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Jorge Ospina Sardi

 

Todos los seres humanos tenemos derecho a pedir mas de lo que contribuimos productivamente. El problema es cuando el derecho a pedir se confunde con un supuesto derecho a recibir lo que no nos pertenece.

 

Todo expoliador recibe mas de lo que contribuye productivamente. En términos generales, lo es quien acude a engaños o a métodos coercitivos, en forma directa o a través de terceros, para pagarse total o parcialmente sus costos o gastos de vida con cargo a lo que otros producen o poseen. 

 

Hay solidaridades de unos hacia otros que son reconocidas como derechos de quienes no pueden contribuir productivamente. Por ejemplo, los hijos de menor edad en relación con los padres. O los ancianos en relación con sus hijos mayores. Es visto como normal que quienes contribuyen acepten, como una especie de ‘retribución’ o por consideraciones de afecto personal, ayudar a miembros de sus familias o incluso a miembros de sus círculos de amistad o de trabajo. 

 

Pero a medida que nos alejamos de la órbita mas ‘íntima’ de familiares o amigos, a medida que nos alejamos de nuestro círculo tribal, estas contribuciones o ayudas dejan de apoyarse en derechos naturales ampliamente aceptados y pierden el carácter de voluntarias. ¿Por qué hemos de sacrificarnos por personas de cuya trayectoria desconocemos todo, con quienes no tenemos prácticamente nada en común?

 

No que no convivamos con esas personas, no el que el trato no deba de ser el mas respetuoso, sino que la pregunta de fondo es la de por qué hemos de subsidiar con los frutos de nuestros trabajos y esfuerzos productivos la salud, educación, comida, vivienda, y otros gastos de personas con las que nada que ver. 

 

No hay realmente una respuesta clara. Algunos expondrán la tesis de que se trata de personas de una misma nacionalidad, o que pertenecen a una misma religión o creencia política, o cualquier otra generalidad de ese estilo. Sin embargo, estos son vínculos o nexos que por su ambigüedad y amplitud no son operativos a la hora de ‘hacer y repartir la merienda’. Menos aun en comunidades extendidas y globalizadas como las actualmente vigentes. 

 

 

Estrategias expoliadoras

 

Es un componente de la naturaleza humana la capacidad de ponerse en piel ajena y simpatizar desde dentro con la situación del otro. De este componente surgen generosidades y solidaridades de todo tipo, pero también incontables abusos que pueden encuadrarse en aquella famosa frase del Chapulín Colorado: “se aprovechan de mi nobleza”. 

 

¿Qué hacen los expoliadores para aprovecharse de la nobleza del resto de los mortales? Acuden a una o a una combinación de estrategias. Las mas comunes por efectivas son las siguientes:

 

1) Exagerar la situación para inspirar lástima.

 

2) Sobrestimar la contribución productiva para alegar insuficiencia en las retribuciones. 

 

3) Prometer generosas reparticiones de lo expoliado.

 

4) Apoyarse en la creencia, hoy muy generalizada, que expoliar es un derecho adquirido por unos en detrimento de los intereses de otros. 

 

La cuarta va por lo general acompañada de las otras tres. Es la mas sofisticada y requiere de explicaciones. Sin embargo, si despojada de sus misterios metafísicos, la argumentación a su favor es relativamente simple. 

 

Parte de la base que los mas ricos son codiciosos y explotadores. Luego se intercala la idea de que la culpa de la pobreza propia es la apropiación de la riqueza por parte de quienes mas la poseen. Y se redondea el asunto sublimando no solamente el acto de la expoliación sino también, muy importante, exaltando y hasta endiosando a quienes lo realizan, lo que legitima por parte de estos últimos su apoderamiento de un componente sustancial de la piñata expoliada. 

 

Actualmente se utiliza principalmente al Estado (a sus instituciones) para concretar procesos masivos de expoliaciones. Al Estado, “aquel gran ente ficticio que todos aspiran usar para vivir a costa de los demás”, tal como lo definió Frédéric Bastiat a mediados del Siglo XIX.  

 

Bastiat agregaba: “Qué podemos creer de un pueblo que considera que un pillaje recíproco no es pillaje porque es recíproco; que no es criminal porque se hace legalmente y de manera ordenada; que piensa que ese pillaje adiciona a la riqueza de una comunidad no obstante que el efecto sea exactamente el contrario”, así sea por el solo hecho de usar para tal propósito a un costoso y paquidérmico intermediario llamado Estado (en Selected Essays on Political Economy, capítulo “The State”, The Foundation for Economic Education, 1995).

 

Las expoliaciones en sus versiones mas sofisticadas generan simpatías tipo “Robin Hood”, satisfacen pasiones derivadas de resentimientos y envidias, y colman expectativas de poder y fácil enriquecimiento. Su atractivo está anclado en profundas raíces atávicas. No solo cautivan a ingenuos y descontentos, sino también a personajes acomplejados de su superior riqueza.

 

 

La política detrás del botín

 

No se puede perder de vista que durante miles y miles de años, en entornos tribales, la expoliación estuvo a la orden del día como la forma mas extendida y elogiada de hacerse a poder y riqueza.

 

Actualmente, en entornos políticos y económicos mas sofisticados, los expoliadores han elaborado sus discursos justificativos. Acuden a teorías y racionalizaciones en los que se realzan sentimientos de solidaridad y fraternidad, pero nunca haciendo mención a los egoísmos y ventajismos de quienes son los directos beneficiarios de las expoliaciones.

 

En una visión descarnada de la política, la escogencia siempre será entre expoliadores. Los unos mas civilizados y culturizados que los otros. Los unos menos represivos que los otros. Los unos mas respetuosos de reglas de juego y formas constitucionales que permiten la competencia en la lucha por el poder político, los otros abusando de ese poder para deshacerse sin contemplaciones de sus opositores.

 

De acuerdo con esta visión las diferencias en política son mas de forma que de fondo. Con la excusa de que se necesita un Estado con el monopolio de la fuerza para arbitrar justicia, proteger a poblaciones de amenazas externas y subsidiar a los mas necesitados, se ha creado entes que van mucho mas allá de esas funciones primordiales y básicas. 

 

El Estado es entonces un botín y el oficio de la política es básicamente la administración del botín. Es un botín que no le pertenece a nadie en particular. Proviene de expoliaciones y se redistribuye a voluntad de quienes circunstancialmente lo administran. A ningún bolsillo en concreto le duele su mal uso por despilfarros y desviaciones.  

 

 

Demagogia de la expoliación

 

A estas alturas de la evolución política de la humanidad se esperaría un cierto escepticismo sobre la verdadera naturaleza de las intenciones de los expoliadores y sobre los resultados de sus gestiones. 

 

Volviendo a lo dicho atrás, las estrategias de los expoliadores son predecibles. En política si que lo son. Si se trata de jefes políticos, entre mas ofrezcan mayores las probabilidades de abusos y violaciones de derechos. Porque no es con lo suyo que prometen sino con lo ajeno, y porque no es en el mundo de las acciones voluntarias donde se mueven sino en la esfera del poder coercitivo. 

 

Ahora bien, entre mas pretendan expoliar mayores los halagos a la población que los apoyan. Colocan en pedestales a sus seguidores. Los hacen creer que son mas de lo que son. Que no poseen lo que le es debido por injusticias de toda clase, sin importar cuáles sean sus contribuciones productivas. 

 

El éxito de los expoliadores políticos dependerá entonces crucialmente de cuántos cómplices atraigan para sus causas y de la mística de sus acólitos. Y es aquí que surge una pregunta de fondo: ¿Por qué exaltar a estos expoliadores cuyo único mérito es la eficacia de su demagogia para atraer ingenuos y oportunistas? ¿Por qué permitir que ellos sean los intermediarios en la repartición de lo que no les pertenece?

 

Esa intermediación no solo es en la mayoría de los casos inconveniente en términos de su eficacia sino que es peligrosa por los abusos de poder a que da lugar. Con frecuencia ni siquiera beneficia a los mas necesitados. Va acompañada del monopolio de la fuerza bruta. ¿No habrá llegado la hora de acabar con estas intermediaciones por onerosas y abusivas?

 

Esa sería toda una revolución política. Con los niveles actuales de riqueza, y siempre y cuando el proceso de su renovación y creación se mantenga, es posible fortalecer y perfeccionar mecanismos automáticos y voluntarios de transferencia de recursos, reduciendo a un mínimo la presencia de estos intermediarios que envenenan mentes y corazones con su demagogia desbordada, haciéndole creer a la gente que son acreedores a derechos inexistentes y a paraísos irrealizables.

 

Se requeriría de un replanteamiento con respecto a la organización y alcance de lo que llamamos Estado, en una dirección contraria a las tendencias expoliadoras e intervencionistas actuales. Hacia un camino alternativo, tal como el que se plantea en la sección “Visiones de una política libertaria” de mi libro Ensayos Libertarios

 

En último término de lo que se trata es de empoderar a las comunidades de su propio destino con esquemas institucionales que le fijan límites precisos a la intermediación de los políticos, que amplían el ámbito de las libertades individuales, que optimizan la creación de riqueza y que ‘eficientizan’ la atención a las necesidades mas urgentes de la población.