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Jorge Ospina Sardi

 

Los seres humanos no podemos vivir sin encasillar o etiquetar a quien tenemos enfrente. Ese ejercicio le permite a muchos salirse con la suya en descalificaciones y hasta en insultos.

 

Usted es de “derecha” y eso significa que es un facho. Usted es de “izquierda” y eso significa que es un mamerto. No valen las protestas. No se atreva a decir que ni lo uno ni lo otro. Si lo hace, inmediatamente lo tachan de pertenecer al “centro”, que es lo mismo que decir que “usted no es ni fu ni fa”, o sea que tiene un problema serio de identidad que merece tratamiento especial por parte de un siquiatra. Olvídese de afirmar que lo que usted pretende es lograr un justo medio (un concepto que ni siquiera Aristóteles pudo explicar). 

 

Pero no se preocupe si el siquiatra no le resuelve el tema. Hay una salida a su problema de identidad. Para eso están la “centro derecha” y la “centro izquierda”. Pero, ¿qué es eso? En realidad no importa. En esas dos categorías se reciben a los vergonzantes de la “derecha” y a los vergonzantes de la “izquierda”.

 

 

En el caso colombiano está la experiencia reciente de uno de los precandidatos presidenciales que se auto definió como de centro centro. Se trata de Alejandro Gaviria, ex rector de la Universidad de los Andes. Cuando lanzó su candidatura señaló que él iba a rescatar el “centro” en Colombia. 

 

Pero no solo eso. Empezó a desautorizar vinculaciones con otros candidatos y corrientes políticas porque no eran de centro centro. Se adueñó del centro centro. Se convirtió en una especie de Savonarola, descalificando a diestra y siniestra a quienes, en su concepto, no eran centro centro. 

 

Algo parecido me pasó a mi en un reunión con miembros del Movimiento Libertario de Colombia. Llevo mas de cuatro décadas analizando y escribiendo sobre las llamadas ideas libertarias en economía, sicología, antropología y política. Les expongo algunas de esas ideas a miembros de ese movimiento y de pronto sale de la nada un Savonarola, una persona que ni siquiera tiene un reconocido recorrido académico, a decirme que yo no califico como libertario porque me atreví a proponer que el tema del manejo gubernamental del maltrato femenino en Colombia había que centralizarlo en un Instituto de la Mujer.

 

En Colombia, no solo vivimos obsesionados con encasillar a la gente ideológicamente sino que hay unos personajes que se sienten depositarios de la verdad de las diferentes categorías en que ellos dividen el espectro político. Esa obsesión por encasillar a la gente se extiende mas allá: por ejemplo, los estratos socioeconómicos utilizados para administrar subsidios. En todas las dependencias oficiales, bancos y en perfiles de todo tipo se pregunta: ¿y usted a qué estrato pertenece? 

 

Un extranjero al que le preguntaron eso para abrir una cuenta en un banco quedó sorprendido, se miro al ombligo y le dijo al funcionario “pues no tengo la mas remota idea qué estrato soy”… Y luego, haciéndose el chistoso agregó: “mi madre en Alemania estaba muy orgullosa de que su abuela se codeaba con una pariente lejana del Kaiser Guillermo.” Obviamente el funcionario no entendió nada, pero con esa lógica inflexible estratificadora que existe en Colombia le preguntó al extranjero dónde vivía. Cuando él le dio la dirección le dijo “bueno usted parece que pertenece al estrato cinco pero tirando al estrato seis. ¿Cuál estrato prefiere?” “Bueno,” le dijo el extranjero, “le doy la dirección de mi novia y tomamos la decisión”.

 

Por ejemplo, en mi caso por mis ideas libertarias soy opuesto a posiciones autoritarias, estatistas e intervencionistas vengan de donde provengan. Pero en todo el espectro de la política abundan esas posiciones que yo rechazo. Creo en lo que decía el escritor inglés Daniel Defoe: “Viene en la sangre: todos los seres humanos serían tiranos si tuvieran la opción de serlo.” Y esa opción simplemente no hay que dársela a nadie. 

 

Por mi lado conservador prefiero los arreglos institucionales que ya han sido puestos a prueba sobre los que no lo han sido. Pienso que el uso de la libertad debe encuadrarse en ordenamientos jurídicos que respeten los derechos básicos del individuo. Creo en la importancia de instituciones intermedias como la familia y otras que descentralizan las decisiones de poder. Y así podría hacer un listado de mis posturas, a las que nunca he considerado como de “derecha”, de “centro derecha”, de “centro”, de “centro izquierda” o de “izquierda”.

 

 

En mis análisis sobre las realidades que vivimos trato de descifrar lo que es conveniente y razonable, o cómo se puede interpretar mejor lo que está sucediendo. No vivo obsesionado con convencer a nadie de mis ideas. Simplemente las expongo porque me parecen importantes. Nada mas. De manera que conmigo la tienen perdida los expertos en etiquetar ideas, en asignarles marcas, en encasillarlas, para luego darles connotaciones negativas que sencillamente no tienen o no aplican.

 

Mucho mas adecuado referirse a tradiciones intelectuales a las cuales uno pertenece. La del conservatismo, la liberal, la libertaria o la socialista. Cualquiera de ellas, o una mezcla, con sus múltiples matices. Para eso se necesitaría una mayor profundidad en la forma como los políticos interpretan su oficio. Mucho mas fácil encasillar porque así evitan pensar en sutilezas y se les facilita armar imágenes estereotipadas de los rivales, con las cuales buscan despertar odios de los que se alimenta el entusiasmo de sus simpatizantes.