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Los discursos del Presidente Obama son alabados por los medios de comunicación, pero preocupan a empresarios, inversionistas y analistas económicos.
 
Obama es un político más tradicional de lo que se cree. Está convencido que el gobierno es quien debe resolverle los problemas a la gente. Considera que con un aumento en el gasto público reanimará a la economía. No lo inquieta en lo más mínimo que no haya dinero para financiar ese gasto y que se eleve significativamente el déficit del gobierno federal.

Obama actúa como si fuera el “salvador” de la crisis actual. En este sentido, sobre valora el impacto de sus palabras, que no son más que un catálogo de buenas intenciones, como las de cualquier otro político, de esos que se regodean con el poder que tienen.

Con bombos y platillos, aunque no correspondía, anticipó el discurso del ‘state of the union’ ante el Congreso de su país y en ‘prime time’ de televisión, para plantear el programa político y económico de su administración. Al lado de una serie de lugares comunes sobre lo especial que es Estados Unidos, soltó las siguientes propuestas:

—Subirle los impuestos a quienes hacen empresa y generan empleo productivo. En las condiciones recesivas actuales eso es darle el golpe más duro posible a una reactivación económica sostenible, basada en la recuperación de la iniciativa privada.

—“Devolverle” impuestos a quienes no pagan impuestos. Se trata de una medida asistencialista, que ha sido disfrazada como ‘tax cut’, pero que agrava el déficit fiscal y que, al no estar sometida a condicionamiento alguno, manda señales equívocas sobre la naturaleza misma de las ayudas estatales.

—Subsidiar a los deudores hipotecarios morosos para que no pierdan sus viviendas. Aparte de lo difícil que resulta su administración, la experiencia con este tipo de programas es que el subsidio tiende a favorecer a quienes menos lo merecen y con frecuencia su único impacto es alargar la agonía de un inevitable desalojo.  

—Castigar a las empresas de Estados Unidos que acuden al outsourcing en países emergentes, incluidos obviamente los de América Latina. Es una medida proteccionista que hará retroceder el proceso de globalización. Afectará los flujos de inversión extranjera y gravará con costos adicionales a las empresas de Estados Unidos que están luchando por sobrevivir y competir en un entorno recesivo.

—Obligar a lo bancos que reciben ayuda federal a prestar. Es aplicar criterios políticos a una decisión que debe ser financiera y económica. Eso fue lo que hicieron los políticos en Estados Unidos con el crédito hipotecario financiado a través de Fannie Mae y Freddie Mac. Presionaron al sector financiero a prestarle a quienes no tenían capacidad de pago, lo que concluyó en una altísima morosidad y en la actual crisis hipotecaria. La mayoría de los hogares y muchas empresas están sobre endeudados y lo que se necesita es precisamente reducir esa deuda y no embutirles más crédito.

—Subsidiar la investigación y explotación de fuentes alternativas y limpias de energía. Este programa se presenta como el camino para lograr la auto suficiencia energética. Se trata de una utopía que puede terminar siendo muy costosa, en momentos en que el precio del petróleo ha bajado drásticamente y que el sector privado está renuente a invertir en dichas fuentes alternativas porque sencillamente no son rentables. La única forma como Estados Unidos lograría la anhelada auto suficiencia energética es con más exploración y explotación de sus reservas petroleras y con la utilización de energía nuclear. Con molinos de viento y paneles solares no es posible por ahora producir una cantidad importante de energía a precios razonables. Pero Obama y los líderes del Partido Demócrata son enemigos del petróleo y de la energía nuclear.

—Extender al máximo el sistema de salud y las ayudas educativas. Aumentar el pie de fuerza en Afganistán. Incrementar los gastos de bienestar social de las fuerzas armadas y de los veteranos. Elevar el presupuesto dirigido a los proyectos de bolsillo de los congresistas.

En fin, se trata de un programa que aumenta significativamente el gasto público y el déficit fiscal. Este último se estima en US$1.75 trillones, o sea 12,3% del PIB, en el presupuesto de 2009 que Obama acaba de remitir al Congreso. El programa le extrae recursos al sector privado productivo y los desvía hacía fines no prioritarios en las actuales circunstancias. Pero lo peor es el mensaje de que no hay que apretarse el cinturón, sino que hay que gastar más y endeudarse más para salir de la crisis.

La clase política de Estados Unidos no ha aterrizado. El momento es de restricciones y de fijación de prioridades. De reducción del gasto público, de un menor consumo, y de un aumento del ahorro por parte de hogares, empresas y gobierno. La situación no está para la adopción de políticas económicas expansivas.

Estos políticos y una buena parte de la población consideran que su país es tan especial que el maná cae del cielo. Actúan como si los recursos públicos fueran ilimitados, como si alcanzaran para financiar todas las ocurrencias habidas y por haber. Y albergan la muy ingenua ilusión de que se puede salir de la actual crisis con la misma medicina que la ocasionó: financiando con más deuda y emisión, sin sacrificio mayor, el sostenimiento de un status quo caracterizado por una insostenible deuda y un inexistente ahorro.