Valores tribales, libertades individuales y la Gran Sociedad
Jorge Ospina Sardi

La humanidad ha vivido prácticamente toda su historia organizada en tribus. Las sociedades tribales, que por miles y miles de años dominaron la escena, se volvieron obsoletas en poco tiempo. No compaginan con la creciente complejidad, movilidad, velocidad e interacción de la vida moderna. Pero como lo tribal se cimentó a lo largo de una experiencia que fue de miles y miles de años, no nos abandona con facilidad.

Las tribus surgieron como respuestas a la multiplicidad de amenazas que circundaban al ser humano. La reacción defensiva del individuo fue la de organizarse en forma compacta en tribus. La característica esencial de las tribus era eso, lo compacto de su organización social. Un jefe, unas pocas familias que interactuaban entre sí, unos brujos encargados de las creencias religiosas, unas reglas de comportamiento incuestionables, y una estrecha y firme unidad con la cual se protegían de las amenazas externas.

Lo compacto de su organización social siempre fue elemento esencial para la supervivencia de la tribu. No se podían admitir corrosivas disidencias que pusieran en tela de juicio la unidad del grupo. La unión alrededor de la supervivencia implicaba fuertes lazos entre las familias, y a su interior. Unas definidas jerarquías eran esenciales para el funcionamiento y éxito de la tribu.  

Durante miles de años el entorno poco cambió. Los procedimientos productivos que habían probado ser exitosos se repetían sin cuestionamientos. La experimentación resultaba costosa e inoficiosa. La introducción de técnicas nuevas era recibida con escepticismo. La aceptación de extraños con costumbres y creencias diferentes y lealtades poco claras, era vista con profunda sospecha. Poca tolerancia con lo desconocido, fue y es una de las características importantes del sistema tribal.

En el entorno tribal hay poco espacio para la libertad individual, tal como se ha conocido y practicado en tiempos recientes. La lealtad del individuo es para con la tribu. Todas sus actividades están determinadas por la supervivencia de la tribu. Todo su pensamiento se concentraba en los requerimientos de la tribu. No estaba a su alcance el lujo de actuar en contra de la voluntad tribal. Quien lo hacía era de inmediato rechazado y abandonado a su suerte, lo que implicaba ser esclavizado por otra tribu o incluso perecer.

Siendo las tribus grupos pequeños compactos, no había mucho campo para la división del trabajo. Las divisiones eran básicamente por género y por edades. La mayor fuerza bruta de los hombres era básica para la caza y la guerra, dos labores que ocupaban parte importante del tiempo. Las mujeres se especializaron en el la crianza y en la atención al hogar. Y así fue por miles y miles de años.

El paso de la vida nómada a la sedentaria, con el surgimiento de la agricultura, de una industria elemental y del avance de comercio, impulsó la división del trabajo, pero sin alterar mayormente las divisiones básicas por género. Los hombres mantuvieron su rol en la obtención del sustento y en cuestiones militares y la mujeres a cargo de la crianza y del cuidado de la casa.

Sobrevivieron las tribus que lograron mantener su cohesión interna. Algunas evolucionaron hacía formas más sofisticadas, pero sin perder su carácter de organizaciones sociales compactas, tanto en el obrar como en el pensar. El jefe de la tribu era básicamente un dictador con un poder sin otro límite que su bondad o generosidad. Los brujos estaban subordinados al interés del poder temporal, y las familias enlazadas las unas con las otras bajo un solo propósito, el de mantener la unidad por medio de una identidad cultural y genética. Dentro de las familias, una nítida división del poder y del trabajo según género y edades.


Declinación de los valores tribales

Sería un desatino establecer fechas exactas sobre cuándo entraron en crisis las sociedades tribales. Se ha tratado de un proceso gradual, más intenso en unas regiones del planeta y menos en otras. Lo que se puede decir al respecto es que fue el progreso económico, la creciente división del trabajo y la expansión del comercio, lo que finalmente sacó a la luz las limitaciones de las sociedades tribales y especialmente, su poca capacidad de adaptación a un entorno que empezó a cambiar aceleradamente.

O sea que la balanza empezó a inclinarse en contra de las sociedades tribales —y de sus instituciones más representativas— a medida que se hicieron evidentes (¡y de qué manera!) las ventajas de una mayor complejidad económica, de una creciente interrelación entre tribus y regiones y, en últimas, de una mayor y superior división del trabajo. Sencillamente ellas eran demasiado inflexibles para moverse a gusto en ese entorno. La combinación de unas rígidas jerarquías de poder, una precaria división del trabajo y el predominio de una visión mágica poco conducente a la experimentación y a la implementación de innovaciones, debilitó la inserción de lo tribal en el nuevo mundo.

Las sociedades de creciente complejidad e interrelaciones, lo que F. A. Hayek denominó la Gran Sociedad, trajo consigo la reducción de la xenofobia, el establecimiento de límites al poder de los gobernantes, y una inclinación a favor de aplicar esquemas racionales en lugar de mágicos en la solución de los problemas de la vida diaria. Más recientemente, trajo consigo la reformulación de las relaciones entre hombres y mujeres y de las relaciones familiares en general.

Esa Gran Sociedad exige, para su buen funcionamiento, el rompimiento de las barreras que las sociedades tribales imponen a las relaciones con extraños y en contra de la libertad para  experimentar e innovar. En la Gran Sociedad no son operativas las rígidas estratificaciones tribales. No le son amigables las barreras artificiales a la división del trabajo. Cada quien debe especializarse en aquello que más le gusta y para lo cual esté más predispuesto y no lo que otros decidan por él.  

En términos generales, en la Gran Sociedad los grados de libertad individual tienden a ser cada vez mayores. Ahí es el individuo quién define sus intereses y cómo alcanzarlos, dentro de un marco jurídico de reglas de conducta que entre más generales y abstractas sean, mayor libertad permiten. El ideal en esta sociedad es la igualdad en grados de libertad, lo que por supuesto será por siempre un ideal, pero por el cual vale la pena luchar.

Los valores propios de la Gran Sociedad se contraponen abiertamente a los de la sociedad tribal, desde cualquier punto de vista que se analice. La Gran Sociedad supone una autonomía que no existe en la vida tribal. Implica una responsabilidad que es la propia y no la del grupo. En la Gran Sociedad es el individuo el que disfruta de la libertad para escoger sus lealtades y adhesiones y no el grupo el que escoge a los individuos que lo conformarán.

En este último sentido, el ideal de la Gran Sociedad es una sociedad con competencia abierta entre grupos y organizaciones de todo tipo (incluyendo gobiernos) para lograr el apoyo de los individuos. Es con este ideal que se avanza en niveles de civilización, un avance que no consiste en la artificiosa sofisticación de las formas de interrelación social, sino en la coexistencia pacífica de un creciente número de grupos y organizaciones compitiendo por atraer la voluntaria vinculación de individuos. ¡Nada más ajeno a la naturaleza de las sociedades tribales!


Coletazo de los valores tribales

Miles y miles años de historia no pasan en vano. A pesar del tremendo progreso económico y del desarrollo de sistemas políticos mas respetuosos que en el pasado con las libertades y derechos de los individuos, reacciones típicamente tribales han aflorado permanentemente en el mundo contemporáneo. Una de ellas es la inefable presencia de dictadores a lo largo y ancho del planeta. Jefes de tribu administrando sociedades complejas e interrelacionadas como si tratara de un grupo compacto compuesto por individuos ajustables a unos pocos prototipos.

En las sociedades tribales el poder es jerárquico y el de sus jefes es absoluto. Tanto jefes como súbditos se acostumbraron a esas relaciones de mando y obediencia. Esta práctica, durante miles y miles de años llevó a una actitud reverencial hacía el poder político (y hacía los distintos poderes) fundamentada en una visión mágica del mundo. Se incrustó en la psiquis humana un sentido de subordinación al poder político sólo posible dentro de un sistema de valores que lo mitifica y lo engrandece más allá de toda lógica y racionalidad. El inmenso poder que persiguen muchos líderes políticos, es una distorsión heredada de las épocas tribales.

Fenómenos como el nazismo y el comunismo tuvieron sus raíces en una especie de nostalgia colectiva que resucitó instintos no superados procedentes de la vida tribal. Esos sistemas políticos, que se caracterizan por el desmedido poder que se le concede al liderazgo político, se convirtieron en maquinarias devastadoras de guerras y opresiones. Utilizaron la avanzada tecnología de sociedades no tribales, para la imposición de sistemas tribales de mando. Se trató de intentos por recuperar formas de un pasado que duró miles y miles de años. Representan un retroceso hacia esquemas organizativos más primitivos, menos elaborados y sin posibilidades de éxito en la Gran Sociedad.

En la vida tribal el jefe (y su consejo de ancianos) asignaba trabajo, distribuía recursos y repartía consumo. Todas las decisiones se concentraban en el poder político. El mismo modelo que aplicaron dirigentes nazis y comunistas para asumir un poder que hubieran envidiado los jefes de tribus primitivas y salvajes.  

Pero hay otros aspectos del control tribal que resurgen permanentemente. Es un tema no superado la dominación de los hombres sobre las mujeres y de los padres sobre los hijos, basada en la fuerza bruta y en costumbres y tradiciones que promueven la obediencia ciega.  

Capítulo aparte merece el tema de la religión, intrínsicamente ligado a la supervivencia tribal. Primero que todo, la religión explicaba el origen de las adversidades de todo tipo a que estaba sometida la vida tribal. Por otro lado, proporcionaba consuelo en el dolor y esperanza en la superación en esta vida —y en otra real o imaginaria— de las terribles aflicciones y grandes desventuras de la vida tribal. Por último, las religiones reforzaban identidades y lealtades, en aras de la compacta unidad de la tribu. Por necesidad, la vida tribal promovió valores excluyentes en temas como el de la tolerancia religiosa, al punto de convertir las religiones en excusa para la propagación de odios y para resaltar enemistades.


La Gran Sociedad

En la Gran Sociedad, no hay necesidad de un control social como el tribal. El control que le es funcional, es de otra naturaleza. Implica el cumplimiento de reglas generales de conducta y un adecuado sistema judicial y policial que las haga cumplir. Implica mecanismos de reparación de daños y perjuicios. Favorece el uso de arbitrajes para la resolución de conflictos. El énfasis es en el perfeccionamiento de las reglas generales de conducta y en los mecanismos para hacerlas cumplir. La Gran sociedad prospera en un ambiente no solo de tolerancia, sino de aceptación a la diversidad de formas de vida y pensamiento.

En la Gran Sociedad el sistema de control es impersonal. Las subordinaciones son voluntarias y la división del trabajo está en continúa evolución porque es fruto de la actividad libre y descentralizada de una multitud de individuos en la búsqueda de su mejor interés. Estos individuos tienen éxitos o fracasos. Nunca se sabrá si el resultado final fue el “justo”. Cualquier intento de hacerlo “justo” a posteriori produce un divorcio entre las acciones individuales y sus consecuencias.

La libertad individual y la propiedad privada son ejes fundamentales de la Gran Sociedad. Allí el éxito es ante todo individual, con el reconocimiento de que el avance personal va en beneficio del resto de la sociedad. Las remuneraciones escapan del ámbito del poder político. Responden, al igual que en el caso de otros precios, a un sistema descentralizado de toma de decisiones, y que no es otra cosa que el conformado por los diferentes mercados.

En la Gran Sociedad no cabe la pretensión de dirigir la economía desde los escritorios de unos funcionarios subordinados al poder político. Por el contrario, allí la economía y otros aspectos de la vida en sociedad no son diseñadas por un poder político, sino que surgen de una multiplicidad de decisiones y acciones individuales libres y  descentralizadas. Y es mejor que así sea. ¡Nadie es lo suficientemente inteligente para diseñar los aspectos clave de vida económica y social!

La Gran Sociedad está en permanente ebullición, experimentación e innovación, sin que realmente se sepa cuáles serán los resultados finales. Esa falta de conocimiento sobre resultados es consecuencia directa de la libertad individual. En el momento en que el poder político se entromete a alterarlos profundamente, se convierte en farsa la libertad individual fundamentada en la búsqueda pacífica y constructiva del interés propio. Se rompe el vínculo entre esfuerzo y remuneración, que es la base para orientar la conducta individual hacía los más altos y exigentes logros.

La Gran Sociedad no tiene un futuro fácil. Como bien lo señalaba Hayek, la conducta requerida para la preservación de una tribu no es la misma que se necesita en una sociedad abierta, basada en el intercambio. La humanidad tuvo miles de años para adaptarse a la vida tribal. Le ha tocado, en muy poco tiempo, formular y acoger unas reglas distintas de conducta que incluso han servido para reprimir reacciones instintivas tribales que no son apropiadas en la Gran Sociedad.

No es de extrañar, entonces, que la humanidad tenga sentimientos encontrados en relación con las conductas y formas sociales que se han desarrollado en la Gran Sociedad. Sin embargo, es un hecho que la Gran Sociedad ha traído un impresionante avance en las condiciones de vida. Esa eficacia de la Gran Sociedad para elevar el bienestar de la población en todos sus componentes, ha sido el principal argumento a su favor. Los mejores resultados están tan a la vista, que la balanza no se ha inclinado hacia su destrucción, sino antes bien hacia su gradual consolidación. Después de todo, la gente no es tan miope como para no darse cuenta bajo cuáles condiciones es preferible vivir.

Pero los hay quienes no han logrado familiarizarse del todo con los valores conducentes a un sistema de libertades, extendido e impersonal. Están vivos los atavismos tribales basados en emociones primarias. Desafortunadamente no faltarán los políticos que continuarán explotando el recurso fácil de exacerbar esos latentes sentimientos atávicos. Así será, por lo menos hasta que la población escoja asignarle al liderazgo político un rol menos ambicioso, más limitado en su alcance, sin carta blanca para hacer y deshacer.
 
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