| Mercados, regulaciones y pecados capitales |
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Jorge Ospina Sardi En la actual crisis económica global, políticos y analistas han centrado su atención en la fiebre, en vez de la enfermedad. Las regulaciones al sistema financiero y a otros aspectos de la vida económica han sido invocadas como causa y como solución a la crisis. Hubo crisis porque no existían suficientes y adecuadas regulaciones. La salida a la crisis sólo es posible con mayores y mejores regulaciones. ¡Qué fácil la tienen estos analistas! Al igual que con los términos “justicia social” y “educación”, la palabreja “regulación” tiene la virtud de que cada quien le puede dar el sentido que cuadra con su entendimiento del problema objeto del análisis. Es una expresión comodín. Cada quien quiere “regular” lo que no le gusta y piensa que esa es la solución a diferentes males. A la hora de la verdad, “regulaciones” las hay infinitas, y como decía alguien, el diablo se esconde detrás de los detalles. Lo que ha llevado a la creciente utilización de la palabreja “regulación” es la añeja creencia según la cual los mercados sólo funcionan cuando se restringe la libertad individual. Las regulaciones estarían, entonces, dirigidas a frenar los desafueros de la conducta individual que son los que originan las crisis. Con la imposición de más regulaciones a los mercados, se acabarían los bajonazos económicos y se aseguraría una prosperidad indefinida. Con apropiadas regulaciones, la avaricia y codicia dejarían de causar estragos. Con mayores regulaciones, los agentes económicos no se equivocarían en sus decisiones de gasto e inversión. Toda esta falaz argumentación desconoce, en primer lugar, que la naturaleza humana es imperfecta. Que así como se favorece con la excelencia y los aciertos, así también está expuesta a la negligencia y los errores, sea cual sea el esquema legislativo que la regula. Pero no sólo eso. Que lo bueno y lo menos bueno de la naturaleza humana conviven en forma tal que la interacción de lo uno con lo otro es lo que genera avance y progreso. Por ejemplo, el interés propio, sin el impulso que le imprimen los siete pecados capitales (lujuria, gula, pereza, ira, envidia, soberbia y avaricia), no contribuiría mayormente al desarrollo de los mercados, o sea a la innovación, creación y difusión de la riqueza que ellos traen. Quien quiera aproximarse al tema puede acudir a “La Fábula de las Abejas” de Bernard Mandeville o a “Las Siete Columnas” de Wenceslao Fernández Flórez. La imposición de regulaciones encaminadas a borrar del mapa la avaricia y codicia —y los demás pecados capitales— y a convertir a la humanidad en virtuosa, ha sido el utópico programa de mentes estrechas y controladoras. Los intentos de implementación de esas utopías han traído resultados catastróficos, tanto económicos como políticos. Los filósofos de la libertad de mercados El escocés Adam Smith, los franceses Jean Baptiste Say, Frederick Bastiat y Gustave de Molinari, y los fundadores de la Escuela Austriaca Carl Menger, Eugen Bohm-Bawerk, Ludwig von Mises y Friedrich A. Hayek, para citar sólo algunos, demostraron, mejor que otros, que la búsqueda del interés propio (y el de las personas más próximas) es la principal fuerza que mueve la conducta individual, y que entre mayor sean los grados de libertad con los que se hace esa búsqueda, mejor le va a la sociedad. De acuerdo con esta visión, todo el esfuerzo legislativo debe estar encaminado a aumentar los grados de libertad en la operación de los mercados y en otras esferas de la vida social, antes que a reglamentarlos o regularlos. Era claro para estos filósofos economistas, que el nivel de civilización de una sociedad iba en relación directa con los grados de libertad individual que lograba incorporar en su seno. Entre más avanzada una sociedad, menor la necesidad de someter la conducta individual a toda clase de poderes tutelares, ya fueran políticos, religiosos o de otro tipo. Con el avance de la civilización, tienden a languidecer los vínculos opresivos entre individuos y poderes tutelares, y que son tan fuertes en la vida tribal. El arte de la política debe orientarse al desarrollo de instituciones que protejan las libertades básicas del individuo, incluidas las que garantizan la independencia de los mercados frente a la acción arbitraria de esos poderes. E igualmente, a la promoción de otras instituciones, preferiblemente de carácter voluntario, de ayuda mutua. Para estos filósofos economistas, el logro de altos grados de libertad individual requiere de un sistema de mercado regido por claras reglas de protección a la propiedad privada y de defensa en contra de acciones delincuenciales o criminales (de origen interno y externo). En este sentido, la función principal de los gobiernos es la de establecer unas reglas generales de conducta individual y la de velar por su cumplimiento. No es su función reprimir los siete pecados capitales, negando su inextricable presencia, sino crear las condiciones propicias para encauzarlos hacia comportamientos que beneficien y no perjudiquen a la sociedad. Combatieron con firmeza la concesión de facultades a los gobiernos para intervenir discrecionalmente en los mercados y cobrar impuestos confiscatorios a las transacciones que en ellos se realizan, así los objetivos detrás de esa intervención fueran los más loables. Nunca se hicieron ilusiones sobre la capacidad de los gobiernos para administrar eficazmente recursos, pero sobretodo estaban convencidos de que los abusos de los gobiernos eran imparables, sin la presencia de unos límites muy específicos y concretos a su poder. Según ellos, estos límites no son otros que un estricto respeto y cumplimiento de normas que protegen la libertad en todas las esferas de la actividad humana y muy especialmente, por su importancia, en aquellas que tienen lugar en los diferentes mercados. Pero volviendo al tema de las regulaciones, los filósofos economistas nunca dijeron que los mercados eran perfectos, ni nunca insinuaron que no habría engaños y atropellos en una sociedad que disfruta de altos grados de libertades individuales. Sin embargo, combatieron con fuerza la aspiración de lograr el cielo en la tierra porque consideraron que ella era excusa para que los enemigos de las libertades individuales las socavaran y les asestaran un golpe demoledor. Si bien las imperfecciones de todo tipo nunca desaparecerán, consideraron que son más agudas y destructivas cuando los gobiernos ejercen un asfixiante poder de regulación que marchita y entorpece la búsqueda del interés propio. Fue así como los filósofos economistas llegaron a la conclusión de que era preferible un sistema de libertades individuales con regulaciones de un alcance general limitado, que uno con unas regulaciones pormenorizadas dirigidas a modificar los resultados finales. Para ellos, cuando los seres humanos actúan en un entorno de libertades, los resultados finales de su actividad son impredecibles. Los intentos por alterarlos radicalmente por medio de regulaciones o de altos impuestos, conducen a la consolidación de regímenes políticos totalitarios. La enemiga mortal de la libertad es la pretensión de regular hasta los más recónditos aspectos de la actividad humana, con el pretexto de lograr unos resultados predeterminados. Una cosa es la fiebre y otra la enfermedad En el caso de la crisis económica actual se precisa la aclaración de que nunca como antes los gobiernos han detentado tanto poder y nunca como antes los mercados, incluyendo los financieros, han estado tan regulados. Nunca como antes los impuestos han sido tan altos y nunca como antes los gobiernos han tenido tanto poder de intervención sobre distintos aspectos de la vida social. En el campo económico, hoy es mayor que nunca la capacidad de los gobiernos para emitir circulante sin respaldo y para financiarse con el regresivo impuesto de la inflación. Para generar ciclos que traen consigo prosperidades inflacionarias y recesiones correctivas. Nunca como antes los sistemas financieros, las monedas con las que operan y los carteles que los administran, han estado tan sometidos a la supervisión, vigilancia y control de las respectivas autoridades. Lo que ha fallado en la crisis económica actual es el exceso de reglamentación y regulación. En Estados Unidos, por ejemplo, las regulaciones llevaron al sector financiero hipotecario a prestar irresponsablemente a usuarios sin capacidad de pago. Sin esas regulaciones y las presiones políticas que las acompañaron, el mercado de los préstamos hipotecarios nunca se hubiera extendido tan masivamente, produciendo los negativos resultados que están a la vista. Pero los gobiernos irresponsables, que abusaron de su poder y causaron la crisis actual, utilizan como chivos expiatorios a los agentes económicos que se extra limitaron en su avaricia y codicia y que se aprovecharon inescrupulosamente de la laxitud propia de las buenas épocas. Políticos, funcionarios y analistas no aclaran que fueron los gobiernos los que crearon la burbuja especulativa con sus políticas monetarias expansivas. Y de la manera más descarada, proponen como solución la creación de otra burbuja especulativa todavía de mayor escala, emitiendo sin respaldo en una proporción superior a la de años anteriores. Argumentan que la crisis fue resultado de una deficiente regulación o de la falta de ella, y reclaman un aún mayor poder de intervención. La mayor regulación que proponen no está dirigida a evitar que la recesión actual se prolongue o que vuelvan a aparecer al poco tiempo otras burbujas inflacionarias. No impedirá que la avaricia y la codicia se manifiesten con todo su esplendor en la próxima burbuja. Ellas no desaparecerán: resurgirán nuevamente cuando se presente un entorno favorable, caracterizado por el exceso de liquidez y la abundancia de dinero fácil. Ninguna legislación impedirá que los seres humanos continúen conviviendo con la avaricia y codicia, como inseparables compañeras. En épocas de burbujas inflacionarias, los excesos de codicia y avaricia, así como de soberbia, son la fiebre y no la enfermedad. El origen de la enfermedad es el poder en manos de los gobiernos para crear a su antojo dichas burbujas, en medio de una regulación que impide la sana competencia en el sistema financiero y que permite el otorgamiento de préstamos sin el respaldo de suficientes reservas. Son los carteles financieros regulados por los gobiernos, los que, en su condición de tales, ante la ausencia de competencia, se lucran desmedidamente en tales épocas, hasta el extremo de perder los estribos, más allá de toda razonable prudencia. A los mercados no hay que salvarlos de sí mismos Cada vez que se presenta una crisis económica saltan a la palestra los partidarios de concederle más poder a los ya todopoderosos gobiernos. Como si los gobiernos hubieran administrado correctamente el poder que han tenido. Como si los funcionarios gubernamentales tuvieran la sabiduría, el conocimiento y la entereza moral para hacer un buen uso de ese poder. Como si la actuación de cada agente económico actuando en libertad y con pleno conocimiento de su situación específica pudiera ser moldeada a control remoto por medio de unas pormenorizadas regulaciones de papel. Como si el costo directo e indirecto de implementar las regulaciones fuera deleznable. Si los mercados no están funcionando constructivamente, es por cuenta de las trabas y los obstáculos de una legislación hostil. No son los mercados en sí mismos los que fallan, sino que el problema radica en un entorno desfavorable para el desarrollo de su función, que no es otra cosa que la de permitir la fluida interacción de una infinidad de agentes económicos en búsqueda de promover sus intereses propios (y los de las personas más próximas). Lo que realmente interesa para el buen funcionamiento de los mercados es el marco general en el que se desarrolla la actividad económica. Lo único que necesitan los mercados para cumplir eficientemente con su tarea de asignación de recursos es que la competencia sea la mayor posible (que no haya restricciones a la entrada de nuevos competidores), que sus participantes se acojan a un código de buena conducta, que se castigue con eficacia la violación a las normas de ese código, que el entorno monetario sea uno de relativa estabilidad y que haya bajos impuestos. Es decir, unos parámetros muy diferentes a los que se dan hoy en día en la mayoría de los países. Todo lo demás sobra, incluyendo las propuestas de quienes pretenden salvar a los mercados de sí mismos. |
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