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Después de décadas de dietas de adelgazamiento el resultado es descorazonador. Es importante indagar sobre las razones por las cuales eso es así.
 
Un aporte interesante al tema es el de Sandra Aamodt (“Why Dieting Doesn’t Usually Work”). Lo que sigue se apoya en buena medida en su análisis.

Aamodt se pregunta por qué en la gran mayoría de los casos quienes hacen dieta y adelgazan con posterioridad retoman el mismo peso o uno mayor. Indica, por ejemplo, que el 80% de las niñas de 10 o menos años de Estados Unidos se han embarcado en dietas de adelgazamiento y sin embargo, los problemas de obesidad en ese segmento de la población, en lugar de disminuir, se han acentuado. Ni qué decir de las innumerables personas adultas que con varias dietas en su haber sufren crecientemente este problema.

Pues bien, la explicación podría estar en la forma como nuestros cerebros administran a nuestros cuerpos. Y aquí caben toda clase de hipótesis, pero la mas llamativa es la que a continuación se expone.

Durante cientos de miles de años de evolución humana la regla fue la escasez de alimentos y no su abundancia. De hecho, las hambrunas estaban a la orden del día. El cerebro humano se acostumbró a lidiar con la escasez de alimentos. No quedaba satisfecho hasta recuperar con alimentación la energía perdida. La señal que mandaba el cerebro al cuerpo era la de sentir hambre hasta alcanzar el nivel por él adoptado como “normal”. Fue un mecanismo de supervivencia que le aseguraba al ser humano saber mas o menos cuánta energía tenía que reponer después de sufrir faltantes nutricionales.

Este sistema de señales es el que aún existe después de operar por cientos de miles de años. El cerebro esta habituado a manejar escaseces y no abundancias en la alimentación. Estas últimas son fenómeno muy reciente, especialmente después de la Segunda Guerra Mundial (o sea en los últimos 60 años). Cuando hay una escasez se prenden las alarmas, lo que no sucede con los excesos. Cuando se trata de estos últimos el cerebro es un alcahueta. Si el exceso es permanente lo termina aceptando como una “normalidad”. En contraste, cuando hay escasez se prenden todas las alarmas. El hambre es la manifestación mas fuerte. Desasosiegos y cambios de humor afloran. El cerebro no se resigna a una menor alimentación de la que ha sido por él “normalizada”.

El problema es que es mas fácil para el cerebro “normalizar” una ganancia de peso que una pérdida. A lo primero no opone mayor resistencia, mientras que a lo segundo si, y de qué manera.

Si este es el caso, las dietas de adelgazamiento, con sus pretensiones de reducir drásticamente en poco tiempo el exceso de peso, lo que generan es una resistencia inconsciente muy hostil por parte del cerebro. La gran mayoría de las personas ni conocen ni están preparadas para enfrentar esta situación. Para ellas, la batalla está perdida desde el comienzo. Buscan reducir peso contrariando las implacables órdenes que sus cerebros le emiten a sus cuerpos. Puede que haya victorias iniciales pírricas (por unos días o hasta por dos meses). Pero el cerebro se mantiene obstinadamente en su mandato de “normalizar” los niveles de energía que necesita ingerir el cuerpo para “sobrevivir” y que son muy diferentes a los que estas dietas establecen.

Las implicaciones de esta hipótesis son muchas y obviamente no es este el lugar para extenderse en todas ellas. Sin embargo, valga mencionar cuatro. La primera tiene que ver con lo que el cerebro considera la ingesta “normal” de alimentos (a lo que se ha acostumbrado el organismo según la alimentación de los últimos siete meses a un año). Lo mas probable es que no solamente sea una medida relacionada con la cantidad de alimentos sino también con su composición (proteínas animales, proteínas vegetales, líquidos, vitaminas y carbohidratos). De manera que dietas de adelgazamientos, que cortan de un tajo el consumo de uno de estos grupos de alimentos (por ejemplo carbohidratos), producirían significativos trastornos cerebrales.

Una segunda implicación es que la primera prioridad para resolver problemas de obesidad es la de estabilizar la ingesta de alimentos. Es decir, la de habituar al cerebro a que el consumo normal de alimentos no es una cantidad que va en aumento sino que es la misma durante varios meses seguidos. Una vez lograda esta estabilización, lo que parecería mas eficaz es un gradual reacondicionamiento de lo que el cerebro considera como lo “normal”. Habría que hacerlo por escalones. Acostumbrar al organismo a un escalón mas bajo de consumo durante unos meses, luego a otro escalón mas bajo durante otros meses y así sucesivamente. Pero la distancia entre un escalón y otro no puede ser drástica y desbalanceada sino pequeña y acorde con la composición alimenticia a que se está acostumbrado. Fundamental en este esquema es la duración del proceso durante dos o incluso mas años, según sea la gravedad del problema.

La tercera implicación se refiere a la importancia de prevenir los problemas de obesidad. Sobre esto Aamodt hace hincapié en la necesidad de aprender a interpretar los mensajes que sobre la alimentación emite el cerebro. Y la clave parecería ser la de solo comer cuando se siente hambre y nunca hacerlo cuando no se tiene hambre. Parecería una recomendación sencilla pero no lo es porque es muy fácil adquirir hábitos de alimentación vinculados a ansiedades o situaciones de presión sicológica. En estos casos no es el hambre lo que lleva a ingerir alimentos. Lo importante es aprender a enfrentar estas ansiedades y presiones, que nada tienen que ver con el hambre propiamente dicha, con otros mecanismos distintos a la ingesta de alimentos.

Finalmente está el tema del tipo de alimentos mas apropiados, sobre lo cual hay que aplicar el sentido común. Lo ideal parecería ser una alimentación balanceada en sus distintos componentes, con el menor grado posible de alimentos procesados y en cantidades razonables que aseguren una óptima relación entre estatura, peso y estructura del cuerpo que se heredó. Quien logre “normalizar” a lo largo de su vida una alimentación así de coherente puede considerarse privilegiado. Luego su lucha es la de mantener el indicador cerebral de “normal” dentro de estos parámetros, así llueve, truene o relampaguee.