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Jorge Ospina Sardi
 
El libro Capital in the Twenty-First Century, que ha sido colocado en un pedestal por la izquierda planetaria, está plagado de errores conceptuales y de conclusiones que no se desprenden de su propia evidencia.
 
El principal argumento de este economista francés es que en Estados Unidos y Europa la acumulación de capital proveniente de las utilidades (que tiende a estar concentrada en pocas manos) crece mas aceleradamente que las economías (o sea que el ingreso de la población en general). Para ello presenta una gráfica en la que pretende mostrar que las tasas de retorno del capital han sido mas altas que las tasas de aumento del PIB. Pero como lo anota Hunter Lewis la gráfica es una ficción en los años previos a 1913 y después de esa época lo que en ella aparece no sirve como soporte a la gran conclusión de Piketty (“Thomas Piketty Improbable Data”, The Mises Institute, mayo 2 de 2014).
 
Puesto en forma escueta, la conclusión de Piketty de que la distancia entre los ricos y los demás mortales va inexorablemente en aumento en el capitalismo no es consistente ni siquiera con la gráfica que utiliza para sustentar su tesis central. Pero además esta gráfica ha sido cuestionada especialmente por el concepto de “retorno del capital”, que según varios economistas no es medible, pero aun si lo fuera, no es relevante para sacar conclusiones sobre las tendencias de las desigualdades económicas en las sociedades capitalistas.

Antes de profundizar en el tema del “retorno del capital”, vale la pena referirse a otras fallas en la argumentación de Piketty, que han sido señaladas por varios economistas, entre quienes se encuentra Kyle Smith (“Six Ways Thomas Piketty’s ‘Capital’ Isn’t Holding Up to Scrutiny”, Forbes, mayo 1 de 2014).

Entre otras falencias, Smith señala que Piketty no aclara en su análisis que la acumulación de capital, cuando ha crecido aceleradamente, es por las valorizaciones de la finca raíz, lo que ha beneficiado no solo a los mas ricos sino a toda la población. Adicionalmente, las estadísticas de ingresos de Piketty no tienen en cuenta las transferencias y subsidios gubernamentales, tales como los de la seguridad social, la educación, la vivienda y apoyos a los desempleados. Ni tampoco contabiliza el efecto de instrumentos democratizadores del ahorro como los fondos de pensiones. Para Piketty, es como si el Estado de Bienestar no existiera.

A estas y otras fallas que menciona Smith, hay que agregar unas adicionales que también son significativas. Piketty no aborda el tema de las burbujas económicas que han creado los gobiernos y sus bancos centrales en repetidas ocasiones y sus efectos perversos sobre la distribución de la riqueza (y el ingreso). Tampoco se refiere al capitalismo de compadrazgos (‘crony capitalism’), aquel basado en el tráfico de influencias, del que se valen los gobiernos y quienes ya son ricos para restringir la competencia y frenar el surgimiento de nuevos empresarios.

Es decir, cuando Picketty alude a épocas durante las cuales presuntamente se han presentado las mayores desigualdades (con sus cifras, 1930 y 2009), se lo achaca arbitrariamente a las fuerzas inerciales del capitalismo sin siquiera preguntarse si ello ha tenido que ver con otros factores como las políticas monetarias y fiscales irresponsables por parte de los gobiernos y que han propiciado fenómenos especulativos desbordados en el sector financiero y en el de la finca raíz.

Y qué decir de su recomendación para corregir la no comprobada tendencia a una creciente desigualdad en el capitalismo. Su propuesta es introducir en el planeta unos niveles de tributación similares a los que se aplican actualmente en Francia, la economía enferma de Europa. Lo propone con una gran ligereza. No analiza el impacto negativo de subirle los impuestos a los ricos sobre la creación de riqueza y empleo y sobre la tasa de crecimiento económico y, por lo tanto, sobre los estándares de vida de la población en general. No le preocupa en lo mas mínimo el incremento del poder de los gobiernos y de su burocracia, ni sus estructurales ineficiencias, despilfarros y corrupciones en el manejo de los tributos que recaudan, ni la incidencia negativa de todo ello sobre los derechos básicos y el bienestar de la gran mayoría de la población.

Finalmente hay que volver sobre el supuesto, implícito en el análisis de Piketty, de que el “capital” es un algo homogéneo que se reproduce automáticamente. Y que por lo tanto, existe una variable denominada “retorno del capital”, susceptible de medición a lo largo del tiempo.

En una visión dinámica de la economía, es imposible identificar un stock homogéneo de capital que supuestamente genera un flujo neto de ingresos hacia adelante. No hay propiamente “una tasa de retorno al capital invertido”. Lo que existe son una infinidad de planes e iniciativas de producción vinculados a unas estructuras heterogéneas de bienes y servicios, en medio de un muy complejo tejido de relaciones productivas y cuya capacidad de generar utilidades depende exclusivamente de esos planes e iniciativas y no de la existencia de un stock de capital congelado en un punto en el tiempo.

Hablar de la “tasa de retorno” de un stock de capital congelado en un punto en el tiempo no hace sentido analítico alguno. Las utilidades provenientes de los planes e iniciativas de producción de bienes y servicios no son unas tasas sino unas sumas que tienden a reorientarse hacia nuevas inversiones y hacia pagos de todo tipo incluidos los impuestos, lo que a su vez propicia cambios en la riqueza de personas naturales y jurídicas que no participaron en su generación. Esas utilidades se transforman y circulan y al hacerlo benefician a otros. No es como lo supone Piketty que una vez que se causan van a engrosar el stock de capital de quienes las perciben y ahí se petrifican y aumentan las desigualdades existentes.  

Si algo distingue a un sistema capitalista abierto y expansivo, no sometido a expoliaciones y controles asfixiantes por parte de los gobiernos, es que las utilidades pasadas no garantizan las utilidades futuras y que ellas no son el resultado de un stock existente de bienes. Lo importante no es el stock en si mismo sino la forma como se usa y se reacomoda en un proceso decisorio que es continuo y que no es medible en un punto en el tiempo en razón a que su valor depende de resultados o utilidades que no se han dado puesto que pertenecen a un futuro incierto.

Si eso es así, si el denominador del indicador que usa Piketty, o sea el stock de capital, no es medible, hablar de tendencias con base en sus estimativos es una ficción. Y si el numerador, o sea las utilidades, no son unas sumas que benefician exclusivamente a los mas ricos sino que se irrigan a lo largo y ancho del sistema económico, entonces si que sus conclusiones parecen traídas de los cabellos.
 
Para que las utilidades aumenten hay que reutilizarlas con diligencia y oportunismo, no congelarlas ni mantenerlas ociosas. En realidad, poco importa la riqueza relativa o absoluta de quienes toman las decisiones en relación con la utilización de los recursos. Lo que mas importa es que con ellos se genere riqueza adicional, se cree mas empleo y se le amplíe el espectro de las oportunidades comerciales y de negocios a la población en general.

Es mas, en ese sistema capitalista abierto y expansivo, no son solamente unos pocos los empresarios. Todos son empresarios en distintas formas y cantidades. Todos invierten a su medida y alcance en bienes y negocios. Todos, con éxito o sin éxito, le buscan un retorno a su capital grande o pequeño. Todos se encuentran en proceso de un creciente ahorro si emplean bien sus recursos o de desahorro si se equivocan o los despilfarran.
 
Sostener como lo hace Piketty que un capitalismo abierto y expansivo tiende a una creciente desigualdad, implica que el sistema le despoja a la gente que no posee un capital inmenso de las posibilidades de optimizarlo y aprovecharlo. Sin embargo, esta conclusión menosprecia las capacidades de quienes no son los mas ricos y va en contravía de la evidencia histórica que muestra que en las sociedades capitalistas modernas el nivel de vida de las grandes mayorías ha ido vertiginosamente en ascenso, como nunca antes se había visto en la historia de la humanidad.