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Jorge Ospina Sardi

 

Quienes místicamente le atribuyen a la “sociedad”, al “capital” y a otros agregados características y comportamientos humanos, o son cínicos oportunistas o adolecen de un problema serio de confusión mental.

 

Estos agregados son el resultado, en un punto en el tiempo, de una multitud de acciones humanas previas. Carecen de voluntad propia y no evolucionan de acuerdo con una “intención unificada”.

 

Los seres humanos, ante las dificultades para explicar fenómenos abstractos complejos, siempre han acudido al expediente de atribuirles relaciones causa-efecto que les son familiares, como las que se utilizan para descifrar y calificar los comportamientos personales. Lo irónico de todo esto es que muchos ni siquiera son duchos en hacerlo con ellos mismos o con personas cercanas, pero hablan con gran autoridad sobre lo que representa la sumatoria de una infinidad de acciones humanas.

 

Los resultados finales de esta sumatoria no se pueden clasificar como si fueran comportamientos de personas, familias o incluso empresas. Mas aun si esos comportamientos tienen lugar en entornos relativamente libres. Por un lado, esos comportamientos se retroalimentan y se renuevan permanentemente y hacen imposible pronosticar resultados finales, especialmente a mediano y largo plazo. 

 

Por el otro, hay que tener presente que las racionalidades y motivaciones detrás de las conductas humanas son específicas. Sobre ellas cabe la asignación de responsabilidades y valoraciones acerca de su eficacia o fracaso. Pero no así sobre los resultados que se manifiestan en grandes agregados en los que nadie en concreto es el titular. Lo único que se puede afirmar al respecto es que esos agregados son superiores o inferiores a otros, o que cumplen o no con unas expectativas.

 

Pero la “sociedad” y otros agregados no son dueños de sus desempeños. Son sus miembros los que los producen al actuar de tal o cual manera. 

 

No es una “sociedad” la que puede ser objeto de rechazo o admiración. Son los comportamientos específicos y concretos de sus habitantes los que producen esos sentimientos. La sumatoria de comportamientos y conductas no origina un ser viviente unitario en su estructura, al cual se le pueda achacar tal o cual atributo humano. 

 

 

El misticismo que rodea al concepto de sociedad

 

Lo que llamamos “sociedad” u otras colectividades como “la humanidad” o las “clases sociales” están compuesta por muchos seres muy diferentes en personalidades, formaciones, trayectorias y ambientes familiares y de trabajo, todas ellos buscando en cada momento unos objetivos compartidos o disímiles o incluso contrapuestos. 

 

El hecho que una “sociedad” sea el escenario donde tiene lugar la actividad de unos seres humanos no significa que ella misma deba ser considerada e interpretada como si fuera un “ente viviente”. Toda “sociedad” es ante todo resultado de relaciones circunstanciales entre individuos, las que pueden ser pacíficas y ordenadas, o por el contrario violentas y caóticas. Por lo general, ni lo uno ni lo otro se impone totalmente.

 

Por ejemplo, no hace sentido alguno acusar a “la sociedad” por las penurias y problemas que enfrentan algunos de sus miembros. Ellos provienen de acciones humanas concretas, que es a lo que hay que hacer referencia. Personas no relacionadas y no vinculadas con la mala situación de otros, así pertenezcan a un mismo agregado llamado “sociedad”, no tienen por que asumir responsabilidades que le son ajenas o sobre las cuales no tienen influencia. 

 

Así también, la pertenencia a una “sociedad” no le confiere el derecho a algunos de culpar a otros de su caótica situación, si estos otros no han intervenido directamente en causarla. Bajo ninguna circunstancia, nadie tiene por que asumir responsabilidades sobre malos resultados en los cuales no tiene injerencia alguna.

 

De hecho, así como nadie escoge antes de su nacimiento ser miembro de tal o cual familia, así tampoco nadie escoge la sociedad en la cual nace y a la cual pertenece inicialmente. Como no hay una decisión consensual al respecto, es válido el derecho de cada quien a abandonar por su cuenta y riesgo entornos familiares y sociales donde no se siente a gusto. 

 

La libertad de búsqueda de nuevas alternativas de vida, una vez adquirido un pleno uso de la razón, es uno de los derechos fundamentales mas importantes. Los beneficios y costos de esta libertad tanto para quien la usufructúa como para quienes hacen parte de su entorno inmediato, solo son de la incumbencia de los directamente afectados. 

 

Los “voceros” de un ente amorfo e impersonal como lo es “la sociedad” no tienen por que inmiscuirse en estos temas. Ellos siempre tienden a extralimitarse en la interpretación del alcance de sus funciones sobretodo si hay un beneficio propio de por medio.

 

En sociedades ordenadas, donde la sucesión y concatenación de eventos se caracteriza por unas relativas regularidades, donde los comportamientos de sus miembros son predecibles en el respeto de los derechos ajenos, el uso de la libertad de búsqueda de alternativas de vida tiene lugar espontáneamente. No hay un sometimiento a un aparato político y social autoritario y opresivo.

 

Lo opuesto sucede cuando en nombre de una entidad colectiva mítica, llámese “sociedad” o cualquier otra cosa, un pequeño grupo de mandamases toma el control y se auto califica como protector del prójimo como excusa para tiranizarlo por medio de regulaciones y prohibiciones de todo tipo. 

 

 

El errático uso del término “capital”

 

Otro craso ejemplo de antropomorfismo es la manera como muchos se refieren al término “capital”. En primer lugar, se le da vida propia a algo que no la tiene porque es el resultado en cada punto en el tiempo de una serie de actuaciones por parte de individuos para mejorar su situación y bienestar.

 

No son unas impersonales “fuerzas productivas” las que ponen en operación algo llamado “capital”. Son unos individuos de carne y hueso, ya sea en forma independiente u organizados en grupos y empresas los que administran distintas clases de recursos y por hacerlo reciben remuneraciones que esperan sean superiores al valor de los gastos en los que incurren. 

 

La suma de todo lo utilizado en la producción de bienes y servicios se podría llamar “capital”. Pero el listado o enumeración de los bienes utilizados en ello, o de las horas de trabajo empleadas, no significa mayor cosa desde el punto de vista del bienestar futuro de las personas. Para tal efecto, no es la mano de obra y los bienes en sí mismos los que importan, sino la acción humana individual y grupal que los administra y coordina con miras a obtener un resultado.

 

No hay un “alma” detrás del “capital”. Unas máquinas, unas herramientas, una infraestructura que son utilizadas para producir bienes y servicios no es mas que eso: unas cosas u objetos inanimados. En el mismo sentido se puede hacer referencia al “capital humano”, entendiendo por tal las habilidades profesionales de una persona. Sin uso no son mas que eso: una habilidades que están ahí pero que requieren de acciones humanas específicas para que rindan algún fruto. 

 

El inventario de las máquinas, herramientas, insumos y trabajo empleado es solo eso: un inventario. Puede ser útil agregarlo y valorarlo en un ejercicio contable beneficio-costo. Pero ese inventario carece de iniciativa propia y por sí solo ni se conserva ni genera riqueza adicional. 

 

La utilización de este inventario de cosas y objetos inanimados, así como de mano de obra, no se da mágicamente sino que es fruto de la acción humana. Su uso no se se debe a un misterioso y místico agregado denominado “capital”, que mágicamente se auto reproduce y genera a perpetuidad excedentes de ingresos. 

 

Se trata de una visión que raya en el infantilismo y que considera “que el stock de capital es como un árbol que permanentemente está ahí y que en forma espontánea y continua produce sus frutos” (Israel M. Kirzner, Essays on Capital and Interest, “Ludwig von Mises and the theory of capital and interest”, Edgar Edward Publishing, 1996). 

 

Según Mises los economistas caen en el error de definir capital como “capital real”, es decir, como un agregado de cosas físicas, lo que no es solamente un concepto hueco sino uno que ha sido responsable de serios errores en varios de los usos e interpretaciones que se le ha dado.

 

En resumidas cuentas, el valor de lo que muchos economistas llaman capital no depende de su uso en el pasado sino de los servicios que se esperan de su futura utilización. Y eso es función básicamente de la acción humana, una que requiere de un sistema de precios o señales que orienten los esfuerzos productivos y de un ordenamiento institucional que contribuya a canalizarlos eficazmente hacia la atención de las necesidades de los consumidores. 

 

 

Hay que despojarse, entonces, de rezagos analíticos antropomórficos que justifican conceptos místicos sobre agregados (y colectividades) y que llevan a presentarlos como actores y protagonistas de procesos sociales y económicos. Se puede debatir sobre cómo en un punto en el tiempo se llegó a esos agregados, pero ese ejercicio nunca dará luces sobre lo que no existe: unas supuestas evoluciones y trayectorias autónomas. 

 

Lo peor de todo esto es la forma como algunos oportunistas utilizan estos razonamientos antropomórficos. Al igual que los brujos de ancestrales tribus, se auto proclaman como los intermediarios válidos ante estos agregados a los que tratan como si fueran deidades con las que legitiman el uso y abuso de poderes y sistemas de control. 

 

Pero esos agregados no poseen racionalidad propiamente dicha. En cada punto en el tiempo, son un resultado anecdótico y circunstancial de las acciones humanas. Las inercias en los resultados no son mas que eso: inercias. 

 

La permanencia y duración de inercias en las trayectorias existenciales de estos agregados solo depende de repeticiones en las conductas humanas que le dan sustancia y forma, pero como es sabido, innovaciones y volatilidades en los trasfondos materiales y espirituales de esas conductas, continuamente generan cambios para bien o para mal. Sin que importe en absoluto las pretenciosas predicciones de quienes posan de conocedores del futuro cósmico de la humanidad.