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Adivinanza: es redondo, gallina lo pone, tiene cáscara, clara y yema, y se llama huevo. ¿Qué es?
 
Entre las acusaciones de la Securities and Exchange Commission (SEC) contra Allen Stanford, sobresalen las siguientes:

—Vender certificados de depósito con unos rendimientos no realistas para las condiciones del mercado.

—Informar a las autoridades que el Stanford International Bank (SIB) perdió en su portafolio de inversiones solamente 1,3% en 2008, cuando las acciones cayeron en ese año en promedio 40% y los commodities aún más.

—Bloquear cualquier análisis independiente del portafolio de inversiones.

—Intentar extraer US$178 millones de las cuentas de SIB el día anterior a la toma de las oficinas por parte de la SEC.

—Informarle falsamente a sus clientes que los depósitos en Estados Unidos de US$8.000 millones estaban en su totalidad invertidos en activos “líquidos”, cuando más del 80% lo estaban en finca raíz y en capital privado.

—informarle falsamente a sus clientes que 20 analistas monitoreaban el portafolio, cuando de hecho solamente el señor Stanford y su mano derecha James Davis lo hacían.

—Informarle falsamente a sus clientes que el portafolio era auditado por las autoridades de Antigua (sede de SIB).

—informarle falsamente a los clientes que SIB no estaba expuesto al fraude de Madoff. Se ha comprobado, por ahora, que US$400.000 habían sido invertidos con Madoff.

—Utilizar información falsa sobre desempeño para mercadear un fondo mutuo de US$1.200 millones y poder traspasarle utilidades de US$25 millones a Stanford Group.

En realidad, estas acusaciones son probablemente apenas las primeras las formularán las autoridades en relación con el funcionamiento del conglomerado global que Allen Stanford logró armar en 16 años, desde 1993 cuando se hizo cargo del pequeño negocio que su padre tenía en una mediana ciudad de Texas. Es decir, que en ese corto lapso Stanford pasó de tener casi nada a poseer un negocio con activos supuestamente superiores a US$50.000 millones y con presencia en varios países.

El crecimiento explosivo de un conglomerado financiero es casi siempre un indicio de que está sustentado en un esquema piramidal de negocios. Y la razón es simple: para que un negocio financiero piramidal no se reviente necesita crecer exponencialmente… hasta el día en que finalmente explota. Y para lograr ese crecimiento necesita remunerar por encima del mercado, inflar balances y esconder el destino final de los depósitos. Hay algunos testimonios que indican que en 2008, mientras la bolsa de valores se derrumbaba, Stanford ofrecía intereses de 12%.

Y en este punto se entra al tema de los auditores. Es también una característica de los negocios financieros piramidales que la firma que audita las cuentas es siempre pequeña y desconocida. En el caso de Madoff era una firma auditora insignificante localizada en las afueras de la ciudad de New York. En el caso de Stanford, sus bancos con sede en Antigua son auditados por CAS Hewlett, cuyo director murió hace poco dejando a su cargo a la hija. Un periodista del Financial Times que visitó la oficina de la firma informó que está situada en dos cuartos, siendo uno de ellos el de la recepción donde hay un viejo escritorio con una máquina de escribir de las que ya son de colección. Hay que decir que en Antigua existen sucursales grandes de PricewaterhouseCoopers y KPMG.

Un negocio piramidal financiero requiere de un manejo completamente centralizado a nivel de dueños. Allen Stanford y su compañero de cuarto de la universidad James Davis, manejaban ellos dos todo lo importante del conglomerado. Similar al caso de Madoff que tenía la oficina de fachada en un piso y en el piso de abajo su oficina privada desde donde él administraba con casi nadie su gigantesca pirámide.

Madoff nunca permitió un examen detallado de su modelo de negocios por parte de analistas. De manera sorprendente, operando desde el centro financiero del mundo y con una sola firma, logró esconderlo de autoridades y analistas independientes. Para Stanford era menos difícil el engaño. Su conglomerado está compuesto de una multiplicidad de entidades financieras en varios países. Y su principal centro de operaciones queda convenientemente en Antigua y las Islas Vírgenes, lejos de donde se recaudaban la mayor parte de los depósitos que alimentaban su negocio.

Es intrigante cómo sofisticados inversionistas se dejan engañar por las apariencias y no investigan a fondo a quien le confían sus ahorros. Las apariencias de Allen Stanford eran las de un consumado relacionista público, involucrado en el alto mundo del golf y del cricket, al cual ingresó por la puerta grande con patrocinios y donaciones. También elaboró todo un cuento alrededor de su tradición familiar, no obstante que su abuelo fue apenas un barbero y que su padre fue un negociante poco importante. Pero lo cierto es que los inversionistas no preguntan mucho. No les preocupa quién audita. No se interrogan sobre el negocio que está detrás de los altos rendimientos que reciben. Se dejan seducir por esos rendimientos y por las apariencias de una personalidad arrolladora como la de Stanford.