Jorge Ospina Sardi
Las posturas y actuaciones en política de quienes se auto califican como de "centro" han sido mas radicales, extremistas y destructivas que las de quienes son catalogados como de "derecha".
El problema de fondo con quienes manifiestan pertenecer al "centro" es que son ambivalentes y escurridizos en sus propuestas. Les cuesta tomar partido. Complican lo que no es tan complicado. Buscan quedar bien con todo el mundo. Y no se diferencian de los demás mortales a la hora de creerse el cuento que son poseedores de la "verdad revelada".
Creen que en la vida la máxima sabiduría es "el justo medio". Que cuando hay posiciones antagónicas hay que encontrarse a mitad del camino. Y piensan que esa posición les concede una especie de superioridad moral sobre quienes en la política antagonizan abiertamente con sus opositores. "Ni chicha ni limonada" es su consigna.
Sin embargo, en muchas circunstancias de la vida, y especialmente en materia de políticas públicas, hay que decidir para bien o para mal entre alternativas opuestas y excluyentes. Si se escoge un camino eso implica darle la espalda a otros caminos. El camino de la mitad no necesariamente existe o conduce a buen puerto.
Con frecuencia no hay "justos medios". Para obtener resultados –y no solo en política– se necesita la mayoría de las veces actuar con determinación y firmeza en la dirección escogida.
El centrismo intenta evadir responsabilidades con la inacción y la crítica a quienes tienen el ardor y la valentía de luchar por causas que consideran son las mas convenientes. A estos ellos los llaman "extremistas".
En la contienda política actual de Colombia para escoger el próximo Presidente los centristas se han dado a la tarea de descalificar a Abelardo De la Espriella por su extremismo. Lo han situado en la "extrema derecha".
Lo han hecho sin explicar el por qué del calificativo. Por lo visto, si no pertenece a un "centro" entonces tiene que ser extremista, así sus propuestas busquen fortalecer en lugar de debilitar la institucionalidad del país, recuperar la seguridad, ampliar las libertades económicas, corregir los inmensos desequilibrios fiscales actuales, devolverle la funcionalidad al sistema de salud pública, y explotar debidamente los recursos naturales que se poseen, entre otras propuestas.
¿Es esto "extremista"? Para nada. Son propuestas que no pretenden destruir el ordenamiento político que rige en Colombia, como si lo son las que busca implementar un candidato como Iván Cepeda, por ejemplo. Al contrario, son propuestas que consultan lo que De La Espriella ha llamado los "valores democráticos fundacionales de la república".
Son propuestas que buscan afianzar y consolidar la institucionalidad que con tanto esfuerzo y sacrificio han construido los colombianos a lo largo de mas de dos siglos de existencia republicana.
El ex Presidente Juan Manuel Santos ha expresado que estas ideas de De La Espriella son extremistas. Santos se considera una especie de fiel de la balanza entre la izquierda que actualmente gobierna y una supuesta "extrema derecha" opositora. Sin embargo, sus logros como Presidente, especialmente en su segundo período, no le dan la autoridad moral en temas como el manejo de la fuerza pública y la seguridad del país.
La política de paz del gobierno Santos se enmarcó dentro del contexto de una ideología supuestamente de "centro" opuesta a la ideología supuestamente de "derecha" que fuera la que imperó en el gobierno de Álvaro Uribe.
Con su política de paz Santos echó por la borda el arduo trabajo que se había realizado durante mas de ocho años para combatir la inseguridad y reducir la capacidad operativa y militar de los grupos que buscan destruir el orden constitucional y la institucionalidad vigente.
Los grupos que firmaron en el proceso de paz de Santos recibieron toda clase de beneficios y dádivas. Les perdonaron lo imperdonable: incontables crímenes de lesa humanidad. ¿Y adivinen qué? Recibieron del gobierno un maná caído del cielo representado en cuantiosos recursos públicos, curules en el Congreso, entregas de territorios, y complacencia con la continuación de distintas formas de lucha para continuar enriqueciéndose y tomarse el poder político.
¿Qué resarcimiento recibió a cambio la sociedad por el exorbitante perdón otorgado y por el gran gasto incurrido? Prácticamente nada. Casi ocho años después los involucrados no han abandonado lo que siempre hicieron: empoderarse y lucrarse por medio de todas las formas imaginables de delincuencia.
El proceso de paz de Santos reimplantó esa nociva dualidad que ha caracterizado al sistema de justicia colombiano. Con esa dualidad la culpabilidad de los mas horrendos crímenes depende de las motivaciones del criminal.
Si la motivación es "política", entonces asesinar, secuestrar, extorsionar, violar, narcotraficar y otros delitos, son susceptibles de ser perdonados. Este absurdo enfoque ha impedido que se haga justicia. Las motivaciones son subjetivas y cualquiera puede alegar en su defensa que incurrió en esos crímenes por razones "políticas". Y que por lo tanto los procedimientos y formas de la justicia tradicional no aplican.
Un sistema de justicia carcomido por esta dualidad no es operativo. En un sistema de justicia normal un asesinato es un asesinato sin importar que tan "nobles" fueron las motivaciones del asesino. Y así con otros crímenes. Básicamente por sus terribles consecuencias sobre personas y comunidades, los castigos y sistemas represivos deben ser proporcionalmente iguales para un mismo crimen, sin deparara en forma determinante en las motivaciones.
La visión implícita en los procesos de paz de Santos –y de los innumerables procesos de paz de años anteriores– si que fue extremista por sus destructivos resultados sobre la institucionalidad y el ordenamiento político del país. Lo paradójico es que a los críticos se les tilda de extremistas. En cambio, a sus promotores e impulsadores se los considera adalides de la moderación y la tolerancia.
En la desastrosa situación de seguridad que vive actualmente Colombia se requieren acciones urgentes y extremas para no caer en el abismo. Hablar de negociaciones, transacciones e interminables diálogos con quienes han incumplido con lo acordado y con quienes "se han salido con la suya" y se han burlado del pueblo colombiano, es de una ingenuidad y ceguera colosal.
Afirmar que la salida a tan compleja situación de seguridad y orden público se encuentra en "mas de lo mismo" de los últimos 70 años, en mas negociaciones y procesos de paz con la delincuencia como nos lo ha impuesto la tradicional politiquería centrista que ha gobernado a Colombia, es como decirle al perro que lo han capado cincuenta veces que no sobra otra capada.
