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Jorge Ospina Sardi
 
Los medios de comunicación tradicionales (prensa y televisión) se quejan cobardemente de lo que llaman “fake news” (noticias falsas).
 
Solo risa produce el contenido de sus seminarios y titulares sobre este tema. Estamos hablando de unos medios que antes tenían el monopolio de la información y que abusaron de su posición privilegiada. Y que ahora cuando su monopolio se ve amenazado por medios alternativos y no convencionales, gracias primordialmente al Internet y a los teléfonos celulares, se indignan, le echan la culpa a la audiencia de su declive y se presentan como víctimas de una competencia supuestamente desleal.

Que haya mas medios, que haya mas alternativas, que se haya roto el monopolio de estos medios tradicionales sobre la producción e interpretación de la información, es tan buena noticia que hasta ellos mismos deberían celebrar. Después de todo es la competencia lo que nos induce a mejorar. La que revela nuestras debilidades y las áreas donde no lo estamos haciendo lo suficientemente bien.

Lo cierto es que debido a las nuevas tecnologías la actividad del periodismo se ha universalizado. Todos nos hemos convertido en periodistas (observadores e intérpretes de la realidad). Y tenemos los medios para expresar nuestra opinión. Obviamente esa opinión puede ser un completo desatino. Pero también puede ser un gran acierto. Puede provenir de mentes muy ilustradas, algunas con una formación académica de mas años que la de los periodistas y directores de esos medios tradicionales. Otras con conocimientos mas detallados sobre temas específicos.

Lo cierto es que en temas que forman opinión los medios tradicionales han sido y continúan siendo altamente parcializados. Un ejemplo reciente es el tratamiento súper sesgado que la mayoría de ellos le han dado a todo lo que tiene que ver con Donald Trump. Cuando se trata de reportajes sobre personajes que no gozan de sus simpatías, la falta de objetividad sale tan a flor de piel que aquello de la ética periodística se convierte en saludo a la bandera y nada mas.

Los medios tradicionales han perdido autoridad moral y gracias a los adelantos tecnológicos ya no disfrutan del monopolio sobre “la verdad”, una que siempre ha sido por ellos manipulada en función de sus específicos intereses y prejuicios. Allá ellos hoy en día con sus “fake news”. Lo importante es que en la actualidad esas noticias falsas de las que son difusores pueden ser cuestionadas y criticadas por otros medios, varios de ellos alternativos o no convencionales.  

Quien al final de cuentas decide sobre la veracidad y utilidad de la información son los usuarios. Es la audiencia la que inclina la balanza a favor de tal o cual opinión. Una audiencia que es cada vez mas exigente porque precisamente está mucho mejor informada que antes.

Cuando los medios tradicionales fueron monopolio si que la audiencia fue “blanco fácil de distorsiones y manipulaciones”. Ahora ya no tanto. Se trata de una audiencia mas esquiva, mas difícil de atraer. Que puede que se equivoque y malinterprete (como siempre ha sido el caso), pero que por lo menos dispone de crecientes recursos informativos.

En el pasado los medios tradicionales no tuvieron competencia, ni leal ni desleal. Curioso que actualmente, no obstante poseer muchísimos mas recursos que los medios alternativos y no convencionales, se sientan tan amenazados por ellos. ¿Será que no se les ha ocurrido que sus formatos acartonados y tiesos no están a la altura de un entorno de vida mas acelerado y espontáneo?

Son tan ridículos estos medios tradicionales que consideran que la humanidad corre toda clase de peligros por informarse por canales distintos a los que ellos proveen. Pero la que corre peligro no es una humanidad que disfruta de alternativas y mayores posibilidades de información. Los únicos que corren peligro son ellos y nadie mas. Se siguen dando una importancia que por fortuna para el resto de la humanidad ya no es la de antes.