoliadores.

 

El derecho a la propiedad privada, el surgimiento de leyes que facilitan el intercambio pacífico y voluntario de bienes y servicios, las limitaciones y restricciones a los poderes de los gobiernos, la protección de las libertades y derechos individuales básicos, y una serie de avances tecnológicos que han abaratado y masificado la producción de bienes y servicios y que han facilitado la globalización de las economías, han contribuido a que el esfuerzo de los creadores de riqueza tienda a ser mejor retribuido que el de los expoliadores. 

 

Para expresarlo en otra forma, por la conjunción de una serie de elementos sociales organizativos afortunados, se ha vuelto mejor negocio crear riqueza que expoliarla. La balanza se ha inclinado hacia quienes construyen y en contra de quienes destruyen. El resultado ha sido un avance sin precedentes en lo económico, uno que ni siquiera se soñaron los mas optimistas de hace apenas ocho o nueve generaciones.

 

Pero no es para nada claro que la inclinación de la balanza a favor de los creadores de riqueza se mantenga en el cercano o menos cercano futuro. En ese conflicto entre creadores y expoliadores de riqueza, que ha sido el dominante en la historia de la humanidad, que ha sido el determinante de los diferentes matices de organizaciones políticas que se han dado, nunca han prevalecido en forma definitiva los unos o los otros.

 

La razón por la cual los creadores de riqueza no han sido del todo exitosos en blindar su actividad de las acciones de los expoliadores es lo atractivo que resulta para estos el apropiarse de los frutos del trabajo y los esfuerzos ajenos. Se trata de un atajo, por decirlo de alguna manera, que obvia y simplifica el laborioso y azaroso camino de crear y conservar riqueza.

 

Solamente en aquellas sociedades donde los creadores de riqueza han logrado utilizar la agencia del gobierno para encarecerle significativamente el costo y riesgo de su actividad a los expoliadores, es que el progreso económico ha echado profundas raíces. Sin embargo, el uso de esta agencia tiende a voltearse en contra de los creadores: su fuerza para reprimir a los expoliadores se puede transformar fácilmente en arma de doble filo, especialmente si cae en manos ambiciosas y despóticas.

 

 

Los gobiernos tienden a ser instrumentos expoliadores

 

Siempre lo fueron. Y si que lo fueron en las comunidades tribales cerradas y compactas que prevalecieron durante miles de siglos. Los gobiernos siempre fueron utilizados como instrumentos expoliadores hacia el interior y hacia el exterior de esas comunidades. También como instrumentos de defensa.

 

Lo mas interesante de lo que ha sucedido en los últimos 200 años en las sociedades económicamente mas avanzadas es el cambio en la función de los gobiernos a favor de esta última actividad, la de defensa. Se ha impuesto, mas o menos, la visión de los creadores de riqueza en el sentido que los gobiernos deben ante todo dedicarse a la protección de la vida, honra y bienes de los ciudadanos.

 

A lo anterior se le ha añadido una función redistributiva, que es la de garantizar algunos servicios básicos a toda la población. Pero se trata, al menos en teoría, de una función que depende de los niveles de riqueza, puesto que si ellos son insuficientes, no hay forma de proveerlos mayormente. El sobredimensionamiento en este frente simplemente termina por convertirse en un obstáculo para que los gobiernos cumplan con su principal y básica función.

 

Por regla general, quienes son llamados a ejercer funciones gubernamentales, ya sea en lo militar o en lo civil, no son propiamente los creadores de riqueza. Su vocación es con exclusividad llamada la del “servicio público”, como si en actividades relacionadas con la producción y el comercio no se prestara también un “servicio público”. 

 

Es mas, se podría argumentar que las actividades mas ligadas a atender las urgencias y demandas de la población son las que crean y comercializan bienes y servicios. Las que innovan para garantizar que esos bienes y servicios se abaraten y estén disponibles a una creciente población. Por alguna extraña razón no se catalogan como “servicio público”, como si acontece con aquellas que para su concreción requieren el uso del monopolio de la fuerza. 

 

 

El 1% mas rico como objetivo de los expoliadores 

 

El 1% mas rico de la población se ha convertido en el saco de boxeo preferido de políticos (y de los académicos apologéticos del poder político). Toda sociedad, rica o pobre, tiene un 1% mas rico. En las sociedades mas atrasadas ese 1% está casi siempre compuesto por clanes de expoliadores que controlan el poder político y que subordinan la economía a las exigencias de ese poder.

 

Pero el objetivo no es el 1% mas rico de las sociedades pobres. Lo es 1% mas rico de la economía global. Entonces, la pregunta que surge es, ¿quién constituye ese 1%?

 

Para un buen entendedor de estos temas es evidente que quienes hacen parte de ese 1% son las personas que giran alrededor de las empresas mas exitosas del planeta (véase por ejemplo el artículo de Matthew Lynn, “The top 1pc are not the super-rich, they are companies – so why would you want to punish them”, junio de 2015). Son primordialmente personas cuya función central es la creación de riqueza y que gracias a la globalización actual han logrado acrecentarla a niveles siderales. 

 

Los mas ricos no son personas que poseen un gigantesco hangar lleno de billetes o unos extensos terrenos en una zona privilegiada. Son los dueños de los negocios mas exitosos. Son los administradores y empleados de esos negocios. Son en general las personas que hacen posible su éxito en los diferentes procesos y encadenamientos productivos. 

 

Por ejemplo, los accionistas, administradores y empleados de Apple, solo por citar una empresa exitosa, ganan mucho mas que los accionistas, administradores y empleados de McDonald’s, que es actualmente una empresa relativamente estancada. Así también, a los proveedores de Apple les va mejor que a los proveedores de McDonald’s. Los ejemplos podrían ser infinitos. 

 

Un interrogante de fondo no se hace esperar: ¿Por qué los accionistas, administradores y empleados de las empresas mas exitosas han de pagar tasas impositivas mas altas que los accionistas, administradores y empleados de las empresas menos exitosas? ¿Por qué castigar un éxito que se debe a la mejor atención de las necesidades y querencias de la población?

 

 

Lo que verdaderamente está en juego

 

Como se insinuó al inicio de este ensayo, la mentalidad de los expoliadores se caracteriza por ser estática. Vislumbran la presencia de una riqueza que está en manos ajenas, cuyo origen poco importa. La sola circunstancia de que se trata de una riqueza de la que unos disfrutan y otros no, es para ellos argumento suficiente para expoliarla. Como era lo usual en comunidades tribales compactas y cerradas, “o todos en la cama, o todos en el suelo”.

 

Últimamente la lucha por una inalcanzable igualdad ha sido el caballo de batalla de los expoliadores. Se han escudado detrás de la bandera de la igualdad para disfrazar motivaciones de todo tipo. Es cierto que algunas están relacionadas con las indignaciones que causan injusticias existentes. Que otras tienen que ver con inconformidades y resentimientos ocasionados por las disparidades propias de la naturaleza humana. Pero con frecuencia lo que hay detrás es una descarada promoción de objetivos egoístas y de intereses específicos.   

 

Como sea, el problema es que la lucha por expoliar al 1% mas rico no es propiamente entre unos expoliadores y unos explotadores en abierta disputa por acrecentar su riqueza y la de sus colaboradores, sino entre unos expoliadores que utilizan el poder político y los creadores de riqueza que han hecho posible el milagro económico de los últimos 200 años. 

 

La riqueza de estos últimos, en casi todas las circunstancias, se origina en la prestación de servicios cuya utilidad final para para quienes están dispuestos a pagar por ellos supera los costos de producirlos. Es ese intercambio y las señales de precios resultantes las que orientan los esfuerzos productivos y las que inducen eficiencias y abaratamientos que son los que elevan los niveles de vida de poblaciones enteras.

 

En contraste, en las redistribuciones de recursos e ingresos que hacen los gobiernos prima otro criterio: el uso la fuerza para despojar a unos y la discrecionalidad para favorecer a otros. Poco o nada tienen que ver sus aportes o contribuciones con la creación y conservación de riqueza, o con las innovaciones que hacen posible su masificación. 

 

Mientras los esfuerzos productivos, que son la base de esas riquezas, estén sometidos a la competencia, mientras no sean monopolios protegidos y su supervivencia dependa del buen manejo en la atención de las necesidades y demandas de la población, no hace sentido su expoliación con tributación excesiva o expropiaciones por parte de los gobiernos.

 

No hay que perder de vista que, en la práctica, en esos esfuerzos productivos participan una multitud de agentes económicos. Cuando se afirma que tal o cual capitalista es dueño de varias empresas, en realidad lo que ello significa es que ese capitalista actúa como director de orquesta de una gran cantidad de esfuerzos. Si lo hace bien acrecienta su riqueza y la de sus comunidades.

 

En la esfera gubernamental no existen los vínculos costo beneficio que se dan en el intercambio voluntario de bienes y servicios. En esa esfera, el éxito depende básicamente de la eficacia con la que se utilice el poder que se deriva del monopolio de la fuerza. Quienes apoyan a los gobiernos lo que primariamente buscan son gratuidades, es decir, no pagar total o parcialmente el costo de lo que obtienen de ellos.  

 

Si el predominio de la esfera gubernamental sobrepasa ciertos límites (por ejemplo, 30% del PIB), su financiación se convierte en una pesada carga para la comunidad en general. El impacto negativo de la expoliación detrás de esta financiación se agranda cuando ella recae en mayor proporción (con tarifas impositivas mas altas) sobre los mas exitosos en la creación y conservación de riqueza. 

 

Es como “dispararse en el pie”. Se favorece en términos relativos a los agentes económicos menos exitosos, se desvían recursos desde donde están mas eficientemente utilizados hacia los fines improductivos que promueven los expoliadores, y se mandan señales equívocas sobre las preferencias comunitarias con respecto a la futura creación de riqueza.