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Jorge Ospina Sardi
 
El énfasis en los análisis de este efecto ha sido el comportamiento de los incompetentes y no el de los competentes. Ambos son igual de importantes.
 
Hay un extensa literatura sobre este efecto identificado por los profesores Justin Kruger y David Dunning de la Universidad de Cornell en un articulo de 1999 en el Journal of Personality and Social Psychology titulado “Unskilled and Unaware of It: Difficulties in Recognizing One’s Own Incompetence Lead to Inflated Self-Assesments”.

Básicamente el estudio llega a la conclusión que individuos con menos habilidades, capacidades o conocimientos se sobrestiman al punto que se consideran mas preparados o inteligentes que quienes si lo están o si lo son. Sufren, por así decirlo, de un ilusorio sentimiento de superioridad.

El estudio encontró que entre mayor la incompetencia de los sujetos investigados, menos conscientes son de ella. Es decir, que la incompetencia está acompañada de una falta de reconocimiento de su existencia.

Pero las conclusiones del estudio en relación con los incompetentes van mas allá. No solamente son incapaces de valorar su propia incompetencia sino que tienden a desconocer la competencia de quienes si la poseen.

Si los incompetentes se salen con la suya, si sus opiniones y actuaciones adquieren una especial relevancia, los costos para una comunidad en términos económicos y en calidad de vida podrían llegar a ser monumentales. Los mas obvios damnificados, sin duda, los esquemas de manejo y administración basados en la meritocracia.

Como si lo anterior fuera poco, el estudio también concluye que los mas competentes tienden a subestimar sus habilidades o capacidades. Suponen erróneamente que lo que para ellos es fácil lo es para los demás, y al auto engañarse en este sentido subvaloran los esfuerzos que se requieren para elevar el nivel de competencia de los incompetentes.

A este último aspecto no se le ha otorgado una suficiente atención, no obstante sus impactos adversos. La mayor parte de los análisis sobre el efecto Dunning-Kruger se han centrado en las consecuencias del sesgo cognitivo de los incompetentes y no en el de los competentes.

Por ejemplo, es conocido el caso de la ridiculez con la que a veces se expresan los competentes en áreas como las matemáticas, la escritura y la música. Piensan que toda la humanidad está dotada como ellos para el juego de los números, de las palabras y de las notas musicales.

No se les pasa por la mente que los dones que ellos poseen en estas áreas son escasos, y que quienes no los poseen no están en capacidad de avanzar mas allá de nociones básicas. Piensan que es un tema de formación y de oportunidades y no el resultado de unas carencias de capacidades que no se puede superar con mas dedicación de tiempo o con una mayor asignación de recursos.

En los deportes, por su carácter abiertamente competitivo, sobran los ejemplos. Quien es un incompetente para el fútbol porque carece de los dones físicos y mentales requeridos, siempre lo será así se dedique a practicarlo durante días, meses o años. En este caso, al igual que con las matemáticas, la escritura, la música, no hace sentido derrochar esfuerzos en transformar incompetentes en competentes.

Sin embargo, esta conclusión va en contra del espíritu democrático de los tiempos actuales. Es un espíritu que propicia un entorno donde el incompetente adquiere el derecho a opinar sobre lo divino y lo humano. A inflar su ego hasta alturas insospechadas haciéndose la ilusión de que es tan capaz y sabio sobre cualquier tema como el que mas.

¿Y el competente? Igualmente víctima de este mal entendido espíritu democrático. Acomplejado de su superioridad se baja del pedestal que se ganó con sus dones y esfuerzos, para colocarse en condiciones de una fingida igualdad con el incompetente. Para dar a entender que si no está en el mismo plano del incompetente es por la fortuna de haber recibido una mayor formación o por haber vivido en un entorno mas amigable al desarrollo de sus facultades.

Pero esta actitud del competente es funesta. Agudiza los problemas de la inflación del ego del incompetente, quien se ratifica en su falsa ilusión de que la excelencia en un área o actividad está a su alcance a la vuelta de la esquina, sin deparar en dones y disposiciones. Que si no llegó a donde ya lo hizo el competente es por mala suerte o por injusticias del destino.

El competente, con la subestimación de su competencia, distorsiona de manera grave las percepciones públicas acerca de la naturaleza de sus logros. Con esa postura, promueve la ingenua y facilista creencia que todo se resuelve con mas educación, por ejemplo.

Una creencia que lleva a una situación en la cual se sobre educa a muchos en áreas donde no tienen futuro, desaprovechando la oportunidad de hacerlo en otras donde esos esfuerzos educativos rendirían mejores frutos.

En lo laboral, conduce a desperdiciar energías en capacitaciones sin resultados y se convierte en excusa para ascensos y movimientos ocupacionales injustificados al considerarse que la incompetencia se subsana primordialmente a base de mas y mejores oportunidades.

En un orden social bien entendido donde la división del trabajo es la norma, el competente debería recibir el debido reconocimiento, sin ostentaciones ofensivas es cierto, pero sin falsas modestias que solo confunden. Y el incompetente, a su vez, debería con humildad reconocer sus limitaciones sin menoscabo de su auto estima, bajo la premisa que serlo en unas áreas o actividades no implica serlo en otras que mas se ajustan a sus dones y preferencias existenciales.