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Jorge Ospina Sardi

 

El concepto de “poder” tiene múltiples aristas e interpretaciones. Los sistemas de control utilizados para hacerlo efectivo determinan el tipo de sociedad en la cual se vive. Poderes redundantes conllevan elevados costos para quienes son sus subordinados.

 

La Real Academia Española define poder como “facultad de actuación” y como “capacidad de una persona o de un grupo de personas de llevar a cabo su voluntad”. Así entendido, el problema con el poder radica en que “mi actuación” o “llevar a cabo mi voluntad” no es en un vacío sino que afecta a otras personas del entorno donde vivo.

 

Con frecuencia “llevar a cabo mi voluntad” implica “imponer mi voluntad sobre otras personas”. Y es ahí cuando el poder puede volverse problemático en sus impactos. Esa imposición de mi voluntad puede conllevar perjuicios y costos de distinta naturaleza sobre las personas objeto de la imposición.

 

 

Los controles como parteros del poder

 

La imposición de voluntades ajenas sobre personas requiere de sistemas de control, ya sea con conductas obligatorias o con conductas voluntarias. Las primeras por lo general van acompañadas de “castigos” ante incumplimientos mientras que las segundas de “persuasiones” que pueden estar asociadas a retribuciones o recompensas. 

 

La expresión “garrote y zanahoria” viene al caso. Quienes se someten a la voluntad de otros lo hacen por miedo a las consecuencias negativas o por unos beneficios materiales o inmateriales que esperan recibir como contraprestación o porque simplemente consideran que ese camino es el mejor para la defensa de intereses reales o simplemente simbólicos.

 

Como sea, la imposición de la voluntad propia sobre la de otros demanda controles, que a su vez requieren para su concreción de recursos para hacerlos efectivos. Si no existen estos controles el uso del poder puede tornarse ineficaz o inocuo porque el estado natural del ser humano es el de regirse por sus propios criterios y pareceres según sea lo que considera que mas le conviene. 

 

La pregunta que surge entonces es si para el uso del poder, para su imposición sobre voluntades ajenas, se requiere de mucho o poco control. Podría afirmarse que mucho control sería una salida “totalitaria” al tema y que poco control sería una salida “libertaria”. 

 

 

La tentación de los controles totalitarios

 

Hay espíritus totalitarios. Cuando administran espacios de poder, imponen su voluntad de manera omnímoda, es decir de una manera “que lo abraza y comprende todo”. Ese totalitarismo puede darse a nivel de relacionamientos familiares o a nivel de otros relacionamientos mas amplios, por ejemplo en la administración de empresas y gobiernos. 

 

La ventaja de los controles totalitarios es que no hay el desgaste en tiempos y energías que traen consigo las negociaciones y transacciones que se utilizan en manejos libertarios. Su desventaja radica, no solamente en que el trabajo “en equipo” se dificulta sobremanera, sino también en los abusos, arbitrariedades y perjuicios a terceros por parte de quienes se arrogan la autoridad de ponerlos en práctica.

 

Se ha comentado sobre la atracción que ejerce el poder en los seres humanos. Los dictadores abundan tanto en los pequeños círculos sociales como en los mas grandes y complejos. Es cierto que algunos son mas propensos a ser cautivados por “las mieles del poder” que otros.

 

Hay una teoría que sostiene que los adictos al poder son personas en las que predomina la parte reptiliana del cerebro, uno en el que las emociones primitivas desempeñan un  papel preponderante (por ejemplo, en la teoría del cerebro triple de Paul MacLean). Se trata de la parte del cerebro que utilizamos en situaciones de ataque y defensa, para lidiar con posibles amenazas y en las que el miedo es compañero fiel. Una cuyo uso fuera de capital importancia en las sociedades tribales. 

 

Como sea, lo cierto es que muchos seres humanos serían unos tiranos si tuvieran la ocasión de serlo. Como lo señalaba Edmund Burke, “aquellos que han sido intoxicados con el poder, y que han recibido gratificaciones con su manejo, así sea por poco tiempo, rara vez lo abandonarían voluntariamente.” (Letter to a Member of the National Assembly, 1791). 

 

Y tenemos también el famoso comentario de Henry Kissinger “el poder es el gran afrodisíaco” (New York Times, enero 1971). No existe una mas fulgurante expresión de mentalidad reptiliana que esa.

 

 

Aspirantes a tiranos

 

Es interesante registrar cómo quienes se rebelan contra los poderes establecidos y sus controles, son los primeros en abusar del poder si llegaren a poseerlo. Son los primeros en establecer unos controles asfixiantes y en suprimir todo aquello que limita sus poderes, como por ejemplo serían en el ámbito político los ordenamientos jurídicos o institucionales que garantizan una separación de poderes. 

 

Los rebeldes o revolucionarios, o como se quiera llamarlos, son casi siempre los mas acuciosos aspirantes a tiranos. Y esto aplica a todos los niveles (familiares, empresariales o gubernamentales). Y tal vez se explica porque quienes tienen el mas fuerte espíritu rebelde, quienes mas resisten intentos de dominación y control por parte de los poderes existentes, con frecuencia están poseídos de mentalidades reptilianas. 

 

La lucha contra los poderes existentes siempre despertará simpatías entre personas que no aspiran a ejercerlo. Como lo hemos explicado en otro escrito, muchos son “debilistas”. Los embriaga la simpatía por los mas débiles. Y se regocijan con las pérdidas de los mas fuertes. 

 

El problema con estas simpatías es que no necesariamente conducen a liderazgos menos tiránicos. Si nos engañamos y decepcionamos con gentes a nuestro alrededor con quienes hemos compartido vivencias, qué decir de personas que no conocemos y que nos prometen lo divino y lo humano a cambio de apoyos para alcanzar puestos de liderazgo.

 

Solo ingenuos y oportunistas pueden ilusionarse con unos personajes que no son mas que aspirantes a tiranos y que cuando alcanzan sus objetivos de poder lo extienden al máximo con la peregrina excusa que de lo que se trata es de hacerle el bien a quienes se someten a sus designios.

 

 

Poderes circunscritos y limitados

 

El poder es un “mal” cuando solamente se puede ejercer con controles que implican el uso de la fuerza. Es “un mal necesario” si con esos controles se evita que unos le hagan daño a otros o se hagan daño a sí mismos. 

 

Hay varios ejemplos. Uno de ellos es el poder que ejercen los padres sobre los hijos. Es claro que en edades tempranas los hijos requieren de la autoridad de los padres para orientar su conducta en un mundo que desconocen y que les puede ser hostil.

 

Cuando los hijos avanzan en edad la autoridad de los padres tiende a declinar. Y así debe ser. El “mal necesario” deja de ser necesario si esa autoridad no se marchita o declina pues de lo que se trata es de cortar dependencias y que el proceso de crecimiento y desarrollo de los hijos sea uno de aprendizaje con ensayos y errores que los conduzca a un buen manejo de sus responsabilidades y libertades. 

 

El mismo principio aplica a otros poderes que utilizan controles coercitivos o represivos. Su permanencia mas allá de su vida útil los convierte en fines en si mismos: a operar con una propia y autónoma inercia, como si fueran "ruedas sueltas". 

 

Si no existe una clara consciencia de que los poderes deben ser limitados y en lo posible decrecientes, si no existen unos sistemas de valores y ordenamientos jurídicos que contribuyan a la reafirmación de este principio minimalista, se dificulta sobremanera “mantener a raya” a los aspirantes a tiranos.  

 

 

Poderes e instituciones

 

Dado que el poder es un “mal necesario” por los controles que requiere y por los desafueros y corrupciones que lo acompañan, lo ideal sería abandonarlo cuando no haya una manifiesta exigencia que justifique su permanencia. La máxima que debería aplicarse sería entonces tanto poder como sea necesario y tan poco que no sobre. 

 

Sujeciones voluntarias a poderes no deben ser objeto de mayor escrutinio. Son los controles coercitivos y represivos los que merecen la mayor atención y análisis. Introducen una asimetría o sesgo en los relacionamientos humanos en favor de los intereses de unos a costa de los intereses de otros. 

 

Su utilización no tan perniciosa y dañina demanda de un grado de imparcialidad, ecuanimidad y honestidad que es muy escaso entre los distintos seres humanos. Por eso hay que acudir a contrapesos y a controles sobre los controles. 

 

Los límites mas eficaces a los poderes están determinados por las libertades individuales básicas que disfrutan quienes son sus subordinados. Las instituciones políticas deberían por tanto apuntalar esas libertades. Pero complementariamente promover entornos sociales donde las energías e iniciativas de mentalidades reptilianas se orienten primordialmente hacia el servicio de los demás. 

 

Esto ultimo, que es muy difícil en la política, es mas fácil lograrlo en actividades como las empresariales en las que los éxitos dependen directamente de la coherencia y oportunidad como se atienden las necesidades ajenas. Se trata de un espíritu de servicio que brota y se desarrolla con mas ímpetu en comunidades en las cuales se respetan la libertad de mercados y los derechos de propiedad privada.