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Jorge Ospina Sardi

 

A raíz del coronavirus la humanidad resolvió hacerse un harakiri social y económico a cambio de evitar infructuosamente las muertes de unos muy pocos viejos que se encuentran en lamentables condiciones de salud.

 

Locuras colectivas como la actual no son tan raras en la historia de la humanidad. Por ejemplo, en estos últimos tiempos  hemos tenido dos guerras mundiales, el aniquilamiento de grupos enteros de la población con la implantación de regímenes comunistas, y las matanzas generalizadas de etnias minoritarias. 

 

La actual locura colectiva, la lucha contra el “enemigo invisible”, tiene unas características muy particulares y otras que son recurrentes en la historia de la humanidad. He aquí solo algunas:

 

1) Unos personajes que dicen conocer al “enemigo invisible” y una población que ciegamente les cree el cuento. Son los auto denominados “expertos” en el tema. Se han equivocado en todo: en sus proyecciones sobre muertes, en el falso peligro que representa para el 99,99% de la población, en la ineficacia de sus propuestas para contener y mitigar el contagio, y en la subestimación del costo social y económico de las políticas que recomiendan. Pero nada de eso afecta su credibilidad frente a gobernantes y a la población en general.

 

2) Una población que dócilmente es conducida al abismo y que ni siquiera lo hace apesadumbrada con su suerte sino jubilosamente. La encarcelan, le destruyen su entorno social y económico y acaban con sus ahorros y aspiraciones de vida, y eso no impide que continúen apoyando a sus verdugos. Incluso abundan las voces que piden mas de lo mismo.

 

3) Unos políticos y funcionarios públicos que se sienten libres y seguros de las consecuencias del desastre que han armado. Muchos de ellos, obnubilados con un poder y protagonismo que antes no tenían. Parecen no darse cuenta que su sustento y actividad dependen de los impuestos que pagan quienes producen y venden. Y si no es permitido producir y vender, ¿de donde saldrán esos impuestos? Se están quedando a pasos agigantados sin los recursos para subsidiar y atender las necesidades básicas de las poblaciones que ellos dicen representar. 

 

4) Un desconocimiento generalizado entre políticos, funcionarios públicos y la población en general sobre cómo se crea riqueza en las sociedades. Un desconocimiento sobre cómo es de fácil destruirla y sobre cómo es de difícil crearla. La infantil creencia que el dinero cae del cielo y que los negocios funcionan como si fueran los de un tablero de monopolio. Ningún reconocimiento a las complejidades implícitas en el manejo y administración de los riesgos y a las dificultades relacionadas con la construcción de encadenamientos de proveedores y clientelas. La  simplona idea de que es posible rescatar a las empresas una vez que se han perdido sus fundamentos operativos. 

 

5) Un preocupante desprecio por los derechos y libertades básicas de los individuos. El pretexto para la pérdida de estos invaluables derechos y libertades ha sido supuestamente el irrealizable objetivo de evitarle el contagio del  coronavirus a unos muy pocos viejos (y a algunos menos viejos) que ya están pidiendo pista en la otra vida. Los países o las regiones con los mas draconianos confinamientos y aislamientos sociales son, sin excepción, los que registran las mayores muertes de estos viejos.

 

 

Lo que demuestra esta insólita experiencia es que no tiene caso salvar a la humanidad de sí misma. Cuando ella mayoritariamente desea suicidarse social y económicamente, así la causa sea la mas insustancial imaginable, no hay quien la detenga. No valen argumentos ni análisis. 

 

Si continúan los confinamientos y la pretensión de que es posible separar por dos metros a los seres humanos y evitar así los contagios, será casi nada lo que quede por rescatar en emprendimientos y negocios y la miseria económica se manifestará con todo su esplendor en escaseces, pobrezas generalizadas e incontables problemas de salud.

 

En el caso específico de Colombia, un país de 50 millones de habitantes, por estar bajo el sol del trópico y por tener una población relativamente joven, este coronavirus no ha pegado casi nada y solo matará en un primer ciclo a unos 350 viejos (y a algunos poquísimos menos viejos) todos ellos en condiciones lamentables de salud. 

 

Así pues, por un coronavirus que no es lo que pintaban, millones de colombianos están dispuestos a sacrificar su futuro económico, a empobrecerse en forma radical y a afectar negativamente su salud mental y física y la de sus hijos. Ni siquiera protestan porque los han marginado de consultas y atenciones médicas debido a que están por fuera del protocolo establecido para el tratamiento del coronavirus. 

 

La de Colombia es una destrucción masiva de salud y riqueza que también se está dando en muchos otros países del planeta. Una humanidad, que como la figura legendaria de Sísifo empuja una piedra enorme hacia la cima de una colina, pero antes de alcanzarla menosprecia el esfuerzo que todavía queda por hacer, se le suelta y rueda hacia abajo a gran velocidad. Entonces el pendejo de Sísifo lentamente se devuelve y tiene que recogerla otra vez para empezar de nuevo a subirla hacia la cima. Lo triste de este cuento es que la historia se repite una y otra vez.