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Jorge Ospina Sardi

 

Los desafíos para una comunidad con creciente división de trabajo tienen que ver con la administración de una cada vez mayor complejidad productiva y con el sistema de valores que la facilite o haga viable.

 

No es un secreto que a través de la división del trabajo, a través de una creciente especialización en las labores del quehacer diario, se eleva la contribución de cada quien a la economía y se enriquece el entorno existencial de individuos, familias y poblaciones. Como lo señala Ludwig von Mises (en Socialism, Yale University Press, 1951):

 

“El hecho de que hay división del trabajo hace posible el avance del talento individual y convierte en mas y mas productiva la cooperación entre individuos. A través de esa cooperación los seres humanos logran lo que no está a su alcance como individuos.” Y concluye Mises: “Esa división del trabajo lleva a los seres humanos a tratarse como compañeros en la lucha por su bienestar, antes que como competidores en la lucha por su existencia.”

 

Esa división del trabajo plantea la necesidad de un gran acomodo en el sistema de valores y creencias. Implica, en primer lugar, un entendimiento sobre la naturaleza desigual de los seres humanos. Si todos fuéramos iguales no habría lugar a división del trabajo. Cualquiera podría hacer lo del otro con igual talento y con el mismo resultado. 

 

En estas circunstancias, sería implacable la competencia por los trabajos mejor remunerados. No habría criterios de selección en cuánto a calificaciones para ejercerlos, excepto situaciones relacionadas con oportunismos y el factor suerte. Dado que es imposible que todos los esfuerzos en el trabajo sean iguales y produzcan los mismos resultados, la única manera de lograr semejante enrevesado ideal, sería la igualación por lo bajo.

 

Ese proceso de igualación por lo bajo es uno que solo puede realizarse por medios coercitivos. O puesto de otra manera, es uno que solo es alcanzable en entornos autoritarios donde se reprimen los esfuerzos libres mas exitosos de individuos que buscan mejorar su situación específica atendiendo con una mayor eficiencia o eficacia las necesidades de otros seres humanos. 

 

Tal represión ocurre de distintas maneras, algunas de ellas muy sutiles por cierto. Pero la mas obvia es rompiendo el vínculo entre remuneraciones y resultados. No permitiendo que opere un sistema que beneficie en mayor proporción a unos que a otros debido a diferencias en la calidad y oportunidad de los esfuerzos productivos, a la diligencia con los que ellos se prestan, y a la introducción de innovaciones que elevan la cantidad y calidad de lo que se produce. 

 

 

La utopía de la igualdad de oportunidades

 

Mucha agua ha pasado por debajo del puente en los debates sobre la “igualdad de oportunidades”, la “igualdad de esfuerzos productivos” y la “igualdad de remuneraciones”. Sobre las interacciones entre estas tres igualdades. 

 

En relación con la igualdad de oportunidades se puede afirmar que nadie se opone a su búsqueda. Todos están de acuerdo en que los diferentes individuos que componen una comunidad deberían poder acceder a unos mínimos servicios en áreas fundamentales como la salud, la educación y la recreación. 

 

Sin embargo, este virtual consenso no desvirtúa el tema de que esos mínimos servicios dependen crucialmente de los niveles de riqueza existentes. Las comunidades mas ricas han logrado extender la cobertura y prestación de los servicios básicos a niveles que son impensables en las comunidades con menos recursos. 

 

La explicación es simple: el acceso universal a unos servicios básicos mínimos solo es alcanzable con el otorgamiento de subsidios a grupos enteros de la población. Dentro de estos, a grupos desprotegidos o a grupos que, por una razón u otra, no contribuyen mayormente a los esfuerzos productivos comunitarios. 

 

El costo total de esos subsidios solo puede financiarse con los resultados de los esfuerzos de quienes si contribuyen productivamente. Pero si quienes contribuyen productivamente lo hacen a medias, o en forma mediocre e ineficaz, entonces son escasos los excedentes que quedan para costear subsidios.

 

Lo importante entonces es lograr que el entorno productivo sea eficiente y expansivo de manera que la disponibilidad de excedentes sea la mas elevada posible. Pero esta verdad de perogrullo es puesta en duda por quienes los desvela la repartición desigual de la riqueza existente sin pensar para nada en las complejidades de cómo mantenerla, renovarla y aumentarla.

 

Ni siquiera se percatan que aun en comunidades que han avanzado en el logro de la igualdad de oportunidades básicas, su aprovechamiento por parte de los beneficiados tiende a ser relativamente desigual, pues no desaparecen las diferencias inherentes a la naturaleza y personalidad de cada individuo, algunas de ellas de carácter genético y otras resultantes de discrepancias en trayectorias existenciales. 

 

 

Igualdad de esfuerzos productivos y mediocracia

 

Una de la mas ingenuas o románticas creencias es la de que todos quienes contribuyen productivamente lo hacen en forma igualitaria. O por lo menos, que están en capacidad o disposición de hacerlo. El origen de esta infantil creencia se remonta a esa tendencia tan humana de simplificar realidades difíciles de aceptar que escapan a su entendimiento y control. 

 

Nada mas desigual que las contribuciones productivas de cada quien, aun entre individuos con preparaciones y trayectorias académicas y profesionales similares, para no hablar de las diferencias entre actividades y ocupaciones en lo relacionado con las demandas y preferencias comunitarias por ellas. 

 

Los esfuerzos productivos de los trabajadores no son un servicio homogéneo llamado “trabajo” o “mano de obra”. Esa generalización poco o nada aporta desde un punto de vista explicativo. Cada esfuerzo productivo individual es único en su contexto y dimensión. Depende de quién y cómo se realiza y del momento y entorno específico en el que tiene lugar. Es imposible una homogeneidad de esfuerzos y por lo tanto, es ilusorio creer que cada uno pertenece a una misma categoría o que cada uno produce los mismos resultados. 

 

La única forma conocida de progresar es lograr que se repitan y multipliquen los esfuerzos productivos mas eficaces, los que arrojan los mejores resultados, y se abandonen o eviten aquellos mediocres en su concepción y desenlace. 

 

Pero si el énfasis es en lograr que la remuneración sea similar tanto para los mas eficaces como para los que no lo son, se complica descifrar cuál es el comportamiento mas deseable desde el punto de vista de la atención de las necesidades comunitarias. Quienes realizan esos esfuerzos no solamente pierden la motivación para hacerlo bien o mejor sino que, aunque mantengan su motivación, quedan a oscuras sobre los grados de satisfacción que perciben los consumidores o usuarios de sus servicios. 

 

En estas circunstancias, tienden a igualarse los desempeños en niveles mediocres. La meritocracia es reemplazada por la mediocracia, que no es otra cosa que la toma del poder de decisión por parte de los mediocres en toda clase de organizaciones vitales para el funcionamiento de una comunidad. 

 

El filosofo canadiense Alain Deneault señala que si usted vive en una mediocracia, “no puede estar orgulloso de sus logros porque puede parecer arrogante. No puede apasionarse con su trabajo porque a la gente le da miedo. Y, lo más importante, tiene que evitar las ‘buenas ideas’ porque son recibidas con recelo y terminan trituradas en una papelera… Sus reflexiones no solo han de ser endebles, sino que deben parecerlo. Cuando hable de sí mismo, asegúrese de que todos crean que usted no es gran cosa. Eso facilitará que lo metan en el cajón apropiado.” (Mediocracia: Cuando los mediocres se toman el poder, Turner Publicaciones, septiembre de 2019). Deneault se pregunta qué es en lo que mas sobresale una persona mediocre. Y la respuesta no se hace esperar: en su habilidad para reconocer a otra persona mediocre. 

 

La única forma para que opere de manera lógica y racional un sistema de esfuerzos productivos desiguales es el de la libertad económica. Solo esas libertades hacen posible que se de la división de trabajo y las especializaciones mas acordes con un entorno expansivo de creación de riqueza. En un entorno libre, los mas destacados e ingeniosos rompen las convenciones en los que tienden a ser encajonados por los mediocres y se convierten en instrumentos de alteración y superación de equilibrios sociales sub óptimos.

 

 

Igualdad de remuneraciones y mediocracia

 

En una economía libre sale a relucir con toda su fuerza la condición desigual o no idéntica en sus características esenciales de todos los seres humanos. Ahí con la división de trabajo y las especializaciones se establecerá no solamente una diversidad de ocupaciones sino también unas desigualdades en remuneraciones y control dentro de cada ocupación. Ahí cada persona tenderá a ganar un ingreso similar a su productividad marginal, es decir a su productividad a la hora de satisfacer los deseos y demandas de los consumidores. 

 

Solamente ahí se transmiten las señales necesarias y los respectivos estímulos para motivar a quien tenga la capacidad y voluntad de superar estándares mediocres de desempeño. Solamente ahí cada quien puede valorar hasta dónde y en cuáles áreas vale la pena el esfuerzo adicional requerido no solo para conservar la riqueza actual sino también para acrecentarla.

 

En una mediocracia, por el contrario, no existen las señales que orientan y los estímulos que motivan desempeños destacados. Por medio de sanciones sociales y mecanismos restrictivos de distinta naturaleza se suprimen desviaciones de conducta que hacen “brillar el cobre” de la mediocridad de quienes la administran.

 

En una mediocracia abundan las restricciones a la libertad individual porque de lo que se trata es de ajustar las conductas a una cómoda y complaciente vara de medición. Pero además, dado que muchas veces las restricciones de tipo administrativo no son suficiente para lograrlo, se acude a expoliaciones vía impuestos y otros medios coercitivos para hacerse a los excedentes generados por los individuos y empresas mas destacadas y productivas.

 

Es inevitable que las desigualdades de oportunidades y esfuerzos se traduzcan en desigualdades de ingresos. Ellas generan resultados diferentes y sería inequitativo por decir lo menos que no sean valoradas cada cual en su debida dimensión. Remunerar por igual un trabajo mediocre que un trabajo destacado es un acto de expoliación. Simplemente se expropia la contribución productiva adicional de quien sobresale sobre el promedio. Se la expropia descaradamente en beneficio de quienes no lo hicieron mejor o no se esforzaron lo suficiente.

 

Toda mediocracia tiende al abuso de estos sistemas de expoliación y represión. Es con ellos con los que sus administradores mantienen e incrementan su control sobre el resto de la población. El único antídoto es la imposición de sistemas de libertades económicas (o de libertades naturales como las denominó Adam Smith) que estimulan y motivan el trabajo y la creatividad de quienes sobresalen en esfuerzos y resultados al modificar positivamente paradigmas y promedios preestablecidos.