| Obama y la Reserva Federal, en contravía de una reactivación sostenible |
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Jorge Ospina Sardi Los analistas no están de acuerdo sobre la duración de la actual recesión global. Algunos estiman que durará hasta mediados de 2009, otros que llegará hasta 2010. Los menos que se extenderá hasta 2011 o incluso más allá. Entre los optimistas hay la esperanza implícita de que las políticas económicas del nuevo presidente de Estados Unidos Barack Obama harán el milagro. Pero, ¿cuáles son esas políticas? Obama ha propuesto aumentar el déficit del gobierno federal para reanimar la economía, repartiendo dinero a personas naturales de escasos recursos (él lo llama devolución de impuestos pero muchas de estas personas no pagan impuestos) y aumentando el gasto en programas específicos de infraestructura, educación y desarrollo de energía "verde", entre otros. La dura realidad, sin embargo, es que el gobierno federal tiene actualmente un déficit superior a 7% del PIB. De hecho, tanto Estados Unidos como la mayoría de los países europeos, llevan años de altos déficit fiscales consecutivos. Eso no impidió el estallido de la gran burbuja que ellos mismos alimentaron precisamente con la política de gastar más allá de lo que se tiene. El gasto adicional que Obama intenta hacer tiene un costo de oportunidad. Se trata de un gasto que parcialmente se financiará con emisión. Para tal efecto, no se cuenta con el respaldo de recursos previamente ahorrados. El impacto de esta emisión es el de depreciar la moneda. Lo paga la población con el impuesto regresivo de la inflación. Lo que se gasta financiado con emisión, más que se compensa con el costo de tal impuesto y con lo que podría convertirse en un direccionamiento no deseable del gasto. Habrá igualmente un componente de deuda en la financiación del gasto adicional propuesto. Esa deuda tampoco saldrá gratis. Representa una carga que pagarán los contribuyentes más adelante. Los acreedores terminarán entregando fondos previamente ahorrados para fines establecidos por el gobierno federal. Se trata de recursos que podrían utilizarse alternativamente para inversión por parte de las empresas más exitosas o para mayor consumo por parte de personas con capacidad de financiación de su gasto. Incluso podría argumentarse que la mejor alternativa es sencillamente no gastar, especialmente si lo que se busca es aligerar la carga tributaria y disminuir la excesiva deuda de personas, empresas y gobierno. Con el aumento de la deuda a que lleva las propuestas de Obama, se evita reducir el gasto a niveles concordantes con lo que actualmente produce la economía de Estados Unidos. Y es solamente cuando se haya alcanzado un mayor equilibrio entre ahorro y gasto, con un menor nivel relativo de deuda, que podrá reiniciarse un proceso sostenible de crecimiento. Más emisión o más deuda para financiar un gasto cuya prioridad es dudosa no sacará a Estados Unidos, ni al mundo, de la recesión actual. Esa fórmula la han ensayado una y otra vez los países emergentes, incluido los de América Latina, y lo único que ha producido es un deterioro en la distribución del ingreso y prolongados períodos de estancamiento económico. Sin embargo, muchos economistas y políticos de Estados Unidos se resisten a creer que ellos no tienen la varita mágica. Los economistas de la Reserva Federal, por ejemplo, adoptan la absurda posición de no cobrar interés por el dinero que prestan a diestra y siniestra. Al hacerlo así, contribuyen a la depreciación del dólar y a decisiones empresariales equivocadas. Promueven un mayor endeudamiento entre deudores sin capacidad de pago. Al darle respiración artificial a agentes económicos quebrados lo único que logran es prolongar su agonía y desestimular las reestructuraciones entre aquellos con posibilidad de supervivencia. La verdadera salida a la actual crisis económica es, entonces, una disminución del gasto y un aumento del ahorro. En otras palabras, un proceso de reducción de la deuda a todos los niveles, incluido el gobierno federal. Pero el presidente Obama y la Reserva Federal van en contravía de esta salida. En lugar de permitir que la economía se reacomode a una situación más equilibrada de gasto y de deuda, hacen hasta lo imposible por mantener e incluso aumentar los insostenibles niveles actuales. La alternativa para Estados Unidos está entre un reacomodo relativamente rápido (dos a tres años, de los cuales ya pasó uno), o un estancamiento prolongado (cuatro o más años). Para un reacomodo rápido se requeriría que la Reserva Federal permitiera tasas de interés que reflejen el verdadero costo y riesgo de prestar y que induzcan un fortalecimiento del dólar. Y que el gobierno federal redujera los impuestos a las empresas e inversionistas y efectuara un drástico recorte de su gasto y de su déficit. Es decir, el rumbo opuesto al que Barack Obama y su electorado escogieron.
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