| Los paquetes de estímulo de los gobiernos, ¿la panacea? |
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Jorge Ospina Sardi Es increíble que a estas alturas de la discusión económica, en pleno Siglo XXI, la mayoría de la gente crea en los paquetes de estímulo de los gobiernos. Esos paquetes están a la orden del día a raíz de la crisis por la que atraviesa la economía global. Cada país que se respete tiene un paquete de estímulo. Ahora bien, todos los paquetes de estímulo consisten en gasto público o en ayudas directas a entidades financieras o empresas en problemas. La gente cree, en una ignorancia que parece eterna, que el dinero de los paquetes cae del cielo. Los gobernantes y los políticos en general promueven esta visión para dárselas de que depende de ellos la solución a los problemas económicos. Son como los caciques de la tribus que fomentaban la creencia entre sus súbditos de que ellos, con ayuda de los brujos amigos, podían hacer llover y curar los diferentes males. Bastaban unos menjurjes, unas invocaciones a espíritus benignos y unos bailes, para que se diera el milagro. Es claro que la gente no estudia a fondo cómo funciona un sistema económico. Se sabe poco o nada al respecto. Pero esta ignorancia no impide que se opine sobre lo que se desconoce y que se proponga, con aire de suficiencia intelectual, toda clase de descabezadas soluciones. Unos valores democráticos mal entendidos hacen creer que una opinión es tan válida como cualquier otra, sin importar realmente el conocimiento que se tenga sobre el tema. Pero bueno, volviendo al asunto de los paquetes de estímulo, se trata, en el caso de Estados Unidos y de la mayor parte de los países, de gobiernos que ya están en déficit, es decir, que han venido gastando mucho más de lo que han venido recibiendo o recaudando. Con los estímulos lo que se busca es gastar todavía más. En otras palabras, acrecentar los déficit. Nadie se cuestiona de dónde saldrán los recursos. De hecho, muy pocos se ponen a pensar cómo operan los gobiernos. Hay toda una ideología que rechaza cualquier intento de darle claridad al tema. Que endiosa a los gobiernos. Que le hace cree a la gente que la solución a sus problemas está en manos de quienes gobiernan. Pues bien, el maná, o la financiación de los paquetes de estímulo, sale de los bolsillos de la misma gente que los solicita afanosamente. Esa financiación, o es con más impuestos que pagan esos bolsillos, o es con deuda pública que más adelante pagarán esos mismos bolsillos, o es con emisión que produce inflación (pérdida del poder adquisitivo de la moneda) y que no es otra cosa que un impuesto disfrazado que recae sobre todos los bolsillos, sin excepción alguna. Hacerle entender a la gente que los gobiernos no crean riqueza es, por lo visto, tarea imposible. Pero hay que persistir en repetirlo. Los gobiernos no crean riqueza sino que son un instrumento de transferencia de recursos entre grupos de la población. Y, dicho sea de paso, han demostrado ser muy ineficientes en esa función. Requieren de una burocracia devoradora de todo lo que pasa por sus manos. De una burocracia que entraba y que se regodea en la pésima atención que le presta a quien la financia. De una burocracia hábil en esconder despilfarros y robos. De una burocracia que se reproduce como si se tratara de una conejera. A los gobiernos los financian quienes crean riqueza. Los recursos de los paquetes de estímulo provienen de los mismos individuos o empresas, creadores de riqueza, para los cuales supuestamente va dirigido el estímulo. Pero la confusión es tan grande que quienes demandan el estímulo creen que el gobierno es su tabla de salvación, no importa que eso implique despojar de esos recursos, en el presente o en el futuro, a sus vecinos, clientes y a ellos mismos. Su miopía es tan grande que no se dan cuenta que los recursos de esta intervención gubernamental saldrá de los bolsillos que compran sus productos y servicios, y de sus propios bolsillos. Pero como si lo anterior fuera poco, los efectos nocivos de los paquetes de estímulo no paran ahí. Al aumentar los déficit de los gobiernos se compromete el manejo macroeconómico futuro, especialmente por la enorme dificultad política que se presenta en encauzar las finanzas públicas por un sendero de austeridad y responsabilidad una vez que hay un significativo desequilibrio entre ingresos y gastos. Y a otro nivel, se favorecen actividades no viables (por ejemplo, industrias obsoletas o entidades financieras quebradas), en detrimento de otras que tienen más futuro y que prestan un mejor servicio. Para ponerlo de otra manera, con este tipo de intervención gubernamental se distorsiona el sistema de incentivos, de premios y castigos, que proporciona el mercado, con lo cual se malogra una más eficiente asignación de los recursos productivos. De manera que no hay nada milagroso con los paquetes de estímulo. Sacar recursos de donde no los hay y redistribuirlos de acuerdo con las prioridades de quienes administran los gobiernos, no es la panacea. Todo dólar o peso que da el gobierno es un dólar o peso que sale de algún bolsillo. En la economía de un país, "no hay almuerzos gratis", como decía Milton Friedman. Sin embargo, no hay que hacerse ilusiones de que esta argumentación, que en el fondo es elemental y de sentido común, será aceptada por la mayoría de la gente. Son miles de siglos de mentalidad tribal y mágica. Y son apenas unos cuantos siglos que el ser humano ha demostrado que puede superar problemas y progresar. Ese progreso ha sido gracias a un entorno que ha facilitado la libertad económica y política. O sea, ese progreso se ha dado a medida que el ser humano se ha liberado de la mentalidad tribal y mágica que menosprecia al individuo y que endiosa a gobiernos y gobernantes. En el caso de los paquetes de estímulo, entonces, hay que recordar el viejo adagio que hace poco trajo a colación el economista Arthur Laffer: "Si sufres por los problemas de los gobiernos consuélate, porque eso quiere decir que no te han llegado sus soluciones."
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