La culpa es de los gobiernos y de sus bancos centrales
Jorge Ospina Sardi

La mayoría de la gente todavía tiene la creencia de que los gobiernos pueden solucionarles los múltiples problemas que los aquejan. Es más, que tienen la obligación de hacerlo. Le asignan a esa entelequia llamada gobierno (o estado –no merece ponerse en mayúsculas) poderes mágicos para hacerlo. Esta creencia es promovida por gobernantes, políticos y las castas que viven de los negocios y las actividades que giran alrededor de la entelequia.

Un caso interesante de cómo la gente interpreta todo al revés cuando se trata de los gobiernos es el de la actual crisis económica global. Fueron los mismos gobiernos los que ocasionaron la crisis con sus políticas monetarias expansivas y con sus políticas fiscales deficitarias. El crecimiento de la liquidez en Estados Unidos y otros países en los años noventa y en la presente década, así como los consecutivos déficit fiscales de los gobiernos (financiando gastos sin el respaldo de ingresos reales), ocasionaron dos grandes "burbujas", una durante 1997-1999 (la llamada burbuja tecnológica) y  otra durante 2004-2007 (la llamada burbuja de la finca raíz). La primera menos grande que la segunda. La segunda, la que estalló en 2008, de mayor envergadura y ramificaciones sobre la economía global.

Con la alta liquidez que disfrutó por años la economía de Estados Unidos, la de Europa y la de otros países incluida China, inducida por los bancos centrales y por los gobiernos, se generó un proceso inflacionario sin precedentes que tuvo distintas manifestaciones. Entre las más recientes, el pronunciado aumento de los precios internacionales de los productos básicos, incluido el petróleo, resultado de un crecimiento económico global sin precedentes. Otra manifestación fue la bonanza en los precios de la finca raíz, también sin precedentes, sobretodo en el caso de Estados Unidos y de algunos países europeos.

Los inusitados aumentos en los precios de productos y activos son síntomas de fiebre ocasionados por los desequilibrios entre oferta y demanda en el sistema económico como consecuencia de los excesos de liquidez. La enfermedad detrás de esta fiebre, es la que siempre se incuba y prospera cuando hay exceso de liquidez. Se trata de un endeudamiento desaforado por parte de gobiernos, empresas y hogares (es decir, a todos los niveles). Y es desaforado porque no se puede detener: el sistema económico empieza a requerir de crecientes dosis de deuda para mantener su crecimiento, hasta que llega el momento en que, por una razón u otra,  los diferentes agentes económicos ya no pueden seguir asimilando o ingiriendo esa creciente deuda. Entonces, se tambalean los precios y las rentabilidades de los negocios, se produce una justificada crisis de confianza y llega el colapso, tal como está sucediendo actualmente.

Pero ese colapso es como el de un drogadicto que no puede renunciar a lo que le está produciendo la adicción. Y es así como los gobiernos, que nunca hacen un diagnóstico honesto de los males que ellos mismos ocasionan, plantean como solución inflar más la economía con transfusiones adicionales de liquidez, sin tener los recursos para hacerlo. Es decir, con emisión y aumentando los déficit fiscales. Soluciones mágicas todas estas puesto que los recursos salen de la nada. Lo único que logran los gobiernos con estas medidas desesperadas es esconderle al público la naturaleza del mal e infundirle la esperanza de que la curación no será dolorosa. Y aunque con ello ganan tiempo, lo único que finalmente logran es prolongar y agravar la enfermedad.

Sólo cuando la enfermedad es de extremada gravedad, es cuando la gente empieza a intuir que la única salida es apretarse el cinturón, reducir el gasto a todos los niveles y finalmente rebajar, a las buenas o las malas, las deudas mal adquiridas. Y efectivamente esa es la única medicina que cura la enfermedad. Pero produce espasmos y angustias. En términos políticos, quien plantee la cura es linchado en plaza pública, especialmente por esa camada de "expertos" que promueven la visión mágica según la cual el maná cae del cielo de la mano de los gobiernos y de los políticos de turno. (Y la verdad, siempre han sido y serán muy pocos quienes están dispuestos a sacrificarse en plaza pública por una justa causa).

Todo esto me lleva a una reflexión final de interés para quienes se preocupan por la evolución de la economía. Antes que fijarse en cuánto aumentan tales o cuales promedios de precios (por ejemplo, los de la canasta familiar) para juzgar si el problema inflacionario es grave, lo principal es estar pendiente de la trayectoria del endeudamiento de gobiernos, empresas y hogares. Porque si ese endeudamiento es creciente y ha llegado a niveles nunca antes vistos, como en el caso de Estados Unidos y de otros países en 2008, hay que prepararse para asimilar una fuerte medicina curativa. El nivel relativo de deuda termina siendo el principal termómetro para medir la magnitud de la enfermedad ocasionada por las políticas monetarias y fiscales irresponsables de los gobiernos y de sus bancos centrales.
 
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