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Jorge Ospina Sardi

 

Las clases políticas elevan a un pedestal el trabajo que realizan. Solo una revolución libertaria puede evitar que sus poderes se desborden y ocasionen retrocesos económicos y sociales.

 

Con desfachatez y cinismo las clases políticas se promueven como salvadoras de la humanidad cuando lo único que las desvela es el beneficio propio. El problema no es esto último porque todos los seres humanos buscan su beneficio. El problema es, por un lado, el discurso que utilizan para encubrir sus egoísmos y codicias y engañar así al electorado. El otro problema es la toma de poderes mas allá de unos limites razonables o justificables. 

 

Quienes laboran en la actividad privada intercambian remuneraciones por bienes y servicios útiles. Si esos bienes y servicios no llenan las expectativas de los compradores entonces incurren en pérdidas o faltantes. Con los políticos eso no aplica. Sus remuneraciones no están sujetas a contraprestaciones específicas. No importan los resultados de sus actuaciones. Da lo mismo incluso cuando lo hacen mal y causan toda clase de perjuicios.

 

Es digno de asombro que la mayoría de los políticos crean que fueron elegidos no para cumplir con “un trabajo” sino para “ocupar un puesto”. Y que eso los sitúa en un plano de superioridad frente al resto de los mortales. Le rinden culto al puesto como tal y no al trabajo que trae consigo. Hay varias posibles explicaciones para que esto sea así.

 

Para mas o menos las tres cuartas partes de los políticos el puesto es lo importante porque desde ahí pueden apropiarse de un botín. Entre mas encumbrado el puesto mayor el botín. Sus fines últimos no son cumplir con tales o cuales responsabilidades, o realizar tales o cuales labores, sino enriquecerse con los dineros y las riquezas que le expolian a los contribuyentes. Van “directo a la yugular”. 

 

Dentro de este grupo de políticos hay unos que por su mayor ambición y carisma se auto ensalzan con la pretensión de constituirse en protagonistas de idolatrías. Pero no son mas que “ídolos de barro” que con el uso de toda clase de tretas demagógicas intentan transformar a sus adeptos en fieles e irrestrictos seguidores. Se endiosan y si exitosos, maximizan sus poderes y por supuesto sus riquezas.

 

Finalmente están los “que hacen la tarea” y que son mas o menos la cuarta parte de los políticos. Estos son los que se esfuerzan por cumplir con los compromisos adquiridos. Son los que intentan rescatar a la política de los abusos, desafueros, excesos y maldades de de los demás políticos. Pero por lo general sus actuaciones no alcanzan para compensar el daño que estos últimos le hacen a la sociedad.

 

Si esta es una visión realista de la política sorprende cómo las poblaciones muchas veces eligen a quienes no les sirven como debería ser, a quienes no hacen el trabajo. La irresponsabilidad de los elegidos se empareja con la ligereza de los electores.

 

 

Una preocupación central en toda sociedad es la de cómo “mantener en el redil” a las clases políticas. Cómo evitar que hagan y deshagan a su antojo con los crecientes poderes que se arrogan. En las actividades privadas las expansiones están limitadas por sus viabilidades financieras y las escaseces de recursos para financiarlas. 

 

En los gobiernos no hay esas restricciones. No solo el bolsillo de los políticos no es afectado, sino que siempre pueden acudir a mas impuestos, mas deudas, mas emisiones monetarias, y a promesas cuyos incumplimientos nunca tienen dolientes. 

 

Le venden a la gente la absurda idea que los gobiernos están en capacidad de solucionar todos los males habidos y por haber cuando la realidad es la opuesta: los gobiernos son generalmente el problema y no la solución.

 

El arte de la buena política consiste en considerar que los gobiernos y las clases políticas que los controlan son un “mal necesario”. Sin embargo, no son necesarios en buena parte de sus roles actuales. Son necesarios en temas relacionados con seguridad y defensa, justicia, relaciones exteriores, obras publicas, regulaciones en áreas críticas o estratégicas, y subsidios a poblaciones muy vulnerables. 

 

Pero pare de contar, porque nunca hay que perder de vista que entre mas restringidos y centrados los gobiernos en sus funciones básicas mas fácil es su administración, menores los males que se derivan de sus chambonadas, y mayores los recursos que quedan disponibles para financiar actividades y emprendimientos privados.

 

 

Solo con unas genuinas revoluciones libertarias podrán desenredarse las madejas de intervenciones, controles y regulaciones que han erigido los gobiernos actuales y que constituyen pesos muertos que obstaculizan y entorpecen los avances económicos y sociales.

 

Hay que modificar sustancialmente los regímenes tributarios, implantar una verdadera libertad cambiaria, restablecer una muy estricta reserva bancaria, eliminar los controles estatales a las negociaciones de contratos que sean de naturaleza privada, priorizar el gasto público, eliminar las emisiones monetarias dirigidas a financiar a los gobiernos, mantener permanentes superávits en los bancos centrales, y suprimir trabas al comercio exterior, entre otras políticas.

 

No hay que tenerle miedo a la libertad. Lo que es temible son los desbordamientos de las tributaciones, de los gastos públicos y de las interferencias de todo tipo sobre el diario discurrir de personas y negocios. Sea bienvenido todo lo que limite o impida la natural inclinación o propensión de políticos y burócratas a engrandecer sin recato alguno las esferas de las actividades gubernamentales.

 

Lo que ha probado ser eficaz en este sentido son arreglos constitucionales e institucionales en los que se establece que esas esferas estén delimitadas de tal manera que no puedan extenderse mas allá de lo fundamental. Lo otro, elegir a políticos con incuestionables sesgos libertarios.

 

Y por sobretodo nunca olvidar las implicaciones de lo que dijo el escritor inglés Daniel Defoe por allá a comienzos del Siglo XVIII: “Corre en la sangre de todo ser humano convertirse en tirano si estuviera a su alcance serlo”.