Progreso económico, tribalismo, derechos de propiedad y socialismo
viernes, 29 de marzo de 2013
 Jorge Ospina Sardi
 
En lo que sigue se expone una hipótesis sobre la evolución y progreso de la humanidad que reformula y redimensiona teorías anteriores sobre este intrincado tema.
 
El punto de partida de este ensayo es el interrogante que plantea el economista e historiador Gary North (en “The Most Important Question about Human History”, Ludwig von Mises Institute) de por qué la humanidad entró en una trayectoria de crecimiento económico compuesto a partir del año 1800, o sea en los últimos dos siglos.

Se trata ciertamente de un fenómeno reciente. Hasta antes del Siglo XIX el crecimiento económico había sido intermitente, interrumpido por continuos retrocesos. Pero no se había dado un proceso continuo a una tasa anual de crecimiento compuesto de 2% o 3% y que ha traído consigo una elevación sin precedentes en los niveles de vida de poblaciones enteras, primero en Europa y Estados Unidos, pero después en los demás continentes del planeta.

Hasta antes del Siglo XIX el conflicto entre crecimiento de la población y el aumento de los medios de subsistencia estaba presente todo el tiempo. De hecho, Thomas Malthus en los albores del Siglo XIX publicó su Ensayo sobre el Principio de la Población en el que sostenía que la población tendía a aumentar en progresión geométrica mientras que los medios de subsistencia lo hacían en progresión aritmética. Este ensayo de inmediato se convirtió en un best seller de la época porque puso el dedo en la llaga sobre lo que en ese momento era un motivo de gran preocupación en las conversaciones sobre políticas públicas.

El ensayo de Malthus reflejaba el fatalismo que imperaba sobre la imposibilidad de un progreso económico sostenido. Si no se empleaban medidas preventivas para controlar el crecimiento de la población los medios de subsistencia escasearían hasta el extremo de llegarse a hambrunas, plagas y guerras como una final salida a la disyuntiva planteada.

Esta visión fatalista no contradecía mayormente a la experiencia histórica hasta inicios del Siglo XIX. Incluso fue la que dio lugar a teorías como las de la selección natural de Charles Darwin. La lucha por la supervivencia, el triunfo de los mas fuertes en ese entorno permanentemente hostil y repleto de limitaciones, y la transmisión de las cualidades o variaciones genéticas de los mas fuertes a su descendencia, eran los determinantes de la evolución de la especie humana (y de las demás especies).

Pero al poco tiempo que Malthus publicara su Ensayo empezó a desdibujarse el conflicto entre población y medios de subsistencia en el que basaba sus premisas. El crecimiento económico compuesto que se inició por esa época en Inglaterra, Escocia y otros países europeos, permitió no solo la supervivencia de una creciente población sino simultáneamente un mejoramiento significativo en las condiciones de vida. Casi como por arte de magia los medios de subsistencia empezaron a crecer geométricamente a tasas anuales consistentemente superiores a los de la población.

Y qué fue lo que produjo este milagroso crecimiento económico compuesto y que según North es el interrogante mas importante de la historia de la humanidad. Su respuesta es la configuración de un ordenamiento político en el que se reconoce y acepta explícitamente los derechos de propiedad de los individuos sobre su riqueza, proceso este que en su versión moderna se inició en Holanda en el Siglo XVII y que se extendió a Inglaterra y Escocia en el Siglo XVIII.

No es esta la oportunidad propicia para analizar los orígenes precisos de los cambios en la formas de pensar en relación con los derechos de propiedad privada. Pero si la de esbozar una explicación sobre la naturaleza de esos cambios que han tenido tan grande impacto en el crecimiento económico reciente de la humanidad.

Para entender la naturaleza de lo sucedido en los últimos siglos con los derechos de propiedad privada habría que echar por la borda algunas interpretaciones sociológicas recientes. En ellas, a grosso modo, se parte de la idea que la humanidad pasó de unas épocas tribales a otras dominada por señores feudales, y de ahí a otras regidas por monarquías nacionales, seguida por otras con sistemas administrados por oligarquías burguesas, y últimamente por otras caracterizadas por democracias mas amplias y participativas. Y que esas transiciones de sistemas tribales a sistemas mas sofisticados fueron el resultado de fuerzas económicas y luchas de intereses y de poderes entre diferentes grupos.

La tesis que aquí se expone es que si bien la historia así contada, en sus distintos matices, se basa en lo que mas o menos aconteció en varios lugares del planeta, confunde porque esconde una realidad que es fundamental para lograr una mejor compresión de la trayectoria histórica de la humanidad. Estas visiones llevan a desconocer que el elemento tribal ha sido el predominante no solamente en las etapas mas primitivas sino en las posteriores y que, aunque su influencia recientemente ha declinado, se mantiene vivo.  

Reinterpretada así la trayectoria de la humanidad se llega a la conclusión que lo que ha sucedido es, primero, la adaptación de formas y sistemas tribales de organización social a unas crecientes complejidades territoriales, poblacionales y económicas y, segundo, su declinación reciente ocasionada por sus propias limitaciones e incapacidades para administrar estas crecientes complejidades. Y que esa declinación, que fue muy lenta y gradual durante los siglos previos, y que se aceleró y se retroalimentó en el Siglo XIX especialmente con la Revolución industrial, fue la que permitió, ni mas ni menos, que la humanidad se encauzara por el sendero de un crecimiento económico compuesto.

Para comprender lo sucedido hay que tener presente que las formas y sistemas tribales han sido los prevalecientes a lo largo de la mayor parte de la historia conocida de la humanidad. Que por su vigencia de miles de años, sus valores están imbuidos o incrustados en la psiquis humana, por decirlo de alguna manera. Que esas organizaciones tribales fueron las que le permitieron a la especie humana sobrevivir ante entornos muy hostiles y adversos. Pero que son formas y sistemas compactos, defensivos, cerrados e inflexibles poco amigables a los requerimientos y exigencias de entornos caracterizados por un acelerado crecimiento económico.

Lo otro que hay que enfatizar y que ya se mencionó atrás es que estas formas y sistemas tribales nunca han desaparecido de la escena histórica. Han estado ahí siempre, y lo siguen estando, aun en las sociedades económicamente mas avanzadas. Es mas, los sistemas feudales y las monarquías nacionales o imperiales son en su esencia tribales, al igual que sistemas totalitarios modernos como en el caso del comunismo y del fascismo. Todos ellos constituyen adaptaciones de lo tribal a entornos complejos en lo territorial, poblacional y económico. Pero su mayor sofisticación no impide desconocer lo que hay detrás de su piel de oveja: su origen y naturaleza básicamente tribal.

Podríamos extendernos en las diferentes características que distinguen a las formas y sistemas tribales como lo relacionado con la importancia de la cohesión familiar y la necesidad de creencias religiosas únicas. Sin embargo, lo que mas interesa en el contexto de este ensayo son dos aspectos íntimamente relacionados entre sí: el grado de centralización del poder político y el sistema de propiedad resultante.

La centralización del poder político se manifiesta en las figuras de jefes, reyes, emperadores, caudillos, dictadores y presidentes (se diría que el título es lo de menos). Lo importante de destacar es que se trata de la personificación del poder en una sola figura poseedora de una autoridad tal que le permite disponer a su criterio de la vida y propiedades de los súbditos.

Durante miles de años la supervivencia de la especie humana se apoyó en esa centralización del poder, la que se requería especialmente para defenderse de innumerables y temibles enemigos externos. La unidad de la tribu era elemento fundamental para su supervivencia y expansión, para lo cual el miedo a la autoridad y una relativa igualdad en la distribución de la riqueza en la base eran requisitos necesarios. La propiedad era primordialmente colectiva o comunal. La tribu cumplía con la útil función de proteger a sus miembros mas débiles. Poco espacio había para la división del trabajo, excepto por una que era básicamente de género.

Con una división muy elemental del trabajo, y con los resentimientos y envidias que son propios de entornos reducidos y compactos, no había lugar al pleno desarrollo de dones, talentos y aptitudes que se encuentran latentes en la especie humana (sobre cuya gran diversidad, que nunca deja de sorprender, no se ha encontrado todavía una explicación plausible).  

Esta centralización del poder político se mantuvo invariable durante siglos y siglos. Sólo muy gradualmente empezó a ser cuestionada y enfrentada. Fenómenos tales como la expansión del comercio, el descubrimiento de América, los adelantos tecnológicos en el transporte y las comunicaciones, y el crecimiento de centros urbanos donde era posible acumular y heredar capital propio, contribuyeron a erosionar los poderes centrales. El proceso tomó impulso, sin embargo, cuando aquellas sociedades donde se reafirmaron los derechos de propiedad privada se tornaron mas prósperas que aquellas donde esos derechos se desconocían o eran violados sistemáticamente.

Inicialmente las diferencias en progreso económico fueron pocas y sutiles. Pero con el paso del tiempo se agrandaron y se volvieron abrumadoras. La consolidación política y jurídica de los derechos de propiedad privada se reflejó en un crecimiento económico compuesto, y fue lo que en la práctica se constituyó en un formidable dique de contención a los alcances de los poderes políticos. La riqueza de personas y grupos ya no dependía exclusivamente de la voluntad de esos poderes sino de su interacción y desempeño en los mercados.

El surgimiento de nuevos mercados y la expansión de los viejos, la profundización de la división del trabajo y todo lo que ello significa desde el punto de vista del aprovechamiento de dones, talentos y aptitudes, impulsado por el interés propio, que no es otro que el interés en mejorar la condición propia y la de círculo mas próximo, se convirtió en un inatajable eslabón para el avance económico de un número cada vez mayor de individuos y de paso, de las sociedades que los albergaban.  

En este nuevo entorno las formas y sistemas tribales empezaron a languidecer. Con sus inflexibilidades y dogmatismos, se volvieron un obstáculo para el avance del nuevo orden económico y social. Pero la revancha del tribalismo no se hizo esperar. Jefes políticos de distintos orígenes y con diferentes y pomposos títulos se resistieron y todavía se resisten a perder sus atribuciones ancestrales. Y muchos de sus súbditos, bajo el hechizo aún de valores netamente tribales, los respaldaron y todavía los respaldan en ese empeño. Como si el destino de las sociedades donde habitan estuviera atado a los actos y la voluntad de un solo todopoderoso jefe.

La versión moderna mas sofisticada de la revancha del tribalismo es la ideología socialista. Esa que propugna por la centralización del poder político y la expoliación de la riqueza de personas y grupos mediante onerosos impuestos y expropiaciones. Esa que considera que países y comunidades son unidades homogéneas que deben ser guiadas por un poder político sabelotodo. Esa que lucha por convertir al gobernante en el dueño de los medios de producción. Esa que promueve la expansión de la esfera estatal y su burocracia sin medir sus funestas consecuencias sobre el progreso económico.

En un momento dado esta ideología socialista se propuso incluso crear a un “hombre nuevo”. A un ser humano dócil a los propósitos del gobernante. Una idea tribal sin duda que se opone al buen funcionamiento del nuevo orden en el que cada individuo no es creación ajena sino creación propia, en el que se reinventa todos los días en la búsqueda de un mejor estar y sin pedirle permiso al gobernante de turno antes de proceder con sus actividades y esfuerzos.

La socialista es una ideología que acude a los resentimientos y las envidias de origen tribal para conquistar adeptos. Al hacerlo socava uno de los pilares del nuevo orden que requiere que se estimulen los éxitos no obstante sus ostentosas consecuencias y que se acepten los fracasos a pesar de sus difíciles implicaciones. Por cualquier lado que se analice, constituye un enfoque político retardatario, que busca reintroducir y reafirmar esquemas tribales en sociedades que se han embarcado en el nuevo orden.

Un nuevo orden que, en contradicción a las propuestas socialistas, se fundamenta en la descentralización del poder político y económico, en la separación de los poderes públicos, en la afirmación de las libertades individuales, en el respeto a los derechos de propiedad privada y en el apoyo a las esferas de la cooperación social autónoma y voluntaria. Pero además en el reconocimiento que los resultados finales de las actividades productivas son impredecibles y que para que rindan su mejor fruto deben tener lugar en entornos abiertos y competidos.

Quizás valdría la pena preguntarse si el nuevo orden, tan reciente en la historia conocida de la humanidad, puede sobreponerse a los embates del tribalismo en su múltiples vertientes. O puesto de otra manera, si la humanidad es capaz de despojarse del ropaje tribal que ha usado a lo largo de prácticamente toda su historia y mantener el rumbo de los últimos doscientos años, uno en el que ni siquiera operan las fuerzas darwinianas de la selección natural.

Se podría argumentar que las ventajas del crecimiento económico compuesto son tan sustanciales y evidentes que la balanza se inclinaría a favor del nuevo orden. Porque, al final de cuentas, este nuevo orden proporciona unos excedentes muy superiores que permiten elevar en corto tiempo la calidad de vida de poblaciones enteras. Por otro lado, daría la impresión al analizar la experiencia de los últimos dos siglos que una vez sembrada en el ser humano, por virtud del respeto a los derechos de propiedad, la semilla del disfrute y aprovechamiento de las libertades individuales, es muy difícil detener su florecimiento, no obstante la operación de fuerzas tribales contrapuestas.
 
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