Burbujas, sistema financiero, codicia y fuerzas del mercado
Jorge Ospina Sardi

Las burbujas no son eternas

El sistema monetario internacional es altamente inflacionario. Lo administran gobiernos cuyo interés primordial es el de gastar más de lo que le pueden extraer a la población. Se trata de gobernantes sujetos a elecciones, que se ven forzados a prometer más de la cuenta para ganar y a gastar desbordadamente para reeligirse.

El hecho cierto es que durante los gobiernos de Bill Clinton y George W. Bush la Reserva Federal propició una política monetaria expansiva que estimuló el endeudamiento de los diversos agentes económicos, incluidos los hogares. El exceso de liquidez  durante casi 20 años generó una burbuja en sectores relacionados con tecnología y luego una gran burbuja en los sectores de la finca raíz, financiero y de los productos básicos. Se podría argumentar que uno de los artífices de todo esto fue Alan Greenspan.

Cuando estallan las burbujas la gente le echa la culpa a la falta de regulaciones estatales y a otras causas subordinadas. Pero lo que las ocasiona es el exceso de liquidez. Al abaratarse el costo del dinero, se produce un aumento en las deudas y el surgimiento de una serie de instrumentos financieros que permiten darle la vuelta a ese dinero y que tienden a ser esquemas piramidales de financiación. Y son esquemas piramidales porque su viabilidad y crecimiento depende de aumentos adicionales en la liquidez  (y en la inflación).

Llega el momento en que las burbujas estallan por algún lado. La inflación se convierte en un problema cada vez más serio y la presión para las autoridades monetarias es la de actuar subiendo las tasas de interés. Pero cuando se trata de una burbuja como la actual, incubada durante muchos años de política monetaria y fiscal laxa, se produce una sobre inversión en sectores como el de la finca raíz, se infla el sector financiero y los precios de los productos básicos alcanzan la estratosfera. Y entre mayor la distorsión de la burbuja, mayor la envergadura de la corrección, cuando se produce el reventón.

Cambios en la percepción del riesgo

Una cosa es evaluar el riesgo de los créditos y de las coberturas cuando la economía está creciendo en medio de una alta liquidez y otra cuando decrece en medio de una contracción de la liquidez. En épocas de burbujas, las instituciones financieras tienden a evaluar el riesgo sobre premisas optimistas como, por ejemplo, la de que los precios de los activos seguirán creciendo indefinidamente y los negocios continuarán valorizándose también indefinidamente. En estas épocas, para cualquier entidad financiera tener caja sin prestarla es el peor negocio del mundo.

En épocas de burbujas, las instituciones financieras tienden a sobre exponerse en la colocación del crédito. Los deudores no se quedan atrás. Hacen cuentas alegres sobre el repago de los préstamos, basados en que los activos financiados continuarán aumentando de precio y que sus negocios tendrán crecientes utilidades. Un ambiente así lleva a decisiones agresivas (alegres, dirían algunos) por parte de acreedores y deudores en cuanto al cálculo del riesgo implícito en la financiación de las diferentes actividades.

Naturalmente toda esta “exhuberancia” se cae de su propio peso cuando el entorno se vuelve menos favorable y la percepción de riesgo se modifica negativamente. Y el impacto en el cambio de la percepción de riesgo puede ser demoledor, especialmente si la burbuja es una gran burbuja. Porque en el momento en que la economía deja de crecer y los supuestos anteriores de aumento en los precios y en las rentabilidades ya no son vigentes, el nivel de deuda empieza a aparecer como gigantesco, como si estuviera por fuera de todas las proporciones. Y los banqueros se convierten en chivos expiatorios.

Medicina inapropiada

Entonces, es en este preciso momento que los políticos y gobernantes entran en acción tratando de parecer como heroicos rescatadores de la situación. Su solución es tan vieja como la prostitución. Emitir. Seguir expandiendo. Darle al enfermo más de lo que ocasionó su enfermedad. Pero el enfermo ya no puede recibir más liquidez. Al percatarse de esto, las instituciones financieras usan la liquidez adicional provista por los gobiernos para capitalizarse y cubrir las pérdidas de una cartera irrecuperable. Pierde sentido para estas instituciones refinanciar a los deudores morosos.

Lo que sucede, entonces, es que, en las nuevas circunstancias, la percepción de riesgo es otra muy diferente a la de las épocas alegres. En las nuevas circunstancias, el horizonte de tiempo de las actividades económicas se reduce significativamente (la tasa de descuento aumenta) y las proyecciones sobre ingresos y ventas es una muy diferente a la de antes. En las nuevas circunstancias, salen adelante sólo los negocios que demuestran estar en capacidad de crecer sin necesidad de deuda. Y esos son los negocios más competitivos y los que están en capacidad de ajustarse con rapidez a un entorno mucho más duro y exigente.

¿Hasta dónde el estallido de un burbuja como la actual en la economía global es culpa del sistema financiero? Muchos, a posteriori, acusan al sistema financiero de exceso de codicia. Estos son todos argumentos populistas. Ni más faltaba que la codicia, que tiene su origen en la avaricia, la envidia y el interés propio, fuera a desaparecer de la naturaleza humana. De hecho, ella ha sido factor de progreso a lo largo de la historia de la humanidad porque ha proporcionado la motivación que lleva al ser humano a engrandecer patrimonios y a desarrollar empresas.

Hace parte integral de la naturaleza humana, y para bien desde el punto de vista de su supervivencia, aprovechar las oportunidades que se le presentan para acrecentar su beneficio propio.

La corrección la hace el mercado

El estallido de la burbuja es un hecho inevitable y es producido por las fuerzas de mercado actuando para introducir un mínimo de moderación a un sistema económico descarriado por la excesiva liquidez. Y es el mercado el que finalmente impone la dura medicina de una racionalidad menos “exuberante” y de una sana prudencia entre los agentes económicos, cuyos apetitos se desbocaron en la época del exceso de liquidez. Dejar que operen las fuerzas de mercado es la única forma de darle la vuelta al problema, para llegar finalmente a una situación en la que se impone una percepción equilibrada y realista del riesgo entre acreedores y deudores.

Desafortunadamente la medicina es dura porque implica la quiebra de todos quienes abusaron del exceso de liquidez. En las épocas alegres, propiciadas por una política monetaria expansiva, se toman decisiones equivocadas de inversión. Actividades que en condiciones normales no serían rentables, aparecen como atractivas tanto para deudores como acreedores. Y se produce una mala asignación de recursos que sale a la luz con toda la crudeza cuando los precios de productos y activos dejan de aumentar y empiezan a caer.

Nada se saca con tratar de rescatar las decisiones empresariales equivocadas de las épocas alegres. Esas fueron decisiones motivadas por un entorno diametralmente opuesto al nuevo entorno que se crea con la cura de la enfermedad. Y ese es precisamente el costo de la irresponsabilidad de gobiernos y autoridades monetarias al propiciar las burbujas: se llega a una situación de cambios abruptos en el entorno que hacen aparecer como absurdas las decisiones empresariales tomadas meses o incluso días antes. Y de esta manera se desvirtúa el que debe ser el verdadero rol de los gobiernos, que es el de garantizar un entorno macroeconómico estable y con reglas claras de juego que favorezcan el desarrollo de la libre iniciativa individual y empresarial.

En resumen, la actual crisis económica global es la venganza de las fuerzas del mercado frente a las malas políticas de los gobiernos y bancos centrales de todos los continentes. Estos gobiernos y bancos centrales están tratando de introducirle distorsiones adicionales a un sistema altamente distorsionado por la liquidez que en el pasado graciosamente concedieron. Pero no obstante sus esfuerzos, todo indica que las fuerzas del mercado están imponiendo su lógica. Estas fuerzas, cuando operan en condiciones de libertad, hacen rápidamente la corrección que se necesita para volver a crecer, ojalá sin las azarosas burbujas de años anteriores.
 
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