| Los mercados no perdonan: Estanflación en el horizonte |
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Jorge Ospina Sardi Durante más de dos décadas las políticas fiscales y monetarias irresponsables llevaron a niveles de vida irreales en Estados Unidos y países de Europa Occidental. Continuar con esas políticas no trae de vuelta la prosperidad perdida. Los mercados está cobrando con dureza, tal como siempre lo hacen, el desplome de un nivel de vida sustentado exclusivamente en deuda e inflación. Por muchos años, Estados Unidos y los países europeos gastaron más de lo que tienen y de lo que están en capacidad de producir. Sus crónicos déficit fiscales, superiores a un promedio anual de 4% del PIB, reflejan la naturaleza desequilibrada de sus sistemas políticos, que ofrecen más de lo que pueden recaudar a través de unos impuestos que son los más altos en la historia reciente de la humanidad. A su vez, las políticas monetarias expansivas, caracterizadas por aumentos en la liquidez consistentemente superiores a crecimientos económicos sostenibles, han conducido a prosperidades inflacionarias, basadas en un muy elevado endeudamiento de hogares, empresas y gobiernos. Esas políticas monetarias han permitido que los gobiernos se salgan con la suya en materia de sus incorregibles irresponsabilidades fiscales. Y han propiciado el arraigue de una mentalidad inflacionaria en la que hogares y empresas han aumentado sus deudas a niveles inconcebibles, respaldados en el pretexto de ingresos futuros que supusieron serían por siempre crecientes. Los mensajes que transmiten los mercados mientras duran esas políticas fiscales y monetarias inflacionarias conllevan la ficción de que el sistema productivo es más eficiente de lo que es. Con la prosperidad inflacionaria se crea la ilusión de que las empresas tienen un nivel de gasto operativo y de inversión “razonable” y que los hogares pueden endeudarse más para gastar más. Se sobre estima la capacidad de servir las deudas. Ese mayor gasto, que no está basado en un mayor ahorro ni en aumentos de la productividad, distorsiona profundamente los sistemas de precios de los mercados, lo que ocasiona equivocaciones graves en materia de cuánto gastar y cómo producir. Finalmente los mercados cobran la irresponsabilidad fiscal y monetaria. Se puede postergar el día de enfrentar la realidad con más irresponsabilidad, tal como lo hicieron en los últimos años Estados Unidos y los países de Europa Occidental. (Y como proponen hacerlo actualmente todos los gobiernos, sin excepción). Pero llega el momento de un colapso financiero cuando el sistema económico no puede absorber más deuda y cuando las inversiones del pasado aparecen como desenfocadas a la luz de las nuevas realidades. Empieza, a la brava, una corrección en los niveles de gasto (de consumo y de inversión). Hogares y empresas no tienen otra salida que restringir sus gastos y pagar las deuda. En realidad, todos pierden con la desaparición de gastos sustentados en una creciente deuda y una persistente inflación. En el entretanto los gobiernos, que son los últimos en alinearse a la nueva situación, creen que la solución es proporcionarle más liquidez al sistema económico para que siga funcionando como antes. Es decir, con una excesiva deuda y con más gasto inflacionario. Y podrían tener un relativo éxito a muy corto plazo. Pero a más largo plazo, alargan la agonía al postergar la inevitable corrección que los mercados ofrecen, que no es otra cosa que el retorno a niveles sostenibles de deuda y de gasto, el desmonte de empresas y negocios no viables, la reestructuración de los que sobrevivirán y el surgimiento de un nuevo espíritu de emprendimiento. Frenar la corrección que ofrecen los mercados para salir de la crisis, es mantener vivo lo inviable. Es impedir el cambio y la renovación económica. Es favorecer la permanencia de una economía zombi. Es, en últimas, la manera de asegurar la consolidación de un proceso de estancamiento económico con inflación, fenómeno conocido como estanflación (stagflation en inglés) y que fuera lo predominante en los años setentas. |
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