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Jorge Ospina Sardi

 

Los seres humanos nos la pasamos echándole la culpa de lo malo que nos sucede a otras personas y a factores externos. Ni siquiera Dios escapa a las acusaciones de nuestras fiscalías personales.

 

Nos cuesta mucho apersonarnos de las consecuencias de nuestras trayectorias existenciales. No sorprende porque la vida es muy dura. Está acompañada de frustraciones, enfermedades, decisiones erradas, enemistades, incomprensiones, decepciones, engaños, y de su destrucción final con la muerte. Buscamos causas ajenas a nosotros mismos para explicar desarrollos negativos o adversos.

 

A lo anterior se agrega que somos pésimos en la evaluación de nosotros mismos. Aceptar nuestros errores y nuestra conducta disfuncional es un proceso difícil y complejo. Nos hacemos a la idea que somos cuasi perfectos, no obstante que en el diario vivir nos tropezamos todo el tiempo a causa de nuestras falencias y que a cada rato nos estrellamos contra las paredes a causa de nuestras miopías. 

 

En medio de esa dualidad entre lo que somos y lo que creemos y proyectamos que somos, acudimos a activar nuestras fiscalías personales. En ellas colocamos a toda clase de sospechosos por considerarlos culpables de nuestras desgracias y desaventuras. Culpables de nuestra falta de éxitos y progresos.

 

Los dossiers de sospechosos en nuestras fiscalías personales tienden al infinito. Incluyen padres, madres, hermanos mayores, colegios, religiones, vecinos, jefes en el trabajo, dueños de empresas, bancos, gobiernos, cambios climáticos, sistemas económicos, y otros muchos. Sospechosos para todas las ocasiones. 

 

 

Uno de esos sospechosos es Dios. Hacia allá tornamos nuestras miradas cuando necesitamos milagros o cuando enfrentamos las grandes tragedias propias de la vida humana. 

 

No hay problema mientras creamos que somos sujetos de las preferencias de Dios a través de intervenciones milagrosas. Lo invocamos para que nos favorezca en competencias y eventos frente a contrincantes que supuestamente no cuentan con esas preferencias y que no son sus favoritos como si lo somos nosotros. 

 

Sin embargo, cuando se trata de grandes tragedias activamos nuestras fiscalías personales. La relación con Dios se amarga. “¿Cómo un Dios tan bueno y generoso permite la ocurrencia de semejante tragedia?” Y la respuesta a este interrogante no se hace esperar: “Yo no tendré nada que ver con un Dios que permite semejante tragedia”. 

 

Muchos en estas tristes y lamentables ocasiones se quejan abiertamente de la indiferencia de Dios, como si un invento antropomórfico que al final de cuentas es lo que es, tuviera la capacidad de prevenirlas.

 

Y por último las fiscalías personales pasan a acusaciones formales. A ese Dios hay que condenarlo porque ha creado un mundo cruel y sin sentido aparente. Borrarlo de nuestras vidas, es la sentencia. Pero igual, el cumplimiento de esa sentencia no altera los destinos trágicos. 

 

 

Dios como tal no le debe favores a ninguna criatura humana ni tiene por qué involucrarse en mundos que no son los suyos. Ni tiene por qué someterse a las sesgadas acusaciones de nuestras fiscalías personales. Difícil expresar todo esto con palabras, pero digamos que lo que corresponde a nuestra materialidad, a nuestra vida terrenal, no es un asunto en el que un Dios inmaterial pueda intervenir. 

 

Nuestros organismos están supeditados a sus propias leyes evolutivas. Su relación con el entorno material donde habitamos depende exclusivamente de esas leyes físicas. Los hechos fortuitos, los hechos no anticipados o no buscados, y que son parte integral de toda vida humana, pertenecen exclusivamente a nuestra materialidad.

 

Como decía al comienzo, la vida es dura y mas aun para los seres humanos por esa conciencia inmaterial que poseen. La fuerza de esa conciencia es tal que sirve para hacerle transformaciones a su materialidad y para anhelar trascenderla después de la muerte.

 

La eventual existencia de una trascendencia después de la muerte no depende realmente de lo que suceda con nuestra materialidad. La creencia en la vida después de la muerte es un acto de fe que no está supeditado a eventos o sucesos materiales, así incida indirectamente en nuestras conductas en este mundo.

 

Lo que es realmente fascinante es que ese acto de fe se enmarca en conductas que son enaltecedoras en lo personal y en lo social. Saca a relucir lo mejor de nosotros mismos. Impele hacia lo mas elevado y sublime dentro de nuestras limitadas posibilidades materiales. 

 

Ese acto de fe nunca va asociado con maldades o comportamientos viles e ignominiosos. Siempre va de la mano de sentimientos de gratitud. Es como una ventana a través de la cual se perciben perfecciones y excelencias a las que aspiramos y que solo como reflejos hacen parte de este mundo.