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Jorge Ospina Sardi
 
La chambonada es una obra o trabajo sin arte o esmero. Entre más atrasado un país o una comunidad más extendido es el chamboneo.
 
Los economistas y sociólogos exponen grandes cifras y agregados cuando analizan el atraso o falta de progreso de un país o comunidad. Pero, ¿qué hay detrás de las cifras? ¿Por qué hay unos países o comunidades más atrasadas que otras? ¿Por qué algunas progresan más rápidamente que otras?

Dos décadas después de la Segunda Guerra Mundial, Alemania y Japón eran vistos con admiración por la rapidez como reconstruyeron sus economías luego de ser totalmente arrasadas en ese conflicto. Así también habría que preguntarse, ¿por qué unos países o comunidades se recuperan sin problema de desastres naturales mientras que otras son incapaces de hacerlo? Para poner un ejemplo reciente, ¿por qué Haití no ha podido superar el impacto del terremoto de 2010, no obstante los miles de millones de dólares que ha recibido en ayuda humanitaria?

Los análisis económicos y sociales enfatizan la relación entre pobreza y escasez de recursos. Muchos concluyen que es a través de las transferencias masivas de recursos de los países o comunidades mas ricas hacia las mas pobres que se remedarían las desigualdades y los atrasos.

Sin embargo, este superficial enfoque, aunque satisface sentimientos de simpatía y solidaridad, no llega al fondo de la cuestión y que se relaciona con el alto nivel de chamboneo en la utilización de los recursos públicos y privados que caracteriza a los países y las comunidades más pobres y atrasadas, y que es precisamente el que evita que la simple transferencia de recursos tenga el efecto deseado.

Expongamos el caso de Bogotá. En esta ciudad el nivel de chamboneo es el típico de una ciudad de desarrollo intermedio a nivel planetario. Por ejemplo, el período de construcción de las obras es superior al de ciudades más avanzadas, y la calidad de lo construido es mas deficiente.

Seamos más concretos y mencionemos lo que sucede en un tema sin mucha importancia como es el de las aceras y los caminos peatonales. Varios de los últimos alcaldes de Bogotá resolvieron invertir en la recuperación de las aceras y en la construcción de caminos peatonales. El costo no ha sido despreciable para unas obras que no requieren de alta ingeniería. Sin embargo, lo común ha sido que las firmas contratadas no hayan concluido a tiempo las respectivas obras dentro de los presupuestos inicialmente contemplados. Y como si lo anterior no fuera suficiente, a pesar de retrasos y sobrecostos, lo finalmente construido se deterioró a los pocos meses de entregadas las obras (desniveles, desprendimiento de componentes y huecos, entre otros problemas).

Y es así como en Bogotá afloran las chambonadas hasta en las mas pequeñas obras como en el caso de las aceras y caminos peatonales. ¡Ni qué decir de aquellas más costosas y complejas!

Es decir, en Bogotá el costo de las obras tiende a ser mayor y el beneficio menor de lo que serían en centros urbanos más avanzados y exigentes. Ahora bien, esto es en Bogotá, una ciudad de nivel intermedio. Si se hablara de regiones mas pobres, la comparación sería mucho más dramática. Allí concluir las obras proyectadas, así sean mal hechas, es toda una hazaña. Los recursos pueden estar disponibles, pero desaparecen como por arte de magia sin que se vean resultados algunos. Allí no es extraño que lo que se gasta ni siquiera se sepa en qué se ha gastado.

El tema de las chambonadas no aplica solo a las obras. Se refiere al costo de trabajos mal hecho en todas las actividades económicas y sociales. Otro ejemplo: en Colombia son inmensas las pérdidas de vidas humanas y daños materiales ocasionados por “fallas mecánicas” en los vehículos de transporte vial. Esas fallas son resultado de repetidas y descaradas chambonadas en las labores de mantenimiento y arreglo de tales vehículos. No ha habido poder humano que logre frenar tan costosas y aberrantes chambonadas.  

En pleno Siglo XXI diríamos que todos los seres humanos somos iguales, y efectivamente lo somos en lo fundamental, pero hay unos seres humanos menos chambones que otros. Y ello termina por reflejarse abrumadoramente en diferencias de calidad de vida y niveles de riqueza.

En un país o comunidad con aspiraciones de progreso el énfasis no debería ser el de buscar ganarse la lotería con el descubrimiento de un hallazgo petrolero o de otro tipo, ni en solicitar grandes ayudas externas, sino en una metódica y extendida implementación de un entorno propicio para la eficiente utilización de los recursos disponibles. Una vez que ese entorno se internaliza en las costumbres e instituciones de un país o comunidad, es difícil retornar a esquemas en los cuales las chambonadas son la regla y no la excepción.

El problema con la mayoría de los análisis económicos y sociológicos es que miden la pobreza de los países o comunidades en términos de Ingreso Nacional o PIB en un punto en el tiempo, sin profundizar en las trayectorias que han llevado a las diferencias entre las unas y las otras y dando a entender que el éxito de las unas se respalda en la explotación que hacen de las otras. Este análisis poco o nada dice acerca de la historia de los méritos y desméritos de cada una de ellas, los que al final de cuentas constituyen los principales determinantes de las desigualdades en los resultados finales.

De hecho, que el Ingreso Nacional o PIB sea bajo en un punto en el tiempo no significa mucho en el contexto de una visión dinámica. Eran muy bajos en Alemania y Japón en 1946, después de la Segunda Guerra Mundial. Pero las reconstrucciones fueron en tiempo récord. Sin chambonadas mayores que las frustraran. Y es que lo más importante no es el tamaño de los recursos en un momento dado, sino la capacidad para administrarlos y multiplicarlos. Es en esto último donde fracasan estruendosamente los países y las comunidades mas atrasadas.

De manera que el quid del atraso y la pobreza radica en la mala utilización de los recursos disponibles y no exactamente en su escasez. Muchos dirán que es un problema de educación, de falta de instituciones políticas sólidas, de un sistema de justicia operante, y de otros factores por el estilo. Y tienen razón. Pero en este tema es relevante preguntarse qué es lo primero, si el huevo o la gallina.

En realidad lo primero y más importante es un cambio de mentalidad, lo que quizás se puede lograr sin necesidad de esperar a que toda la población se haya graduado de la universidad o a que las instituciones políticas alcancen el nivel de perfección que visualizan los teóricos de las utopías políticas. Ese cambio de mentalidad tiene que ver con la creación de un entorno que desestimule y aísle al chambón. Tiene que ver con el reconocimiento por parte de los diferentes estamentos de un país o comunidad que los chambones y sus chambonadas son los principales obstáculos para el progreso.

¿Cuál es el entorno ideal de los chambones? Ante todo uno en el que prevalece la falta de competencia. Cuando los chambones logran que los gobiernos restrinjan y alienen a competidores locales y externos y cuando operan en un sistema donde consiguen salirse con la suya con la falta de resultados y con los incumplimientos.

Los chambones son ante todo improvisadores. Es muy fácil darse cuenta de su improvisación. Los chambones engatusan con soluciones “a la criolla”. Tienen la particularidad de proponer salidas novedosas en temas donde ya todo está inventado. El resultado es el masivo despilfarro de los recursos existentes. Quien los contrata se convierte en cómplice en la generación de atraso y pobreza.

Entre más cerrada una sociedad, entre menos competencia externa, entre mas parroquiana su gente, mayores las probabilidades de que prospere una cultura que entroniza a los chambones y sus chambonadas. Entre mayor sea el tamaño de la esfera estatal con sus restricciones a las libertades económicas y con su cultura de elusión de responsabilidades directas y de favorecimientos por padrinazgo en lugar de méritos, más favorable el entorno para los chambones y sus chambonadas.

El primer paso para superar esta situación es el de tomar conciencia acerca de la raíz del problema. Lo fundamental, entonces, es ampliar los horizontes mentales e implantar la cultura de la competencia y del esmero en todos los ordenes. Una cultura que estimule a hacer el trabajo o la tarea asignada de la mejor manera posible, a aprender con humildad y sin complejos de quienes mas saben, a premiar y resaltar lo bien hecho, y a repudiar y sancionar lo chambonamente hecho.

En un país o comunidad donde la cultura de la competencia y del esmero echa sus raíces, el progreso empieza a darse como si fuera por añadidura.