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Jorge Ospina Sardi
 
Cuando se trata de recibir, la mayoría de la población exige como si los recursos fueran ilimitados. Creen que los gobiernos poseen la varita mágica para producirlos.
 
Los políticos, esos expertos en dispensar favores con dinero ajeno, se han inventado el cuento que expoliar a la gente de lo suyo con impuestos no constituye un robo. Le han hecho creer a buena parte de la población que posee el derecho a recibir toda clase de prebendas y beneficios, sin ganárselos con el sudor de la frente, simplemente por la circunstancia de residir en un lugar geográfico donde existen grupos que se esfuerzan y luchan por crear más riqueza de la que consumen.

Obviamente todos queremos beneficiarnos del trabajo de los demás sin mover siquiera un dedo. De manera que hasta aquí, aunque cuestionable, es entendible el argumento de que la agencia del Estado es un instrumento para despojar a algunos de los frutos de su trabajo y dárselos a otros que no han hecho mayor cosa para merecerlo. En aras de la “solidaridad” y la “convivencia” se podría justificar, en alguna medida, estas funciones redistributivas que se le conceden al Estado.

Pero los políticos no han quedado satisfechos con este “hasta aquí”. No contentos con extraerle riqueza a unos para dársela a otros, han resuelto “inventar” riqueza que no existe y repartirla como si existiera. Al hacerlo, hipotecan por completo el futuro de los países que gobiernan.

Ni siquiera tienen la entereza de decirle a la gente que los recursos para redistribuir son limitados y que repartir “riqueza” proveniente de préstamos y emisión monetaria ocasiona unos problemas mayúsculos sobre las economías de las que dicen ser los responsables. Que esa “riqueza” es con cargo a la creación futura de riqueza. Que en la práctica esa “riqueza” no existe y cuando de ella se abusa se compromete seriamente la capacidad de crear riqueza en el futuro. Es decir, se empobrece el futuro.

En resumen, estos políticos, en su afán de congraciarse con sus electores y de hacerse al botín de los gobiernos, reparten no solamente lo expoliado a través de impuestos, sino que además reparten lo que no tienen, lo que no existe, lo que es aire.

Ilusionan a la gente con la idea de que no solamente poseen el poder de repartir lo recaudado con impuestos sino también el poder de repartir “riqueza” constituida por préstamos o por simple emisión monetaria. Nunca advierten que esos préstamos no constituyen propiamente riqueza puesto que hay que pagarlos en el futuro con intereses y que esa emisión la pagan los ricos y especialmente los pobres con la desvalorización de su poder de compra.

El impacto de este populismo sobre una población ignorante y ávida de recibir riqueza ajena sin mayores merecimientos, es devastador. La gente llega al convencimiento de que es el Estado el dueño, creador y dispensador de riqueza, y no los innumerables capitalistas y empresarios grandes, medianos y pequeños que con sus ahorros, esfuerzos y emprendimientos la generan, la renuevan y la multiplican.

Se llega así a esa creencia tan extendida hoy en día, y tan propagada por los medios de comunicación, de que la obtención de riqueza es una decisión ante todo política, la de los gobiernos y sus burócratas. Y así se oye repetidamente que la crisis actual de la economía global es una cuestión de “voluntad política” y no de unas economías asfixiadas y quebradas por los elevados impuestos, las intrincadas trabas y regulaciones, y los abultados préstamos anteriormente contraídos.

Entonces, aumenta la presión popular para convertir al Estado de una vez por todas en el amo que sugiere ser y en el poseedor de la varita mágica que se supone que es. Y al unísono la opinión pública solicita no tocar lo que llaman “conquistas sociales” y retomar el ya trajinado camino que llevó a la quiebra: más impuestos y regulaciones, aumentos adicionales de gasto y deuda pública, y más emisión e inflación.

Como si todavía fuera viable mantener la ficción. Hasta que se aterriza en la cruda realidad de la insostenibilidad de economías en las que muchos dependen de una riqueza que no existe y en las que es decreciente el número de quienes se dedican a generar y crear la verdadera riqueza.