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Jorge Ospina Sardi

 

El núcleo central de toda comunidad es el individuo. No lo es la familia, ni agrupaciones sociales relacionadas con Estados, religiones o partidos políticos.

 

Es un gran avance civilizador reconocer que, salvo contadas excepciones, los intereses del individuo, sus libertades y derechos, prevalecen sobre cualquier interés grupal. Entre las excepciones se encuentran situaciones relacionadas con la administración de la justicia y la defensa frente a amenazas externas, pero en las demás se requiere de la carga de la prueba, tal como se argumenta en mi libro Ensayos Libertarios (especialmente en la parte V, “Desigualdades, justicia y esquemas de ayuda”).

 

 

La familia no es tan importante como el individuo

 

Hay una larga discusión acerca de si los intereses individuales deben subordinarse a los de la familia o si es al revés. La ventaja de la familia es que los lazos afectivos que convoca son fuertes, basados en instintos y disposiciones con raíces en lo mas hondo del corazón humano. Son lazos de los que brotan encomiables sacrificios y generosidades. 

 

La familia es clave en la supervivencia y formación de los menores de edad. Es importante para la protección de los ancianos y personas vulnerables. 

 

Sin embargo, lo  anterior no significa que la familia esté por encima del individuo. La única conclusión válida es que la familia es una de las agrupaciones protagonistas en la vida de las personas. Es importante en todo ordenamiento social precisamente por eso: porque constituye un punto de apoyo para la supervivencia y el avance material (y espiritual) de los individuos. 

 

Pero si en el seno de una familia se violan los derechos básicos de algunos de sus miembros, no hay otra alternativa que sacarlos de ese entorno y enjuiciar a los responsables. No podría argumentarse al revés: que hay que mantenerlos ahí para salvar la integridad y unidad familiar.

 

No se puede desconocer, por ejemplo, que al interior de varias familias se presentan conflictos y abusos entre hijos y padres, entre esposos, y con la parentela no tan cercana. Es tan así que una de las ramas mas solicitadas del derecho tiene que ver con los problemas de distinta índole que se presentan en las relaciones intrafamiliares.

 

Estas disfuncionalidades de las familias se dan precisamente porque están conformadas por individuos. Las relaciones humanas tienden a ser disfuncionales y eso incide en la armonía, coherencia y vitalidad de las distintas agrupaciones sociales.

 

Las disfuncionalidades se originan en buena medida en la falta de concordancia entre objetivos y preferencias de quienes hacen parte de las distintas agrupaciones. Las familias no son la excepción. Insalvables diferencias de opiniones y gustos se presentan no solo entre generaciones sino también entre personas de las mismas edades. 

 

 

Agrupaciones con objetivos trascendentales

 

De manera que caemos en lo inevitable cuando nos referimos a las distintas agrupaciones sociales: están conformadas por individuos de carne y hueso. Son ellos, con sus fortalezas y sus debilidades, quienes las dirigen y sustentan.   

 

Podría incluso argumentarse que así como algunas agrupaciones extraen lo mejor de sus miembros, las hay otras que extraen lo peor. Después de todo, en su seno se diluyen o desvanecen las responsabilidades individuales y sus poderes colectivos pueden utilizarse para anular voluntades y reprimir oposiciones.

 

Si en las familias se presentan toda clase incumplimientos en relación con el respeto a los derechos básicos individuales, qué decir de otras agrupaciones menos compactas y mas complejas en su composición y en el alcance de sus actividades. En especial, aquellas cuyos objetivos no son tan específicos y concretos como lo serían los de empresas y clubes recreacionales, sino generales y ambiguos como los que motivan la lucha por el poder político.

 

Mas aun cuando quienes las dirigen se arrogan atribuciones que les permiten violar los derechos básicos no solamente de sus miembros sino también de quienes no pertenecen a ellas.

 

Cuando se trata de agrupaciones con objetivos trascendentales, como la búsqueda de utópicos ideales políticos, es inatajable la tentación de relegar a un segundo plano los intereses individuales. Se cae con facilidad en aquello de que el fin justifica los medios. 

 

En otras palabras, entre mas ambiciosos los objetivos grupales mayores son las probabilidades de que las libertades y derechos individuales sean considerados como desechables, como obstáculos que se interponen en el logro de metas ‘superiores’. 

 

No existe un camino mas expedito hacia la servidumbre que este en el que unos pocos se constituyen en los voceros y representantes de agrupaciones que persiguen unos objetivos cuya naturaleza utópica impide establecer relaciones de causalidad entre políticas y resultados, y cuyos incumplimientos dan lugar a toda clase de falaces justificaciones y a una insaciable cacería de chivos expiatorios. 

 

Estos objetivos grupales trascendentales cautivan porque compensan, así sea imaginariamente, las tremendas limitaciones que enfrentan los individuos en su vida diaria. Los hace soñar despiertos con unas supuestas eventuales mejoras de sus situaciones. 

 

 

A bajarlas del pedestal

 

Cuando las identidades grupales anulan o sustituyen a las identidades individuales, se destapa una Caja de Pandora de la cual solo se puede esperar que surjan culebras y demonios. El individuo cede sus responsabilidades a entes ficticios que no las tienen.

 

Siempre volvemos a los mismo: es de individuos de los que estamos hablando. El respeto a sus libertades y derechos básicos no se logra con sus sometimientos a unos imaginados intereses en cabeza de entes impersonales como el “Estado”, la “comunidad”, el “pueblo”, el “partido” o incluso la “familia”.

 

Nada reemplaza al individuo, pues es el único que puede responder sobre la responsabilidad de sus actos. Se puede culpar a una agrupación de tal o cual cosa –algo que todo el mundo hace– pero para eso se necesita que ese ente sea consciente de su conducta, lo cual es una imposibilidad. 

 

Una empresa, por ejemplo, tiene como función generar utilidades prestando un servicio y al hacerlo tiene la obligación de cumplir con unos procedimientos y reglas de juego. Sus dueños y sus directores son directamente responsables de unos resultados que son medibles. Adicionalmente, nadie está obligado a ser parte de la empresa o a comprar sus productos o servicios.

 

En contraste, todos nos vemos ‘obligados’ de alguna forma u otra a proporcionarle recursos a familias, comunidades y Estados. Si bien en el caso de familias esa obligatoriedad se matiza con la existencia de fuertes lazos afectivos, en el caso de agrupaciones comunitarias y estatales esas contribuciones se obtienen, en la mayoría de los casos, coercitivamente a través de impuestos, multas y hasta trabajos forzosos. 

 

La mezcla de objetivos trascendentales y métodos coercitivos es altamente tóxica desde el punto de vista de la defensa y promoción de intereses individuales. Los pocos que controlan estas agrupaciones terminan ungidos de unos poderes con los cuales pueden hacer y deshacer a su antojo y capricho.

 

No hay otro camino que desmitificarlas, empezando por el Estado y sus instancias administrativas. Bajarlas del pedestal en las que las han colocado políticos, filósofos, sociólogos, economistas y comunicadores sociales. Despojarlas de poderes inoficiosos. Focalizarlas hacia lo fundamental. Limitarlas a sus funciones imprescindibles. No hacerse falsas ilusiones con ellas, ni darle carta blanca a quienes reciben el encargo de administrarlas.