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Comentaristas y medios tradicionales de comunicación critican sin argumentos sólidos el recién anunciado repliegue militar de Estados Unidos.

 

La guerra en Afganistán lleva 17 años. La intervención militar de Estados Unidos en Siria, que supuestamente iba a durar 3 meses, lleva 4 años. Su presencia militar en Corea del Sur 65 años. La de Alemania y Japón, desde la terminación de la Segunda Guerra Mundial hace 73 años. 

 

Desde la campaña presidencial Trump ha sostenido la tesis de que no solo esas presencias militares no se necesitan sino que los países de cada región deben asumir los costos y las responsabilidades que desde hace décadas han corrido por cuenta de Estados Unidos. 

 

Parecería una postura razonable, pero resulta que comentaristas de izquierda y de derecha, así como los medios tradicionales de comunicación en muchos países, se fueron en contra de los primeros anuncios de la implementación de esta política: el retiro de  las tropas que están en Siria y parcialmente, el de las que se encuentran en Afganistán.

 

Es claro que Trump quiere dar por terminadas las intervenciones militares de nunca acabar porque alrededor de ellas se confabulan toda clase de intereses económicos y políticos que buscan perpetuarlas indefinidamente. El costo para Estados Unidos es enorme en momentos en los que sus finanzas públicas no dan a basto. 

 

El caso de la presencia de Estados Unidos en el Medio Oriente es bien interesante. Resulta que actualmente, gracias a políticas tributarias y a cambios en regulaciones de la administración Trump, Estados Unidos se ha transformado no solo en auto suficiente en el sector energético sino en exportador neto. Ya no necesita el petróleo del Medio Oriente. Ya no está sujeto a los chantajes de los países petroleros, como fue lo usual durante varias décadas. 

 

Por otro lado, Trump ha sido claro en transmitir el mensaje que mientras sea Presidente no se entrometerá en cambiar regímenes o gobiernos a lo largo y ancho del planeta. Cada país escoge lo suyo, bueno o malo. Lo único que pide es el respeto a unas reglas básicas de convivencia planetaria.

 

Al mismo tiempo, está en proceso de fortalecer con nuevo equipo y armamento a las fuerzas militares, de manera que nadie se atreva a siquiera pensar en hacerle el daño a Estados Unidos. Trump acogió el lema de Ronald Reagan “peace through strength” (paz a través de la fuerza). Además, ha vuelto a poner la mira de su país en el espacio con el fortalecimiento de NASA, la creación de la llamada The United States Space Force (USSF), y con la programación de un eventual reinicio de misiones tripuladas a lugares como Marte. 

 

No hay que olvidar que Estados Unidos es líder en industria militar, la que proporciona mucho empleo y constituye la base para el desarrollo e innovación tecnológica en otras áreas de la actividad económica.

 

Estas políticas van de la mano del despertar, no solo en Estados Unidos sino también en Europa, de un nacionalismo en el que supuestamente cada país vela por sus intereses y no por el de poblaciones que no son las suyas, o por ambiguos objetivos como el de la “salvación” del planeta. 

 

Todo esto, que eleva a un plano destacado la defensa de la cultura y tradiciones de cada país frente a los supuestos valores de un humanismo global, no necesariamente impide las interacciones de intereses y eventuales cooperaciones entre los distintos protagonistas. 

 

Es mas, con los avances tecnológicos actuales es inevitable la tendencia hacia unas cada vez mas estrechas relaciones entre países. En ese entorno, el desafío no es hacer del planeta uno homogéneo en valores y cultura. El principal reto es, por el contrario, conservar y mantener diferencias: respetarlas –y no anularlas con imposiciones globalizadoras– en medio de unas reglas que permiten la competencia y la convivencia pacífica. 

 

Se trata pues de un cambio de fondo en relación con el paradigma que surgió a partir de la Segunda Guerra Mundial, cuando Estados Unidos se convirtió en una especie de policía del mundo. Ya no existe la amenaza de la Unión Soviética y no se prevé que los enfrentamientos ideológicos de ese entonces se vuelvan a repetir. 

 

Es un nuevo paradigma respaldado por la implementación de una clara y definida estrategia. Muy al contrario de lo que señalan los críticos de Trump que lo acusan de improvisar, pero que por concentrarse en las ramas, han perdido total noción del bosque.