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Jorge Ospina Sardi

 

Los dones que tenemos son gracias especiales. No hay razón para reprimirlos como sucede en los entornos donde predominan valores tribales.

 

¿Qué son los dones? Según el Diccionario de la Lengua Española, son unas gracias especiales que tenemos los seres humanos para hacer algo. Unas habilidades, unas disposiciones, unas aptitudes para hacer algo. Por alguna razón, no del todo todavía explicada, es sorprendente la variedad de dones de la que disfrutan los seres humanos.

 

En las sociedades tribales hay unas pocas actividades; no hay la división del trabajo que se presenta en las sociedades sofisticadas. Las posibilidades de aprovechar todos los dones que poseen los seres humanos son allí limitadas. Sólo en sociedades abiertas y sofisticadas es posible expandir el uso de dones no aprovechables en economías primitivas. Y lograr así una integración de dones en niveles más altos de racionalidad.

 

Pero, proveniente de una larga trayectoria tribal, nos acecha aquella creencia de que los hijos deben hacer lo mismo que los padres y de que sólo los dones que comprendemos son los permitidos. En realidad, sabemos que la herencia es cuestión por demás compleja e impredecible dada la gran cantidad de combinaciones genéticas que pueden presentarse en la transmisión de los dones. Y también por la forma como son empaquetados esos dones por cada quien.

 

Es posible que en ocasiones los dones se transmitan de padres a hijos sin grandes variaciones. Pero también es posible que salga una combinación muy diferente en habilidades, disposiciones y aptitudes a la de los padres. De manera que lo primero que se impone es respeto por los dones que cada quien posee.

 

De la premisa de que son diferentes y diversos los dones que cada quien posee, se desprenden unas conclusiones, que aunque obvias no son del todo aceptadas. La primera de ellas es que no hay que pelear por dones que no se tienen. Por ejemplo, está el tema de la envidia y las frustraciones derivadas de la carencia de un don. No hay la más mínima razón para envidiar los dones que poseen otras personas. Esas personas ni siquiera tienen la culpa de poseer esos dones, ni tienen la culpa de que otros no los posean.

 

Tómese el caso de la facilidad para bailar. Se trata de un don. Un porcentaje de la humanidad posee esa gracia especial y otro porcentaje no la posee. Quienes no la poseen sufren el menosprecio y la discriminación en algunos eventos sociales donde esa actividad es importante. Donde el protagonismo queda reservado exclusivamente para quienes bailan con destreza.

 

Así también sucede con la gracia especial que unos tienen para combinar sabores y olores en el arte de la cocina. Muchas mujeres sufren al no poseer este don, porque la sociedad da por un hecho de que a todas las mujeres les debe gustar la cocina y demostrarlo con resultados. Incluso, en una época hubo hombres que les gustaba la cocina, pero que no se atrevían a expresarlo porque era labor exclusiva de mujeres.

 

Ahora bien, no es de sorprenderse si a quienes les gusta bailar no les gusta cocinar y viceversa. Y hay muchos otros que no tienen la disposición de bailar, ni la de cocinar. Pero que tienen otros dones. Por ejemplo, hay quienes no les gusta bailar ni cocinar, pero les gusta escribir. O hay quienes tienen el don de las lenguas y del pensamiento matemático, pero con ausencia de dones como los relacionados con el baile y la cocina.

 

Y así la historia es de nunca acabar por cuanto a la multitud de dones identificados hay que agregarle una infinidad de combinaciones que hace a cada humano un ser único, poseedor de gracias especiales solo por él disponibles para ser descubiertas y cultivadas. 

 

Entonces, si se acepta esta realidad lo primero es reconocer que no se debe obligar a un ser humano a realizar tareas o labores sofisticadas en áreas para las cuales no cuenta con el don o los dones requeridos. Por ejemplo, tocar piano, sin tener la aptitud musical. O involucrarse en un deporte de competencia, sin tener la suficiente habilidad corporal.

 

En esto de los dones, no se trata de intentar extraerlos de donde no los hay (y perder precioso tiempo en vanos intentos), sino de desarrollar dones preexistentes. Dadas las barreras que tienen lo seres humanos para conocerse los unos con los otros, la técnica más eficaz es la que permite a cada quien, desde temprana edad, a manera de un descubrimiento, llegar a su vocación. Lo ideal sería un entorno en el que ese ser humano pueda realizar, sin obstáculos insuperables, esa búsqueda existencial.

 

Los deportes constituyen otro ejemplo que nos ayuda a comprender la variedad e infinidad de combinaciones de dones que tenemos los seres humanos. El que practica atletismo no necesariamente tiene habilidad para nadar, el que juega fútbol no necesariamente se entusiasma con la práctica del golf, el que le da a la raqueta de tenis es posible que no se sienta cómodo con un balón de basquetbol. Una persona promedio le gusta dos o tres deportes. Por lo general, si le gusta jugarlos es porque tiene una disposición para hacerlo. O sea que no es difícil descubrir por dónde va el agua del molino.

 

De manera que no tiene sentido obligar a un menor de edad a jugar tal o cual deporte en donde no se siente a gusto y en el cual desde el comienzo queda en desventaja con sus pares. Lo mismo en relación con otros aprendizajes, en los que, si no hay aptitudes, no hace sentido pasar de un nivel predeterminado. Por ejemplo, en matemáticas. Ahí, quienes no tienen las aptitudes para llegar un poco más allá, no deberían perder el tiempo intentando dar infructuosamente ese paso adicional.

 

Al final de cuentas, los seres humanos debemos percatarnos de que antes que envidia es admiración la que debe producirnos el despliegue de algún don por parte de otro ser humano. Y también saber que el hecho de que alguien sobresalga con un don, no significa que posea otros dones. Hay una cierta compensación de dones entre los diferentes seres humanos.

 

El ideal sería que la ausencia de dones no fuera motivo de burlas o de grandes frustraciones. Nadie es culpable de no tener tales o cuales dones. Y todo el mundo debería vivir en una situación en la cual se le facilite descubrir y desarrollar sus dones, incluidos los que están latentes.

 

 

Se tiene o no se tiene, aplica a cada uno de los dones relacionados con el baile, la danza, la música, la cocina, la lectura, la escritura, las lenguas, las matemáticas, los artes y oficios, los deportes, las relaciones personales y otros muchos. No hay que pedirle peras al olmo: cuando no se tiene sencillamente no se tiene y cuando se tiene no hay lugar a dudas que se tiene. Tampoco hay que ponerle tanto misterio al asunto: si no lo tiene tómelo deportivamente y si lo tiene tómelo sin aspavientos.