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Jorge Ospina Sardi

 

La institucionalidad multilateral del planeta es actualmente objeto de toda clase de cuestionamientos. Estados Unidos con Donald Trump a la cabeza lidera un cambio de paradigma. 

 

Esta institucionalidad fue creada después de la Segunda Guerra Mundial y estuvo enfocada a la reconstrucción de los países afectados y a asegurar que un conflicto como el que acababa de pasar no volviera a repetirse. 

 

Fue así como se crearon las Naciones Unidas y sus organismos adscritos como el Fondo Monetario Internacional (FMI), Banco Mundial, Organización Mundial de Comercio (OMC), Corte Internacional de Justicia (CIJ) y otra infinita cantidad de agencias y departamentos (de siglas) con poder supranacional de intervención en una multitud de áreas. 

 

Ese inmenso andamiaje burocrático y administrativo ha estado acompañado del propósito de buscarle soluciones globales a problemas como el de la pobreza, el hambre, las violaciones a los derechos humanos, conflictos entre países, epidemias, protección de la niñez, cambio climático y en muchas otras diversas áreas.

 

Después de la reconstrucción de Europa, a los diez años de concluida la guerra en 1945, hacia mediados de la década de los años cincuenta, el énfasis se volcó hacia los solución de los problemas económicos y sociales de los países llamados por ese entonces del “tercer mundo”. En el área económica, entidades como el FMI y el Banco Mundial se propusieron velar por la estabilidad macro de estos países y por asegurar la financiación de proyectos y programas de desarrollo.

 

Un componente no despreciable de la financiación de estos esfuerzos recayó sobre Estados Unidos. Después de todo, ha sido el país mas rico del planeta en estas últimas décadas (y algunos dicen que el mas generoso). Una especie de complejo fundamentado en ese trajinado discurso de la izquierda según el cual la creación de riqueza de los países ricos genera la pobreza de los países pobres, reforzó la idea de que esa culpa se debía resarcir con toda clase de subsidios y ayudas. 

 

Pero lo que en primera instancia fue un intento por resolver carencias económicas puntuales extremas en algunos lugares del planeta, se explayó a otras áreas como el comercio internacional y los sistemas de intercambio de información gubernamental de todo tipo. 

 

No hay que olvidar que en los años sesenta y hasta no hace mucho, las políticas económicas de moda eran las de un socialismo que propugnaba por un intervencionismo creciente por parte de los gobiernos. Una política que partía del supuesto que los gobiernos disponían de una varita mágica para resolver problemas de pobreza y otros como los relacionados con la persistencia de los ciclos económicos.

 

De una política crecientemente centralizadora a nivel de países se pasó sin recato alguno a una similar en el contexto de las relaciones entre países. Se le concedieron facultades y recursos inmensos a los organismos multilaterales. Surgieron unos muy poderosos como la Unión Europea. La “globalización” se puso de moda en los mas respetados círculos tecnocráticos y académicos.

 

Todos los países debían someterse a las exigencias y requerimientos de una globalización supuestamente liderada por los mas fuertes y ricos, y cuya delegación en los detalles recaería sobre frondosas burocracias multinacionales nombradas a dedo, ungidas de un poder que necesariamente iría en detrimento del de las soberanías nacionales.  

 

Esa meta, que tanto entusiasmó a los socialistas del siglo XIX, la de un gobierno global, pareció en un momento dado que finalmente se haría realidad a inicios del Siglo XXI. Acelerados avances en la tecnología de las comunicaciones y del transporte contribuyeron a vigorizar esa tendencia. En poco tiempo pasaron muchas cosas. No solamente se le otorgaron poderes adicionales a los organismos multilaterales existentes sino que surgieron iniciativas para crear unos nuevos muy poderosos, como en el caso del Acuerdo de Paris sobre cambio climático. 

 

 

Para avanzar en la conformación de un gobierno global se necesita unificar las políticas de los gobiernos nacionales en distintos frentes. Desde un punto de vista práctico, si resulta complejo armonizar al interior de un país las políticas económicas y sociales, qué no se podría decir cuando se trata de hacerlo entre países con diferencias fundamentales en condiciones de vida, religiones y culturas. 

 

A partir de 2016, el Brexit, la elección de Trump, el surgimiento de una derecha alternativa en Europa y otras regiones, la crisis de los partidos tradicionales y muy especialmente de la llamada social democracia, y un rechazo casi generalizado a masivos movimientos migratorios que han puesto en peligro la vigencia de valores y tradiciones culturales autóctonas, pusieron en evidencia la fragilidad del actual proceso de globalización.

 

Tal vez quien le ha asestado el mas duro golpe a este proceso ha sido el Presidente Trump con su política de “America first” y su tesis de que Estados Unidos ha sido víctima de tratados y prácticas comerciales injustas y desleales, así como de una desenfocada generosidad (culpa de las anteriores administraciones) en la financiación de un multilateralismo hostil a sus intereses y también en la financiación de la defensa militar de otros países, incluyendo a unos muy ricos como Alemania, Japón, Corea de Sur y Arabia Saudita.  

 

El Estados Unidos de Trump ha renunciado a pertenecer a varias instancias y proyectos multilaterales y en otros casos ha reducido significativamente su aporte. Su ayuda externa ha quedado completamente supeditada a los objetivos específicos de su política exterior. El país mas poderoso del planeta ha dejado de impulsar y financiar el orden global existente, sin que ningún otro país o grupo de países esté dispuesto o en capacidad de asumir el costo del vacío dejado.

 

Simultáneamente, ha acrecentado su poderío militar reviviendo aquella idea que cautivaba a Ronald Reagan de “peace through strength”. Incluso, en honor a épocas anteriores cuando se “pensaba en grande”, está en proceso de crear una fuerza militar adicional, la ‘Fuerza Espacial’. 

 

Por otro lado, gracias al favorable clima de inversión que Trump ha creado con sus políticas económicas, en menos de dos años Estados Unidos se ha convertido en el principal productor energético del planeta (de importante importador neto de energía ha pasado a ser un creciente exportador neto), al tiempo que se han dado los primeros pasos para revivir su industria manufacturera.  

 

A mediados de 2018 su crecimiento económico se disparó por encima del 4% anual y su desempleo cayó a unos muy bajos niveles históricos. Es la economía desarrollada mas dinámica actualmente. 

 

 

La crisis existencial de la institucionalidad multilateral se ha extendido a la Unión Europea (UE), donde las discrepancias entre sus miembros con respecto a políticas migratorias han sido el detonante para cuestionamientos a fondo sobre su futuro. 

 

Dos años luego del cambio de paradigma, China, Rusia y los países europeos no han terminado de acomodarse a la nueva situación. La agresividad de Estados Unidos en la protección y defensa de sus intereses es actualmente un elemento determinante de la política internacional. La perplejidad es aun mayor si se tiene en cuenta que Estados Unidos redujo radicalmente sus tasas de tributación y simplificó enormemente su marco regulatorio, de tal manera que se convirtió en un muy competitivo captador neto de capitales externos.

 

En vísperas de las elecciones del 6 de noviembre de 2018, en las que está en juego una tercera parte del Congreso, Trump se declaró “nacionalista”. No le importó la connotación negativa que rodea este término después de los desastres de la Segunda Guerra Mundial. Aprovechó la oportunidad para ratificar que no es partidario del “globalismo”. 

 

Si Trump no se debilita políticamente en forma significativa, estaría en capacidad de profundizar en la implementación de su enfoque nacionalista y en detrimento de la continuidad de la actual institucionalidad multilateral. Entonces la política internacional entraría a una etapa donde otros nacionalismos se reafirmarían y muchos países se verían forzados a depender en mayor proporción de su ingenio y esfuerzos y menos de ayudas y subsidios internacionales.