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En junio 23 de 2016 habrá un referéndum que establecerá si el Reino Unido sigue como miembro de la Unión Europea (UE). Las encuestas muestran un empate técnico entre el voto a favor y el voto en contra.
 
A esa eventual salida se la ha denominado ‘brexit’. El primer ministro inglés David Cameron convocó al referéndum para silenciar de una vez por todas a los críticos dentro de su propio partido, el Conservador, y a los de otras agrupaciones políticas como el UK Independence Party (UKIP), que pregonan por retomar la soberanía del país frente a las pretensiones centralizadoras de Bruselas.

En el Reino Unido es creciente el descontento con el descontrolado e irresponsable manejo que la UE, bajo el liderazgo de la Canciller alemana Angela Merkel, le ha dado al tema de los inmigrantes del Medio Oriente y África. Pero además está el tema de la telaraña de regulaciones sobre lo divino y humano impuestas por la burocracia de Bruselas a que deben someterse los países miembros, incluidas las muy sensibles para Londres relacionadas con el funcionamiento del sector financiero.

El impacto de un eventual ‘brexit’ dependería de las relaciones que se establezcan después de la salida. Por ejemplo, Noruega no es miembro pero contribuye a financiar el presupuesto de la UE e implementa buena parte de sus regulaciones. Sin embargo, la mayoría de los analistas consideran que en el caso del Reino Unido la coexistencia no sería tan estrecha como la de Noruega, sobretodo en materia de regulaciones y en todo lo que tiene que ver con política migratoria.

Es probable que en este caso el Reino Unido tenga que negociar una especie de tratado de libre comercio con la UE y separadamente otro con Estados Unidos. El sector exportador, al menos a corto plazo, sería indudablemente uno de los grandes damnificados con el ‘brexit’. Varias multinacionales que desde el Reino Unido atienden al resto de Europa, incluidas algunas grandes instituciones financieras, han expresado su preocupación ante esta eventualidad.

De otra parte, los defensores del ‘brexit’ argumentan que habría una significativa reducción del déficit fiscal al no tener que realizarse cuantiosas contribuciones a la UE de las que el Reino Unido no recibe contraprestación alguna. A su vez, el Reino Unido recuperaría voz propia en foros internacionales como la Organización Mundial de Comercio (OMC) y en temas relacionados con el cambio climático.

El alto apoyo popular que últimamente está recibiendo la iniciativa del ‘brexit’ es un indicio entre varios otros que apuntan a un resurgir de corrientes ideológicas nacionalistas en varias partes del planeta y de un cuestionamiento a los esquemas globalizadores actuales.

Estos esquemas basados en burocracias metiches y centralizadoras, irrespetuosas de las soberanías de los países en aspectos cruciales de la economía y la política, han perdido apoyo popular en casi todos los países de la Unión Europea y en Estados Unidos. Así lo atestiguan victorias electorales recientes de partidos nacionalistas en Europa y el el triunfo de Donald Trump en la disputa por la nominación de la candidatura a la Presidencia por el Partido Republicano.

Lo cierto es que la globalización actual ha llevado a un asfixiante intervencionismo estatal a todos los niveles que ha afectado negativamente el dinamismo de la economía global. Gastos y deudas públicas desbordados, infinidad de regulaciones sobre la actividad económica y unos crecientes impuestos, así como indebidas injerencias de los gobiernos sobre los flujos de capital privado, son apenas unas de las consecuencias que ilustran hasta adónde se ha descarriado el proceso de globalización.