Jorge Ospina Sardi
La actividad política es una mas entre tantas otras, pero es de las mas expuestas a la influencia de emociones instintivas y primarias no solamente entre la gente común y corriente sino también entre los mas encumbrados intelectuales.
Estos intelectuales, al igual que quienes los acolitan, por lo general creen que con la política se puede transformar la vida de millones de personas. Y claro está que eso es posible, pero lo mas fácil y frecuente es que esas transformaciones sean para mal y no para bien.
Quien se crea el cuento que es capaz de realizar a través de una gestión de gobierno una total modificación de las estructuras económicas y sociales de una comunidad extendida es casi con certeza un enajenado mental o un oportunista sin límites éticos y morales. Sus seguidores por lo general o son unos ingenuos e ilusos, o simplemente lo que buscan es sacarle provecho a las locuras del enajenado.
Una persona en su sano juicio conoce sus limitaciones. Sabe que su contribución a empresas complejas y comunitarias se debe ajustar a restricciones y compromisos en los que hay que tener en cuenta los intereses, exigencias y voluntades de los involucrados. Sabe que su contribución es en el mejor de los casos marginalmente positiva y que el éxito depende de la aceptación de sus iniciativas por parte de un núcleo numeroso de individuos.
En el caso de una gestión de gobierno es mucho mas fácil destruir que construir. Destruir instituciones y emprendimientos toma mucho menos tiempo y esfuerzo que el proceso opuesto de forjarlos y consolidarlos.
La destrucción de instituciones y emprendimientos suele basarse en justificaciones irracionales usualmente acompañadas de ostentosas demostraciones de poder. Nada satisface mas a políticos narcicistas que la aspiración de "trascender", de colocarse por encima del resto de los mortales y de arrogarse la atribución de deshacer a su antojo vidas y trayectorias.
Construir no depende de las decisiones autónomas de unos políticos enamorados de sí mismos sino de esfuerzos mancomunados, cuidadosamente pensados, dirigidos a generar beneficios concretos a individuos y comunidades, y para las generaciones futuras. Se materializa ante todo por medio de esfuerzos realizados con espíritu de entrega y voluntariado.
¿Mucho pedir? Pues si dada nuestra miope y egoísta naturaleza. Pero es a lo que siempre debemos aspirar, así sea contra viento y marea. Nunca debemos renunciar a mirar mas allá de nuestras imperfecciones y falencias y a intentar superarlas con acciones generosas y circunscritas a exigentes racionalidades. Nunca menoscabando dignidades de personas o grupos.
Sobre esto no puede haber términos medios ni cobardes o ingenuas complacencias. Sabemos cuando un gobernante ha violado la sindéresis de la misión que se le ha encomendado. Los desgobiernos brillan por sus abusos, arbitrariedades y pésimos resultados. Entonces vale la pena preguntarse por qué los intelectuales izquierdistas se han especializado en la defensa de muchos de estos desgobiernos.
Es incomprensible la cantidad de intelectuales izquierdistas simpatizantes de desgobiernos como los de Rusia, China, Irán, Cuba y hasta hace poco Venezuela. O de otras dictaduras del Medio Oriente y África. O de grupos que utiizan todas las formas de violencia y delincuencia no solo para lograr fines políticos específicos sino también para enriquecerse en gran escala.
Estos intelectuales se mueven como peces en el agua en el mundo de las redes sociales y los medios de comunicación. Algunos ejercen como políticos que ondean las banderas de la llamada "izquierda" a lo largo y ancho del planeta. Son entusiastas defensores de unas dictaduras que violan todos los derechos humanos imaginables. Y ni siquiera se sonrojan al hacerlo.
Por ejemplo, en el caso de América Latina la izquierda lleva décadas defendiendo al oprobioso régimen de Cuba. Ahí no hay la mas mínima libertad política y económica. Ese país, que era uno de los mas prósperos del Continente antes de lo que ellos llaman la "revolución", es ahora un lugar donde predomina la miseria y la falta de una mínima calidad de vida, excepto por supuesto para los "cuatro gatos" que controlan el régimen.
¿Qué es lo que lleva a estos intelectuales izquierdistas a justificar y legitimar un proyecto político totalmente fracasado como el de Cuba? Se trata de una postura básicamente emocional que menosprecia evaluaciones basadas en sólidos criterios racionales.
Habría entonces que acudir a explicaciones de carácter sicológico. Pero aún así hay unos casos tan obvios, tan de sentido común, que nada justifica las posturas públicas que contradicen evidencias y realidades tan palpables. Los intelectuales izquierdistas no tienen justificación alguna en las defensas que hacen de regímenes políticos intrusivos, abusivos y violatorios de libertades y derechos básicos.
Si son patrocinados por esos regímenes debían decirlo abiertamente. Eso nunca se hizo explícito, por ejemplo, en el caso del socialista ex Presidente de España José Luis Rodríguez Zapatero con sus apoyos a la dictadura de Venezuela. ¿Qué hizo este personaje, que se lucró con ese apoyo, en defensa de los prisioneros políticos y de los derechos humanos en ese país? E incluso, ¿qué hizo el fallecido izquierdista Pontífice Francisco por los venezolanos que fueron torturados y abusados de la manera mas infame imaginable? Nada de nada.
Al respecto se puede plantear la siguiente hipótesis. Es sabido que las emociones perturban el buen uso de la razón. En política y en otras áreas, las creencias se basan en emociones. Es la única manera de explicar por qué muchos ilustres eruditos y mentes críticas terminan adoptando historias y versiones de la realidad completamente infantiles y alejadas de lo que sería una interpretación racional y científica.
Como bien lo decía Gustave Le Bon a comienzos del Siglo XX (en Opiniones y Creencias), "una creencia es un acto de fe de origen no consciente que nos lleva a admitir como si fuera una identidad con vida propia, una idea, una opinión, una explicación, una doctrina. Cuando la creencia tiene que justificarse a sí misma, ya está formada. Todo lo que se acepta como un simple acto de fe debe ser catalogado como una creencia. Si mas adelante su exactitud se verifica por observación y experiencia, deja de ser una creencia y se vuelve conocimiento."
Pues estos intelectuales izquierdistas no han dado el paso que va de la mano de un verdadero progreso, y es el de superar la dimensión de las ilusiones y creencias, y reemplazarla por la dimensión del conocimiento basado en observaciones y experiencias. Esta última dimensión fue la que ignoraron, por ejemplo, durante los 70 años que duró el experimento de la Unión Soviética y la que mas recientemente han desechado en el caso de Cuba y de Venezuela.
Se podría afirmar que estos intelectuales izquierdistas no han sido capaces de dominar la naturaleza inconsciente e irracional de sus creencias. No tienen perdón porque se han convertido en cómplices y legitimadores de los pésimos resultados y de las acciones criminales de esas dictaduras, unas que han saltado a la vista durante décadas y sobre cuya evidencia no existen dudas.
