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Jorge Ospina Sardi

 

Han sido muchos los portavoces de las ideas políticas conservadoras en el planeta. En Colombia un destacado pionero fue Mariano Ospina Rodríguez.

 

Este personaje fundó, junto con José Eusebio Caro, al Partido Conservador colombiano en 1849. Luego, en 1856, salió triunfador en la primera elección para Presidente que hubo en Colombia (por ese entonces llamada Nueva Granada). Obtuvo 96.000 votos frente a 82.000 de Manuel Murillo Toro y 32.000 de Tomás Cipriano de Mosquera (aproximación a miles). 

 

Son varias las fuentes biográficas relacionadas con el fundador del Partido Conservador colombiano. Una de ellas es mi ensayo Mariano Ospina Rodríguez: Su Vida, Pensamiento y Vicisitudes (Amazon, Segunda Edición, Marzo 2017). 

 

En este ensayo no incluí la síntesis de su programa de gobierno para su candidatura a la presidencia y que considero mantiene su vigencia después de haber sido formulada hace 162 años. Según Marco Fidel Suárez, el candidato resumió en ese entonces sus ideas y propósitos de gobierno en esta síntesis: “Orden sin despotismo, libertad sin desenfreno, ilustración sin impiedad, progreso sin ilusiones” (en “Sueños de Luciano Pulgar”, Obras, Tomo II, Instituto Caro y Cuervo, página 426).

 

Sin embargo, en sus notas el editor de las Obras de Suárez, José J. Ortega Torres (un historiador que no ha recibido el reconocimiento que merece), señala que los principios de Ospina Rodríguez expuestos en su programa de gobierno de 1856 fueron “en resumen, orden sin despotismo, libertad sin desenfreno, ilustración sin impiedad, progreso sin utopías ni engaño” (página 441). Se corrige así el error cometido por Suárez en relación con el cuarto punto de la síntesis. 

 

A pesar de su alto grado de abstracción, esta síntesis describe de manera precisa el marco general de un talante político conservador (y liberal) bien entendido. En ella se encuadran gobiernos respetuosos pero firmes en la aplicación de los ordenamientos jurídicos, así como realistas y prácticos con los objetivos y las propuestas. 

 

¿Y qué decir del tercer punto de la síntesis, el de “ilustración sin impiedad”? Llama la atención el uso de la palabra “impiedad”. El Real Diccionario de la Academia la define como desprecio u hostilidad a la religión. Como falta de compasión y virtud.

 

Para ciertas mentalidades de la época de Ospina Rodríguez, y para muchas de esta época, la ilustración y la religión no van de la mano sino que por el contrario son antagónicas. Pero en realidad, solo el dogmatismo, en un sentido o en el otro, crea ese antagonismo. La verdadera ilustración acoge la libertad de cultos y rechaza fanatismos de cualquier lado o estirpe. 

 

En último término, desde un punto de vista político, la impiedad no es mas que la magnificación de la soberbia del gobernante. Una soberbia que lleva a la destrucción de las creencias y manifestaciones espirituales mas veneradas por la población. Una soberbia que obstaculiza el surgimiento de sentimientos de solidaridad y misericordia entre las personas, sin los cuales la vida en comunidad se torna desalmada y lacerante.